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Los colombianos nos habituamos a leer cifras alarmantes de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, desplazamientos y confinamientos forzados, secuestros, asesinatos entre bandas de criminales, asesinatos de líderes sociales, de derechos humanos y periodistas, asesinatos cometidos por otros criminales que se mueven a sus anchas en las calles de las ciudades y municipios, entre otros.
“Nos habituamos”. Esa conjugación verbal es, quizás, parte de lo que explica que la tragedia que marca al país siga trazando rumbos infinitos. Esta semana, por ejemplo, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) divulgó el informe anual Colombia 2025: el drama humanitario que las cifras no alcanzan a describir, que detalla la grave realidad derivada del incumplimiento del Derecho Internacional Humanitario (DIH).
Según el organismo, el país atraviesa “el nivel más grave de la última década” en materia de afectaciones por los sucesivos hechos de terror perpetrados por los grupos armados ilegales: “Frente a 2024, el desplazamiento individual aumentó un 100 %, el desplazamiento masivo un 111 % y el confinamiento un 99 %, lo que configura un deterioro humanitario sin precedentes recientes”.
Olivier Dubois, jefe de la delegación regional del CICR en Bogotá, dijo: “El drama humano no puede describirse solo con cifras, sino que se refleja en el sufrimiento de comunidades enteras sometidas al temor de los enfrentamientos”.
El periodista Mateo Pérez, asesinado en Briceño, Antioquia, por hombres de las disidencias de las FARC mientras hacía su trabajo, es el caso más reciente y doloroso que, como suele suceder (y escribirlo me repugna), se convertirá en una cifra más. Es que “nos habituamos”…
Ya no se oyen los conciertos y las marchas en los que, con razón, se le reclamaba al gobierno de Iván Duque #NosEstánMatando, porque parece que la muerte y la violencia sólo se la cobran al jefe político que no es de sus afectos.
Y también #NosEstamosMatando y nos agredimos, física y verbalmente, porque sí. Gran parte de los homicidios en Colombia (estimados en un 57 % en años recientes) no ocurre por planes criminales complejos, sino por situaciones intrascendentes que se desbordan de forma salvaje: conflictos entre vecinos, imprudencias de tránsito, reclamos por ruido, deudas mínimas, desacuerdos por una mascota, riñas por pasiones deportivas, borrachos despechados y la lista podría alargarse interminablemente. ¿Algo de eso justifica la violencia? ¿Se justifica si proviene de los grupos criminales más temidos?
En “El malestar en la cultura” (1930), Sigmund Freud analiza la infelicidad del hombre que vive en sociedad y concluye que existe una tensión neurótica muy elevada entre los miembros de la ciudadanía occidental. Ese ensayo, escrito hace 96 años, presenta elementos del comportamiento humano que bien valdría la pena revisar hoy porque, de acuerdo con el psicoanalista, no tenemos escapatoria: es nuestra propia naturaleza y el mundo que habitamos los que sirven de base a nuestros desajustes psicológicos. El ser humano, entonces, no es manso, sino que posee una cuota de agresividad en su dotación pulsional, lo que lleva a la tentación de explotar, humillar o agredir al prójimo.
Freud no ofrece una respuesta universal a las constantes y más crudas representaciones de la violencia descritas anteriormente. Pero al revisar la realidad colombiana y repasar su teoría, es necesario preguntarse si estamos condenados a matarnos y a agredirnos por todo y por nada.
Estas dudas no pasan por lo obvio (corrupción, narcotráfico, despojo de tierras, pobreza, desigualdad, injusticia), porque si de eso se tratara, todos, sin excepción, tendríamos razones para matar. Nuestra violencia alcanza niveles incomprensibles que agotan y entristecen.
Yo no logro habituarme. ¿Ustedes?
* Periodista y directora de la Feria del Libro de Pereira.
