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Los problemas de McCain

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Christopher Hitchens
18 de octubre de 2008 - 05:24 a. m.
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YO SOLÍA ASENTIR DE MANERA grave cuando alguien decía: “discutamos los temas, en lugar de discutir las personalidades”. Parecía obvio que en política un tema era un tema y una personalidad era una personalidad. Por lo tanto, cuanto más se podía separar un tema de una personalidad, más serio parecía uno.

En mi antigua escuela de pupilos, en Gran Bretaña, teníamos un lema deportivo: “Hay que atajar la pelota, no al hombre”. Yo me hice eco de este tipo de disparate durante bastante tiempo. Por cierto, hasta las primarias en New Hampshire, en 1992, cuando descubrí que la personalidad de uno de los candidatos, Bill Clinton, era en sí misma un tema.

En años posteriores no tuve muchos motivos para revisar mi punto de vista respecto a que la desastrosa personalidad del ex presidente de Estados Unidos era en sí algo que podía “cambiar las reglas del juego”. Al menos, algo tan importante como su afirmación de que era un “demócrata de nuevo cuño”.

Para resumir lo poco que aprendí de todo esto: un candidato puede muy bien cambiar su posición sobre, digamos, la atención universal de la salud o acerca de Bosnia. Pero no puede cambiar el hecho de que es un mentiroso patológico, un tarado, o un orgulloso ignorante.

En los temas que se discuten en las últimas semanas de la campaña electoral no hay realmente una distinción muy aguda que pueda hacerse entre los dos candidatos presidenciales. Como resultado, sus debates han sido planos y aburridos. Pero la diferencia en carácter y temperamento se ha vuelto más sencilla a medida que transcurre el tiempo, y no hay modo decente de esquivar ese hecho.

El debate de la última semana mostró al contendiente republicano, el senador John McCain, mostrando un déficit cada vez más obvio y desconcertante, tanto cognitivo como físico. Y en los únicos eventos públicos que han incluido a su compañera de fórmula —una selección absolutamente absurda— ésta aparece como un ser mentiroso e inescrupuloso, entrenado para proferir absurdas mentiras y para apelar a los motivos más abyectos de su audiencia.

En ocasiones, McCain se acuerda de enfatizar asuntos como el honor y de repudiar insinuaciones y calumnias. Pero lo único que consigue es parecer más senil y más cínico, pues ha encargado a uno de sus lugartenientes la tarea de lanzar calumnias e insinuaciones.

Supongo que podría decirse, como ha sostenido el columnista Michael Gerson, de The Washington Post, que también es una insinuación poco noble por parte de la campaña de Obama usar la palabra “errático” para describir a McCain. Pero en realidad, se trata simplemente de un eufemismo. Cualquiera con ojos para ver y oídos para escuchar tenía que sentir lástima por el viejo león y tal vez anhelar que se lo llevaran a algún sitio tranquilo y sosegado antes de que concluyera la noche.

No he sentido tanta lástima por alguien desde que el fallecido almirante James Stockdale se hundió en la humillación como compañero de fórmula de Ross Perot durante la campaña presidencial de 1992. Y me apena tener que decirlo, pero Stockdale también se había distinguido en Vietnam. Y eso no lo calificaba entonces, como no califica ahora a McCain.

La cosa más insultante que un político puede hacer es obligarlo a uno a preguntarse: “¿Con quien me confunde?”. Es precisamente esta pregunta la que surge cuando se piensa en la selección de la gobernadora de Alaska, Sarah Palin.

Hace poco escribí que no era correcto mostrar condescendencia hacia ella simplemente por sus raíces provincianas o por su devoción, para no mencionar sus ligeros coqueteos. Pero su conducta, desde entonces, ha sido una desgracia nacional. Resulta que ninguna de sus primeras afirmaciones de coraje político estaban fundadas en hechos, en tanto algunos de los rumores sobre ella —su espíritu de venganza en las peleas locales, sus grotescos vínculos religiosos y políticos— estaban por cierto muy bien fundados. Más aún, en su bajeza al intentar atizar a los extremistas del Partido Republicano, y al reciclar evidentes falsedades sobre la posición del contendiente demócrata Barack Obama con respecto a Afganistán, ha mostrado el único talento que aparentemente posee.

Por consiguiente, a mí me parece que este año el Partido Republicano está incitando no solamente a su derrota, sino también a su descrédito, y que McCain y Palin deberían ser repudiados, junto con los senadores, congresistas y gobernadores que los apoyan.

Solía considerarme un votante monomaníaco en la cuestión esencial de defender la civilización de sus enemigos terroristas y sus protectores totalitarios. Y espero continuar exponiendo ese tema y oponerme a cualquier ambigüedad. En mi opinión, se exagera enormemente el valor de Obama, pero la fórmula de Barack Obama-Joe Biden no es una fórmula de capitulación. Realmente muestra algunos signos de poseer capacidad y deseos de aprovechar la experiencia.

Con McCain, la palabra “experiencia” está sujeta a un drástico rendimiento decreciente, como el resto de él. En cuanto a Palin, la palabra en sí es un chiste enfermizo. Uno desearía que las elecciones ya hubieran pasado y que se concrete un veredicto decoroso y digno. De esa manera se podrá ahorrar a la democracia y a la urbanidad la degradación a la cual han sido sometidas en los días finales de una campaña abyecta, deshonesta.

 

*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman). c.2008 WPNI Slate.

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