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De enemiga a amante del fútbol

Claudia Morales

09 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

Mi hija dice que las novelas que más le apasiona leer son aquellas en las que hay mucho drama y, sobre todo, personajes que representen una transición trágica y emocionante, en la que primero son enemigos y luego se convierten en amantes. El comienzo del Mundial de Fútbol 2026 es, para mí, como el final feliz de una novela dramática.

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Mi historia comenzó en los años 70, cuando solía ver con mi papá los partidos de fútbol profesional, y también era plan de fin de semana hacer paseos familiares en los que los papás jugaban unos “picaditos” y el remate lo hacían con cerveza y un asado que preparaban las mamás, mientras los hijos e hijas jugábamos en el río.

El escritor mexicano Juan Villoro describe el fútbol como una “muy sana reserva de nuestra infancia”; verlo así, sentirlo de esa manera, me devuelve a un pasado que extraño con profunda nostalgia, porque en él había mucho fútbol, mis papás y mi hermano menor estaban vivos y la vida era sencilla, hermosa y alegre.

En 1994 vimos viajar a la Selección Colombia al Mundial de Estados Unidos con el profesor Maturana como técnico y figuras como el Pibe Valderrama, Faustino Asprilla, Freddy Rincón, Anthony de Ávila, Leonel Álvarez y Andrés Escobar. Andrés, “el caballero del fútbol”, el jugador amable y elegante, marcó un autogol en el partido contra la selección del país anfitrión y, a su regreso a Colombia, fue abatido a tiros. Ese mes de julio, hace 32 años, pasé de amante a enemiga de un deporte que me daba goce y también era un importante lazo afectivo con mi papá.

En 2024, 30 años después del crimen, mi hija, de 15 años en ese momento, ya estaba metida a fondo en una pasión por el fútbol que había empezado gracias a Jacky Plaza, quien fue su nana, hincha fiel del Nacional (de Medellín) y del Real Madrid. Pues ese año se jugó la Eurocopa y la final entre España e Inglaterra coincidió con un paseo que estábamos dando por Madrid, y muy contrario a lo que algún día imaginé, ese 14 de julio me fui con mi niña a la Plaza Colón a ver el partido en pantalla gigante, con la buena suerte de que “la Roja” ganó. Ahí volví a caer en esa relación irracional que sólo se puede explicar por el fútbol.

En “Balón dividido”, Villoro señala que “un estadio es un buen sitio para tener un padre. El resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo”, lo que revela cómo el fútbol rompe barreras generacionales y facilita la comunicación afectiva mediante una pasión compartida.

Abundan las críticas sobre el Mundial que se juega en este momento en tres países: están a la mano las evidencias para despreciar aún más a personajes como Infantino y Trump; ciertas hinchadas siguen dando muestras incivilizadas; hay juego sucio, cómo no, pero este torneo también nos está dejando memorias como la despedida de monstruos del balón como Luka Modrić y Cristiano Ronaldo; la aparición mágica de la Selección de Cabo Verde con una historia de equipo tan conmovedora como inspiradora; los hinchas ingleses cantando Hey Jude y Wonderwall; Messi dejando una huella más honda en este que será su último mundial; las creaciones detrás del diseño de varias camisetas que han quedado convertidas en lienzos culturales como las de Bélgica, Colombia, Corea del Sur y Senegal… y la lista podría extenderse hasta convertirse en otro Libro gordo de Petete.

Escogí reconciliarme con el fútbol porque es una manera de honrar a los buenos jugadores, a los hinchas alegres y solidarios y a toda una historia de balones que ha dejado llantos, gritos, risas, fracasos y ganancias: así como la vida misma.

Y, principalmente, fue mi hija quien motivó mi recaída. Quiero que el fútbol sea otro de los muchos espacios en los que podamos seguir construyendo nuestros mejores recuerdos. Y, bueno, volver a la cancha también me ayuda a mantener viva la memoria de mi papá.

* Periodista y directora Feria del Libro Pereira.

@ClaMoralesM

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