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Las campañas políticas son tan obvias como ausentes de creatividad y, además, cada vez más peligrosas por la altísima capacidad que, gracias a las redes sociales, tienen los candidatos para ampliar sus herramientas con el fin de manipular y mentir.
Las campañas también son el termómetro de lo que no es importante para los aspirantes a cargos públicos y para muchos de los que, sin criterio, los aplauden. Lo paradójico es que, generalmente, lo que los candidatos evaden proponer y debatir es lo que sí le importa a una sociedad que merece ser mejor y que necesita romper los ciclos de la guerra.
Un ejemplo de lo anterior es la educación.
La Constitución Política de Colombia dice en los artículos 67, 68 y 70 que la educación es un derecho fundamental y un servicio obligatorio con una función social, de lo cual son responsables el Estado y la sociedad. Sin embargo, en el papel todo aguanta, porque la realidad es otra.
Un reportaje publicado el 18 de enero de este año en Cambio, titulado “Más de mil niños sin clase: un año de aulas vacías en El Catatumbo”, es una muestra de las promesas incumplidas gobierno tras gobierno con esa región y de que, en la campaña actual para ocupar la silla de la Presidencia de la República, a ningún candidato le ha importado esa verdad. Por favor, si estoy equivocada y alguno de ellos ha enfocado su proyecto de gobierno en la educación y en soluciones reales para el Catatumbo, me lo dejan saber. Yo no lo encontré.
Los niños que viven en la vereda La Neiva, en La Gabarra, no pudieron volver al colegio “desde el 16 de enero de 2025, cuando el conflicto en El Catatumbo se recrudeció como nunca antes, por la guerra sin tregua entre el ELN y las estructuras disidentes de las FARC-EP (Frente 33)”, señala el texto, que añade “al menos 1.100 niños de unos 15 colegios llevan más de un año sin clases en la región del Catatumbo. Mañana, 19 de enero, debería comenzar el calendario escolar, pero las aulas seguirán vacías. El horizonte para 2026 es aún más incierto: la Secretaría de Educación de Norte de Santander calcula que unos 5.000 niños no se matricularán en los colegios del Catatumbo”.
La escena diaria es espantosa: escuelas convertidas en campos de guerra, reclutamiento forzado, subregistro de menores asesinados, caminos minados hacia las escuelas, sobrevuelos de drones con explosivos, violaciones de mujeres y torturas que llevan a los habitantes de la región a sufrir insomnio crónico, ataques de ansiedad y delirios postraumáticos, entre muchos otros.
¿Esto es exclusivo del Catatumbo, en Norte de Santander? No. El calendario escolar también lo marca la guerra en municipios de Arauca, Bolívar, Cauca, Cesar, Chocó, Nariño, Putumayo, Valle del Cauca, por citar unos pocos ejemplos. ¿Por qué no aparece esta situación en las propuestas de los candidatos? ¿Qué le pasa al ciudadano que prefiere leer y oír estúpidas camorras diarias y que no exige un mínimo de contenido, honestidad y dignidad de quienes pretenden manejar los hilos del país?
A la educación, como gran ausente de las prioridades públicas, se suman la ciencia y la tecnología, la cultura, el deporte, la vivienda digna y el cambio climático, es decir, todo lo que es parte de la política pública en los países desarrollados. Y sobre los temas que sí están en boca de muchos en Colombia, como por ejemplo la salud, sólo oímos acusaciones y gritería de lado y lado mientras la corrupción crece, la gente muere por falta de tratamientos y los hospitales cierran por quiebres financieros.
Qué hastío. Qué miedo.
Un país que sistemáticamente permite la violación de los derechos fundamentales y que no ve en lo verdaderamente importante un motivo para votar bien, está condenado. De nosotros también depende que esa condena sea a cadena perpetua, pena de muerte o que nos permita rehacer la vida.
*Periodista-Directora Feria del Libro de Pereira
