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¿Es Obama otro Michael Dukakis?

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Christopher Hitchens
27 de septiembre de 2008 - 07:28 a. m.
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LA SEMANA PASADA DEBERÍA HAber sido realmente el fin de la campaña del candidato presidencial republicano John McCain. Con todo el país sintiendo (y su clase financiera actuando) como si viviéramos en una república bananera, y con esta desdicha agregada a la atmósfera que rodea a cualquier estadounidense que trata de abordar un tren, subir a un avión, obtener una receta médica o conseguir que atienda el teléfono un servidor público o un médico privado, era el momento para que el presunto candidato de la reforma asumiera una posición de liderazgo.

Y el candidato republicano fue virtualmente un voluntario para ayudar a ese resultado quedando como un idiota en varias ocasiones, avanzando desde una bovina serenidad panglossiana sobre el estado de muchos mercados baldados hacia súbitas explosiones de una inútil hiperactividad. Por ejemplo, su irrelevante exigencia de echar al presidente de la Comisión de Valores y Canjes (SEC, por las siglas en inglés de Securities and Exchange Commission).

Y sin embargo, a menos que yo esté por perderme algún atrasado clamor popular o cambio de humor, nada de esto se ha traducido en una ventaja apreciable para el candidato demócrata. Hay tres razones posibles para un fracaso tan grande por parte de Barack Obama.

La primera, y la más ampliamente analizada, es que él es demasiado amable, demasiado inocente, demasiado honesto y demasiado decente para intercambiar estocadas sangrientas con el enemigo del ala derecha. (Ésta se está convirtiendo en la historia principal que alcanzará un estatus místico, junto con las calumnias de índole racial y religioso, si Obama pierde en noviembre).

La segunda es que la crisis y la dificultad, interna y externa, algunas veces hacen que los electores se muestren más propensos a confiar en el establecimiento existente, o en alguna de sus versiones, que en cualquier novato, sin importar su nivel de desafío.

La tercera es que Obama no representa, y tal vez tampoco puede concretar, el “cambio”, por la muy simple razón de que los demócratas son el partido del status quo. Para analizar esto es necesario balancear algunas de las cualidades de Obama con algunos de los atributos de su partido.

Aquí hay un test rápido. Sea honesto. ¿Qué sentencia puede usted citar del discurso pronunciado en la convención de Denver? Es lo que me imaginaba. Está bien, ¿qué puede decir sobre el discurso en la gran manifestación en Berlín? Tal como lo suponía, nada. Está bien, ayúdeme: seguramente usted se las puede arreglar para citar una línea o dos del imperecedero discurso sobre la raza que pronunció en Filadelfia. No olvidemos que fue comparado por algunos académicos liberales con el discurso pronunciado por Abraham Lincoln en Gettysburg. No, no la referencia sobre su abuela blanca. Alguna otra línea ... Ahora, ¿comprende lo que quiero decir?

¿Por qué Obama es tan insulso, vacilante y cobarde? ¿Por qué, para decirlo de otro modo, arriesga ir a la historia política como un sombrío Michael Dukakis? Bueno, después de la autoimpuesta pesadilla del frenético pastor Jeremiah Wright, él no se puede permitir nada que suene a belicoso, incluso en el caso de estar justificado.

Sus otros problemas son también autoinfligidos o asestados por el partido. Él no podía haber elegido una talentosa mujer demócrata como su compañera de fórmula: su única opción era elegir a la omnipresente senadora Hillary Clinton. Por lo tanto, le regaló la posibilidad a su rival republicano (y la selección de Sarah Palin por parte de McCain ha hecho que los liberales lancen un chillido como nada que yo haya escuchado desde la nominación a la Corte Suprema de Clarence Thomas).

Así que las no cuantificables aunque importantes “perturbaciones atmosféricas” de la política, con todos sus pequeños factores X, pertenecen en el presente al otro equipo.

La comparación con Dukakis es, por supuesto, cruel, pero genera un par de cuestiones más que deben ser enfrentadas.

Demócratas ultrajados nos dicen que muchos electores todavía creen, gracias a cierto trabajo sucio, que el senador Obama es un musulmán. Sin embargo, ¿quien es la fuente más famosa de este supuestamente horrible libelo? (Como si un candidato norteamericano no pudiera ser de cualquier religión o de ninguna). Al margen de alguna campaña sibilina, la persona que más hizo para insinuar en público la idea —“No hay nada que dé base a esa idea (de que Obama sería musulmán). Al menos hasta donde yo puedo saber”— fue Hillary Rodham Clinton.

Algo parecido ocurrió en 1988, cuando Al Gore planteó que Dukakis, entonces gobernador de Massachusetts, y su rival por la nominación, permitía que salieran de la cárcel peligrosos delincuentes. El nombre de uno de esos delincuentes, Willie Horton, fue luego usado por la campaña de George Bush padre para derrotar a Dukakis.

Para el final de la agotadora temporada de campaña, un montón de nosotros habíamos aceptado la idea de que Dukakis realmente quería perder, o al menos estaba temeroso de ganar. ¿Por qué a veces tengo la misma idea respecto a Obama? Para decirlo con más precisión, lo que sospecho en su caso es que él no tenía idea de ganar en 2008. Se postuló para abonar el terreno a fin de ganar en 2012. Y luego el entusiasmo de sus partidarios (y la extraña coincidencia de un fuerte John Edwards apareciendo en segundo lugar en Iowa delante de Clinton) lo puso al frente de la manada. Aún así, tras conseguir súbitamente la posición de liderazgo, no tuvo la más leve idea de qué hacer con eso.

Miren el récord, y las respuestas de Obama a preguntas esenciales y apremiantes. ¿El envío de tropas de refuerzo a Irak? Yo contestaré eso solamente si usted insiste. ¿La crisis del crédito? Por favor, ¿podría ser fotografiado con el equipo económico de Bill Clinton? ¿Georgia? Después de usted, por favor, senador McCain. ¿Un candidato a vicepresidente? ¿Qué les parece un tipo que, pese a sus numerosas cualidades, es elegido porque no tiene casi ningún enemigo entre los grupos de interés demócratas?

La semana pasada me tropecé en el aeropuerto con un operador republicano bien inteligente, quien me señaló que este debería ser por derecho un año del Partido Demócrata para obtener la Casa Blanca, el control del Congreso y numerosas gobernaciones.

Pero había una pérdida de energía crucial, y venía del tope. Más gente dudaba de las calificaciones de Obama para la Presidencia en septiembre que en julio.

“Entonces, lo que él tiene que hacer”, dijo el hombre con una sonrisa, “es gastar más tiempo cerrando esa brecha y menos tiempo atacando a McCain”.

Pero los operadores políticos de Obama, cada vez con menos agallas, le están diciendo que haga lo opuesto. Supongo que esto podría incluso significar que Sarah Palin, con el transcurso del tiempo, terminará abriendo la puerta a Hillary Clinton. ¡Qué regocijo!

*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman)c.2008 WPNI Slate.

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