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6 Apr 2022 - 9:19 p. m.

Ave de mal agüero, mensajero de malas noticias

Mauricio Restrepo Posada*

La noticia que les quiero dar es aterradoramente simple, escojan ustedes la frase: van a matar a Petro; quieren matar a Petro; piensan matar a Petro; pueden matar a Petro; intentarán matar a Petro; y de pronto alguien dirá…deben matar a Petro. Un pueblo sin memoria repite sus errores.

Estamos en plena final de la lucha, en la última batalla de la guerra por la Presidencia de Colombia. Todas las armas a la vista, toda la inmundicia diseminada, todo el odio aflorando en cada rincón de nuestro país. La “gente de bien”, los patriotas, de casacas blancas, de cuellos blancos, alistándose para defender el orden social que los ha mantenido en el poder, dispuestos a hacer hasta lo indebido, no cejarán en su empeño por destruir al monstruo que en peligro los pone y que en riesgo de extinción los mete. Triste tendencia en muchas partes de este maltratado mundo. Y no es asunto actual, la historia ha demostrado que en Latinoamérica pocas veces se ha logrado un cambio sin sangre, y se han cercenado las cabezas de muchos de los que quieren realizar algún proceso de transformación social. Algunos verdugos –cenutrios por demás- están convencidos de que al cortar cabezas se eliminan ideas.

Doce presidentes han sido asesinados en América en los últimos 120 años. Y siendo o habiendo sido candidatos a la presidencia, seis notables colombianos fueron eliminados por asesinos patrocinados por sus detractores o por aquellos que se sentían en peligro por sus posturas ideológicas.

Jorge Eliécer Gaitán Ayala, candidato presidencial disidente del Partido Liberal en las elecciones de 1946. Asesinado en Bogotá, tres disparos acabaron con su vida el 9 de abril de 1948.

Jaime Pardo leal, candidato presidencial por la Unión Patriótica en las elecciones de 1986. Asesinado a bala en La Mesa (Cundinamarca), el 11 de octubre de 1987.

Luis Carlos Galán Sarmiento, candidato presidencial por el Nuevo Liberalismo en las elecciones de 1990. Asesinado por sicarios en Soacha (Cundinamarca), el 18 de agosto de 1989.

Bernardo Jaramillo Ossa, candidato presidencial por la Unión Patriótica en las elecciones de 1990. Muerto a tiros en Bogotá, el 22 de marzo de 1990.

Carlos Pizarro Leongómez, candidato presidencial por Alianza Democrática M-19 en las elecciones de 1990. Asesinado a bala en un avión, cinco minutos después de haber zarpado de Bogotá, el 26 de abril de 1990.

Álvaro Gómez Hurtado, candidato presidencial por el Partido Conservador en las elecciones de 1974, 1986 y 1990. Asesinado en Bogotá, también a bala, el 2 de noviembre de 1995.

Algo es claro: según los seis asesinatos reseñados, a Petro lo pueden matar a bala, en Bogotá o Cundinamarca. ¿Quién? Los mismos que a tiros eliminaron a los otros candidatos. ¿Por qué? Por la misma vaina que a los otros.

Dejando a un lado la estadística elemental de los seis casos referenciados, creo que a Petro lo pueden matar en cualquier lugar de Colombia. Hay mucha gente que mata en este país, pero a él más de un malandro “le debe tener ganas”, como decimos en los barrios: la ultraderecha, los narcos, las autodefensas, empresarios, ganaderos, terratenientes, uno o dos expresidentes, cualquier bacrim, los gringos, militares, policías, algún devoto cristiano, alguna bataclana racista, etc., etc., etc.

Quisiera pasar como el simple chismoso de la cuadra, el bochinchero del pueblo, el parroquiano de a pie que anda por ahí inventando rumores. Mi equivocación sería mi perdón y mi triunfo.

Quisiera que Petro fuera el presidente que a todos esos engendros les expropiara su ignorancia, su incultura, su odio y sus ansias de matar a bala el pensamiento diferente. Y que a todos los corruptos les expropiara los bienes que con sus delitos adquieren, en detrimento del bienestar del pueblo. Y quisiera que en su “dictadura” los asesinos de niños, mujeres y líderes sociales sean condenados y efectivamente privados de la libertad, no con esa libertad condicional ni esa casa por cárcel que se volvió usual en los últimos gobiernos. Y quisiera muchas cosas más, pero sé que Petro nos va a fallar. Un candidato muerto solo puede incumplir sus promesas de campaña.

Y si no matan al candidato, le puede robar las elecciones. No olvidemos a Gustavo Rojas Pinilla, a quien -en una sola noche- un presidente liberal en contubernio con un candidato conservador lo despojaron de la Banda Presidencial. No les importó la consecuencia de ese atraco.

Y si no matan al candidato ni le roban las elecciones, lo pueden matar siendo el presidente Petro. No olvidemos a Salvador Allende, presidente de Chile muerto tras un golpe de estado llevado a cabo por los militares chilenos, con supuesto apoyo del coloso del norte. Las autoridades informaron que Allende se suicidó. Mejor decir que lo “suicidaron”, porque prefirió matarse que entregarse.

Cuídate, Petro, muchos colombianos no queremos llorarte. Cuídate, Gustavo, porque con tu muerte nuestras lágrimas estarían inundando a Colombia de dolor, tristeza, ira y amargura. Y de pronto, de violencia.

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