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Yo y el otro yo

Luis Fernando Charry

04 de abril de 2026 - 12:04 a. m.

Emilio Renzi, alter ego de Ricardo Piglia (Ricardo Emilio Piglia Renzi), fue una constante en la obra de Piglia desde su primer libro de cuentos, La invasión, hasta su última novela, Blanco nocturno. Sin duda Renzi representa de una manera irónica los alcances de la ficción. En este sentido los lectores (sobre todo los lectores que acaban de acercarse por primera vez a la obra de Piglia) podrían decir: Renzi no existe. O mejor dicho: Renzi solo existe en el mundo de la ficción. A partir de aquí los lectores siguen leyendo con cierta desconfianza y en algún momento de lucidez llegan a otra conclusión: el archivo pigliano —novelas, cuentos, ensayos, prólogos, traducciones, diarios— tiende a problematizar el concepto de falsificación.

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Por supuesto, la falsificación estaría cifrada en “Nombre falso”, un cuento sobre el hallazgo de un cuento inédito de Roberto Arlt. En la nota introductoria de ese cuento enigmático aparecen las iniciales R. P, de lo cual se podría deducir que el “autor” de “Nombre falso” es Ricardo Piglia. (No me parece inoportuno en esta instancia interpretativa arruinarles la fiesta a los lectores: el cuento de Arlt, o sea, el cuento dentro del cuento de Piglia, es “falso”. Es más: se trata de una “adaptación espontánea” de un cuento del escritor ruso Leonid Andréiev).

“Nombre falso”, por lo demás, tiene dos planos: el plano A (donde los “hechos reales” están aún en caos) y el plano B (donde los “hechos reales” ya se han normalizado). La versión final sería una elaboración o una manipulación ya que si los “hechos reales” no se manipularan el cuento no se alteraría. Y cuando digo que no se alteraría quiero decir que no evolucionaría. En cuanto al carácter “verídico”, se podría decir algo más: en la medida en que el lector sigue leyendo sin dudar de lo que le están contando (sin tener siquiera el impulso de verificar datos, nombres, estadísticas), debemos reconocer la eficacia de la falsificación. Al fin y al cabo, en el laboratorio de la ficción ningún indicio real se conserva en estado puro. (Desde luego, algunos lectores, un poco malhumorados, por no decir otra cosa, estarán pensando: ¿y cuál es la diferencia entre “adaptación espontánea” y “plagio”? Tal vez ninguna. Legalmente, todo está sujeto a interpretaciones. Pero yo no soy abogado. Así que mejor volvamos al tema central).

La otra vertiente de la falsificación del archivo pigliano serían los diarios de Ricardo Piglia. En su momento, en una entrevista que se publicó en El malpensante, Piglia se animó a confesar que muchas de las cosas registradas en sus diarios nunca habían pasado; sus exmujeres, incluso, cuando leían algunas páginas, le decían: “Pero eso no pasó. Eso no fue así”. El diario, entonces, sería otra forma de falsificar la experiencia. Piglia empezó a escribirlo a los 17 años, antes de irse de Mar del Plata, y lo siguió escribiendo hasta sus últimos años. El título, creo, lo dice todo: Los diarios de Emilio Renzi.

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Con Renzi como antecedente fundacional Piglia tuvo al parecer una intuición: para hablar de mí, necesitaré en principio inventarme a otro, otro que sea en realidad una réplica de lo que soy yo.

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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