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23 Sep 2022 - 5:30 a. m.

Los morrales antirrobo de Totto

El fin de semana pasado fui a comprar una maleta en Totto del centro comercial Santafé en Medellín y mientras recorría el almacén vi un letrero que decía: “Morrales antirrobo”. Agarré uno y le pregunté a la vendedora qué hacía diferente a ese morral de los otros.

Ella me explicó que las cremalleras de esos morrales están cosidas de tal forma que quedan cubiertas por las correas de carga para que cuando alguien lo lleve en la espalda nadie pueda abrirlas y así evitan los robos. Reconocí que no había visto antes esos productos (es posible que existan hace marras) y entonces me llegó un pensamiento que le compartí en voz alta a la señora que me atendía: le dije que admiraba la creatividad de la marca, pero que lamentaba que existieran ese tipo de morrales. Es que uno no debería andar por la calle pensando que lo van a robar.

Ese fin de semana trabajé en la Fiesta del Libro de esa ciudad y durante los días que estuve (como pasa todos los años) vi la angustia de los vendedores de los stands ante los mares de personas que llegaban y tomaban en sus manos los libros expuestos en las mesas. Es extraño porque todos queremos que muchísima gente visite esos encuentros culturales, pero la verdad de a puño es que los robos de libros significan una injusta angustia y grandes pérdidas económicas para las editoriales.

En 2017 la gerente de una editorial muy grande me confesó que ese año en la FilBo, solo a su editorial, le robaron 5.000 libros, ¡5.000! Lo más horrible es que los delincuentes llevan los libros robados a los lugares donde todo el mundo sabe que los revenden y la gente, con plena conciencia de ello, los compra. Así como pasa con los celulares, los repuestos de los carros, las bicicletas, las motos, chaquetas…

Manejamos con las ventanas de los carros cerradas, no nos ponemos nada que parezca oro para que no nos mande la mano un raponero, les ponemos alarmas a casas y apartamentos, nos da terror pensar que caminamos por descuido con un bolso medio abierto porque seguro nos sacan la billetera, nos matan por robarnos un celular o unos tenis de marca, no nos sentimos seguros en un carro propio, en un taxi o en un bus de transporte público. En Colombia se roban las tierras, la plata de los alimentos de los niños, de la salud y de la infraestructura, y también nos roban la esperanza, los sueños y la paz.

En abril, la Policía Nacional informó que el hurto a personas creció en un 18 % en relación con el año 2021. En cuatro meses los ciudadanos reportaron 72.600 atracos, es decir, un promedio de 600 por día. ¿Roban sólo en Colombia? Claro que no, pero aquí es donde vivimos y criamos a nuestros hijos, y por eso la crítica debe ser severa. No nos digamos mentiras: normalizamos el delito a tal punto que protegernos de ello es parte de nuestro comportamiento más básico. Convivimos con impotencia con el robo sistemático y con el reconocimiento de una justicia desbordada e incapaz de frenar esa desgracia.

Además de exigir con ejemplo, de enseñarles a los niños desde chiquiticos que lo de los otros no se toma como propio, de hacerles eco a las denuncias, ¿qué más podemos hacer? ¿Cómo salimos de este letargo que a lo único que lleva es a acostumbrar la vida a una permanente tragedia? ¿O no es trágico que nos roben?

Totto crea unos morrales antirrobo que aplaudo y yo ya decidí que buscaré uno para mí. Pero, queridos lectores, me niego a aceptar que ese sea nuestro único destino, porque un morral sí evita que nos roben algo preciado, pero no hay morrales que eviten otros robos mayores.

*Periodista. @ClaMoralesM

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