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Osetia del Sur no es Kosovo

Christopher Hitchens

23 de agosto de 2008 - 01:08 a. m.

SIN IMPORTAR LO QUE DIGA MOSCÚ, hay al menos seis importantes diferencias entre las dos situaciones.

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Aunque podría ser verdad que la acción de Moscú en Osetia y (en buena medida) en el enclave de Abjasia, en Georgia, ha sido, en un sentido real, la venganza por la independencia de Kosovo (el 14 de febrero, el primer ministro ruso Vladimir Putin dijo que el reconocimiento occidental a la independencia de los kosovares podría derivar en un intensificado apoyo de su país al irredentismo en Osetia del Sur), es importante tener en cuenta que esta observación no permite la pereza moral de dar equivalencia alguna entre ambos dramas.

¿Podemos mencionar algunas de las diferencias más sobresalientes?

1) Rusia nunca había expresado interés alguno en los micronacionalismos de los osetianos o los abjasianos cuando Georgia era parte integral de la Unión Soviética. De este modo es imposible evitar la sospecha de que estos pequeños pueblos están siendo usados como “minorías estratégicas” para negar la independencia de Georgia y advertir a aquellos con poblaciones pro-rusas en sus suelos  que algo similar puede ocurrirles. Recuerda el imperialismo turco en Chipre, en Tracia o en Irak, donde las minorías locales pueden abrirse o cerrarse como un grifo según las necesidades de la superpotencia local.

2) Kosovo, que fue legalmente parte de Yugoslavia pero no de Serbia, nunca fue manipulada como parte de la división o plan de intervención de otro país —de hecho, Estados Unidos perdió demasiado tiempo en la pretensión de que la Federación Yugoslava podía ser salvada— y, por un largo período, persiguió sus demandas de gobierno mayoritario mediante la resistencia pasiva y otros medios no violentos.

La intervención de la Organización del Tratado del Atlántico Norte ocurrió solamente cuando las fuerzas serbias apelaron a la deportación masiva y a la limpieza étnica.

Sin importar lo que pueda decirse sobre la incauta política de Georgia hacia el secesionismo dentro de sus propias fronteras reconocidas internacionalmente, no hay comparación con la conducta criminal del régimen de Slobodan Milosevic.

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Y en todo caso, es indiscreto que Moscú haga la analogía, ya que apoyó a Milosevic en aquel momento y lo ha disculpado desde entonces con el fundamento menos que adorable (apenas incluso disfrazado en la propaganda rusa) de la solidaridad cristiana ortodoxa. También armó e incitó a las fuerzas más extremas y menos pacifistas en Osetia y en Abjasia.

3) ¿Alguien recuerda los discursos en los cuales el embajador ruso ante las Naciones Unidas pedía a la Asamblea General o al Consejo de Seguridad que respaldara el plan de su país de enviar fuerzas al territorio y a las aguas de una ex colonia que es ahora un estado miembro de las Naciones Unidas? Creo que no. Todos los días reviso los editoriales de los periódicos, esperando ver cuál será el primero en usar la palabra “unilateral” en la misma sentencia con el nombre de “Rusia”. Hasta ahora, nada.

Sin embargo, la resolución 1441 de las Naciones Unidas amenazando a Saddam Hussein sobre serias consecuencias fue el fruto de años de diplomacia fracasada y fue aprobada sin un voto divergente.

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4) Las seis ex repúblicas que constituían Yugoslavia, todas las cuales ejercieron su derecho constitucional a separarse del gobierno de Belgrado, son ahora miembros de las Naciones Unidas, como, por cierto, lo es Georgia.

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Veinte de los 27 estados de la Unión Europea también han reconocido al gobierno de Kosovo como una entidad de jure como también de facto. Se estima que la población de Kosovo es de 2,1 millones. Eso la hace más grande que algunos estados miembros de la Unión Europea.

¿Alguien imagina seriamente que Rusia patrocinará algún reclamo de existencia y reconocimiento como Estado para las minúsculas poblaciones locales de Osetia y de Abjasia? Por el contrario, estos pueblos serán reincorporados al imperio ruso. Así que cualquier comparación con Kosovo no tendría que ser a su secesión sino a su potencial absorción y anexión por parte de Albania. Y nunca nadie ha propuesto esto, o aprobado el emplazamiento unilateral de las fuerzas armadas de Albania en Kosovo.

5) Por difícil que haya sido la tarea, y sigue siéndolo, todo el énfasis de la política occidental en los Balcanes ha consistido en reducir las divisiones étnicas; dar subsidios a las ciudades y comunidades que practican la reconciliación; y alentar, por ejemplo, a los serbios y albaneses para que cooperen en Kosovo. Uno no necesita impregnar esa política de romanticismo, pero es mejor que la conducta rusa en el Cáucaso (y por cierto en los Balcanes), explícitamente basada en el sectarismo, el nacionalismo e —incluso peor— el confesionalismo.

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6) Los fanáticos de la equivalencia moral tal vez no hayan tomado esto en cuenta, pero la meditada intervención militar rusa en Georgia llega en el mismo mes de las amenazas explícitas a la soberanía de Polonia y Ucrania, y cuando se anuncia una obstrucción rusa a cualquier acción de las Naciones Unidas en Zimbabue. A aquellos que les gusta describir a Putin y al presidente Dmitri Medvedev como reaccionando frente a un “acoso” de Rusia, tal vez podrían explicar de qué manera Kosovo forma parte de ese amenazante círculo de acero —o cómo la represión del pueblo de Zimbabue puede ayudar a la estrategia de Moscú—.

Por si esto tiene importancia, me muestro de acuerdo con los críticos que dicen que el gobierno de George W. Bush obtuvo lo peor de ambos mundos al dar a los georgianos la impresión del apoyo de Estados Unidos para luego mirar hacia otro lado. Cometió exactamente el mismo error que Bill Clinton en relación con la agresión serbia hace una década o más. Dio esperanza a los bosnios y luego dejó que fueran degollados hasta que la posición se volvió insostenible. Y posteriormente, de manera asombrosa, e incluso después de los acuerdos de Daytona, fueron reiterados los mismos errores en el caso de Kosovo. Cuanto más se posponía el momento de la verdad, peor se ponían las cosas.

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Pero esto en sí mismo es un argumento bastante convincente de que no hubo un deliberado diseño imperial involucrado. ¿Dirá alguien lo mismo respecto al plan sin disfraces de Putin de restaurar por la fuerza la hegemonía rusa en toda la periferia del imperio? Sería agradable pensar que hubo una respuesta coherente a esto por parte de Washington, pero yo no pondría las manos en el fuego. Al menos no es la impresión que ha causado Bush en las dos últimas semanas, en medio de una situación de farsa y de frivolidad.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman). c.2008 WPNI Slate.

 

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