La cancelación de la escritora argentina Ariana Harwicz en el festival granadino Cultur_ALH es el síntoma inequívoco de una fractura ideológica global.
Harwicz ha puesto distancia frente a los colectivos activistas que protagonizan lo que ella llama "boicots culturales" y rechaza el uso del término "genocidio" para definir la ofensiva israelí en Gaza. Para ella, esa es una simplificación retórica que busca una falsa equivalencia con el nazismo e invisibiliza el ataque de Hamás del 7 de octubre, en el que ese grupo terrorista asesinó a civiles inocentes y tomó rehenes.
El resultado de esa postura fue que, en Granada, España, fue tildada de "mala judía" y se justificó su exclusión alegando responsabilidad ética ante el sufrimiento en Gaza; entretanto, en una acción solidaria con la escritora, el novelista irlandés John Banville canceló su asistencia y criticó con dureza esta andanada ideológica en los espacios de pensamiento universitario.
Esa tensión también se extiende a las dinámicas de la música masiva. Durante la gira del cantante británico Ed Sheeran, el rapero estadounidense Macklemore fue expulsado de los conciertos por la promotora Messina Touring Group tras clamar "Palestina Libre" y criticar el financiamiento militar de Washington a Israel. La censura financiera provocó un efecto bumerán inmediato y músicos que formaban parte del tour, como Finneas, renunciaron en bloque a sus contratos en señal de protesta. Ante el desplome de la taquilla, Sheeran se disculpó públicamente; aclaró que el veto provino exclusivamente de los dueños corporativos de los estadios, calificó el 7 de octubre como algo horroroso y tildó la situación de la población civil en Gaza de catastrófica e injustificable.
Si la música comercial se dobla ante los patrocinadores, Hollywood aplica listas negras silenciosas, como denunció la veterana actriz Susan Sarandon, detenida en Nueva York durante una marcha pacífica de Jewish Voice for Peace frente a la ONU para exigir el cese del envío de armas por parte del gobierno de Trump a su homólogo, Netanyahu. La poderosa agencia UTA ya había rescindido su contrato de representación por defender la vida en Gaza, lo que la confinó a proyectos independientes en Europa y a obras de teatro en el Reino Unido. Sarandon afirmó que perder su carrera en la gran industria del cine palidece ante el costo moral de guardar un silencio cómplice ante la barbarie.
Frente a estos silenciamientos, es éticamente imperativo rechazar los fanatismos. No debe haber matices al condenar las acciones de los terroristas palestinos, pues ninguna causa política justifica la carnicería deliberada contra inocentes. Y, con igual contundencia, se debe condenar la reacción violenta y desproporcionada de Israel contra Gaza: lo que hace el ejército israelí se convirtió en un castigo colectivo que arrasa vidas sin importar el género, la edad o la condición, sumiendo a la población en la hambruna y el desamparo. El horror terrorista no se combate con otro horror.
Las evidencias son abrumadoras y no hay forma de negar que Netanyahu y sus tropas están cometiendo un genocidio, aunque Harwicz señale que el concepto es una simplificación argumental.
Quienes defienden a la escritora argentina piensan que el activismo pierde autoridad moral al recurrir a métodos autoritarios que lo encierran en cámaras de eco estériles. Por otro lado, las corporaciones y estudios cinematográficos, al usar el músculo financiero para castigar la conciencia política de los creadores, presionan hacia un arte cobarde, insípido y desconectado de la historia.
¿Ustedes dónde trazan su línea? ¿Es posible seguir pensando en la cultura como un espacio libre para la verdad?
@ClaMoralesM
*Periodista-Directora Feria del Libro Pereira