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El dolor es un tipo de enseñanza cruel

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Claudia Morales
02 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
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Sobre el duelo es un texto íntimo que escribió la autora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie cuando su padre falleció repentinamente en los días en que el mundo estaba encerrado por la pandemia del COVID.

Una parte de Chimamanda murió con su padre y, en ese reconocimiento, salió a flote una profunda reflexión sobre la ausencia de un lenguaje para expresar el dolor, describirlo, masticarlo e, idealmente, quizás, superarlo. Es que cuando el dolor irrumpe, las palabras parecen insuficientes, torpes, incluso inútiles. El dolor desarma el lenguaje.

“Me cuesta respirar. ¿Es esto el shock, que el aire se convierte en pegamento?”, se pregunta Chimamanda, intentando entender qué es eso que atraviesa su cuerpo. Son imposibles las palabras exactas para ese ahogo emocional y el lenguaje no desaparece, sino que se deforma.

Adichie lo afirma con claridad: “La pena es un tipo de enseñanza cruel (…) aprendes lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con la incapacidad del lenguaje y con la necesidad del lenguaje”. Se hace más evidente la necesidad de las palabras, porque sin ellas el dolor se vuelve aún más opaco, más solitario.

Sin embargo, el dolor también cuestiona las ideas simplistas que tenemos sobre “hablar” como solución. “La pena me obliga a mudar de piel, me arranca escamas de los ojos. Lamento certezas pasadas: ‘Deberías pasar el duelo, hablarlo, encararlo, superarlo’. Las certezas petulantes de una persona que todavía no ha conocido una pena profunda”, escribe la autora con una ira que trasciende el papel.

Parece contradictorio, pero quienes han sido atravesados por dolores inconmensurables saben que no todo lenguaje ayuda y que no todo momento es adecuado para usarlo. Existe una violencia sutil en imponer palabras, en exigir narrativas de superación cuando el dolor aún está crudo. El lenguaje social del duelo —lleno de fórmulas y consejos— puede resultar ajeno, incluso ofensivo, para quien atraviesa un dolor profundo.

Por eso, el silencio también forma parte del proceso. “Este retraimiento es instintivo. Tal vez les parezca un capricho desconcertante (…) En verdad, al principio es una postura protectora, un encogerme ante el dolor, porque estoy agotada de llorar y hablar de ello significaría ponerme a llorar de nuevo. Pero también es porque quiero estar a solas con mi pena”, dice otro fragmento del libro, que revela que el lenguaje no siempre es inmediato ni continuo. Hay momentos en los que callar es una forma de protección, una pausa necesaria antes de articular lo vivido.

Adichie nos muestra que superar el dolor no es un proceso limpio ni coherente, sino una lucha constante entre lo que se puede decir y lo que queda fuera de las palabras. Y es precisamente en esa lucha donde comienza, poco a poco, la transformación de ser.

Esta, además de ser una invitación a leer el libro, lleva consigo otra invitación, a propósito de las denuncias que han revivido los casos de acoso sexual: bienvenidas las buenas intenciones, los hashtags, las campañas y todo aquello que visibilice el horror histórico y reciente de las mujeres que han sido víctimas de ese y otros delitos aberrantes. Pero, por favor, cuidemos el lenguaje que a veces parece impositivo.

No todas las víctimas se sienten amparadas por la oleada mediática de estos días. Para romper los pactos de silencio impuestos por la sociedad se necesita mucho más: justicia, cero revictimización y cambios radicales en la cultura patriarcal y empresarial. De eso estamos muy lejos. Los focos encima de algunas víctimas, en contraste con las nobles causas, las aíslan aún más.

Sólo quienes han sentido el dolor de la muerte y el dolor por el abuso y la violencia sexual (otro tipo de muerte) saben que esa es la más cruel de todas las enseñanzas.

* Periodista y directora de la Feria del Libro de Pereira.

@ClaMoralesM

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Dionisio(cvtsc)Hace 47 minutos
Claudia, tu dolor lo compartimos quienes sentimos la indignidad de que el innombrable siga impune por lo que te hizo. Es una vergüenza y humillación que ojalá pronto repare la justicia.
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