TAN EMBOTADO QUEDÉ POR LA INterminable repetición de los fatuos delirios del reverendo Jeremiah Wright, que demoré mucho tiempo en recordar un significativo antecedente.
En 1995, apareció un documental titulado Brother Minister sobre el asesinato de Malcolm X. Contenía un segmento que había sido filmado en secreto en el cual aparecía Louis Farrakhan gritando como un poseído en el templo de la Nación del Islam en Chicago en el “Día del Salvador”, en 1993.
Farrakhan, al borde de la histeria, decía, al aludir al asesinado Malcolm X: “Si actuamos con él como una nación lidia con un traidor, ¿a quién diablos le interesa?” Su aparente admisión de lo que se había sospechado por mucho tiempo —que fue el liderazgo de los musulmanes negros quien ordenó el asesinato de Malcolm— no se ha entendido o recordado (o visto) con la frecuencia requerida.
Los invito a contemplar en el filme el paranoico rostro sudado de Farrakhan y tomar en cuenta que este depravado bruto, que se jacta de “haber lidiado” con uno de los héroes negros de Estados Unidos, es el hombre elogiado por Jeremiah Wright y es a quien Barack Obama se refiere con respeto como el “pastor Farrakhan”.
El comentario liberal sobre Wright y sobre el increíble daño que este vanidoso, viejo fanático ha hecho a la campaña de Obama alude al efecto negativo que la retórica chovinista negra tiene en los votantes blancos de la clase trabajadora. Es bastante justo, supongo.
Pero, ¿por qué cualquier miembro pensante negro de la clase trabajadora desea trato alguno con un simpatizante de Farrakhan o con un loco moral que piensa que las drogas y las enfermedades en la comunidad negra son impuestas por una conspiración exterior?
No necesito liberal condescendiente alguno para que me explique por qué los negros estadounidenses son susceptibles respecto al modo en que trataron a sus antepasados. Puedo fácilmente entender estos asuntos sin asistencia pedagógica.
Lo que no me podrán decir es que Tawana Brawley estuvo acertada, o que los negros quedan enfermos de sida por culpa del gobierno, o que los judíos patrocinaron el comercio de esclavos, o que hay un código secreto masónico en el billete de un dólar.
Y ese defensor del asesinato, el “pastor” Farrakhan y sus bocones amigos cristianos coquetean con este tipo de basura todos los días.
Irritado, al fin, por el modo en que esto ha trastornado su campaña, el senador Obama cortó los vínculos que lo ligaban a su chiflado mentor. Bueno, era hora. Pero quienes profesan alivio por esto tal vez deberían analizar lo que pensaron (y escribieron) sobre su anterior discurso en Filadelfia, en el cual consideraron que Obama había alcanzado el mismo resultado con menos problemas.
Si Obama acertó la semana pasada, entonces el discurso de Filadelfia fue un fracaso en todos los niveles; y si fue un fracaso en todos los niveles, y dejó a Obama monstruosamente vulnerable al siguiente discurso de Wright, eso debe sacar a flote cuestiones de elegibilidad para el cargo más alto del país.
¿Qué mantuvo a Obama en los bancos de la iglesia de Wright, y a merced de Wright, por tanto tiempo y con un costo tan alto para sus aspiraciones? Incluso si obtiene la victoria en la nominación gracias a las matemáticas, Obama ha perdido por completo el hermoso inicio de un movimiento político posracial y posresentimiento y nos enloda nuevamente con la antigua basura que precede a Martin Luther King. Qué cosa triste de observar.
¿Y cómo sucedió? Pienso que podemos excluir cualquier simpatía encubierta de Obama con los puntos de vista o el estilo de Wright —él ha probado una y otra vez que no es así—. Incluso sus pequeñas inclinaciones de cabeza al “pastor” Farrakhan pueden disculparse como una necia forma de la etiqueta política de la parte sur de Chicago.
Por lo tanto, ¿cómo es que ese aborrecible Wright lo casó, bautizó a sus hijos y recibió donaciones de él? ¿Podría tener posiblemente algo que ver, me pregunto, con la señora Obama?
La pregunta obvia se está volviendo ahora ineludible. Y hay una imperdonable falta de voluntad entre los periodistas para formularla. (Uno puede imaginarse a Obama apareciendo dolorido y sensible, diciendo “dejen a mi esposa fuera de esto”, o palabras similares, como Clinton trató de hacerlo en 1992 cuando Jerry Brown y Ralph Nader muy correctamente preguntaron sobre la influencia de su esposa).
Si hay alguna razón por la cual el potencial candidato ha mantenido lo que considera ahora una muy mala compañía —y si el resto de su carácter parece hacer improbable esto— entonces, o está escondiendo algo o es legítimo preguntarle sobre su esposa.
Vale la pena leer la tesis de la señora Obama en 1985 para la universidad de Princeton, sobre “Los negros educados en Princeton y la comunidad negra”. Describir la tesis como difícil de leer sería un error; la tesis sencillamente no puede ser “leída”, en el estricto sentido del verbo. Esto es así porque no fue escrita en ningún idioma conocido.
De todos modos, muy cerca del comienzo del texto, Michelle Obama anuncia que ella está muy influida por la definición de “separatismo” negro ofrecida por Stokely Carmichael y Charles Hamilton en su largo y aburrido escrito de 1967 Black Power: The Politics of Liberation in America. Recuerdo bastante bien al pobre Stokely Carmichael. Luego de una serie de fiascos políticos y personales, huyó a África, se rebautizó Kwame Toure, en homenaje a dos de los más repelentes dictadores del África occidental, y luego regresó brevemente a Estados Unidos antes de retornar al exilio, donde murió.
La última vez que lo ví precedió en un discurso a Louis Farrakhan en el Madison Square Garden, en la década del ochenta. En esa ocasión, Farrakhan se hizo famoso en Estados Unidos al advertir a los judíos que “cuando Dios pone a una persona en un horno”, lo hace para siempre.
Creo que la campaña de Obama no puede continuar sin responder a esta pregunta: “¿Estamos consiguiendo dos por el precio de uno?” Y espero que nadie se sienta ofendido por esta pregunta. Los negros de Estados Unidos solían pensar que la pareja de los Clinton eran también sus mejores amigos. Esta vez debemos hallar la respuesta antes de que sea demasiado tarde para preguntar.
* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate.
* Traducción de Mario Szichman.