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Sí. Trump acabó de joderme. Como me jodieron Putin, Maduro, Zelenski, Netanyahu, Ortega, Obasanjo, Pezeshkian, Milei y otros engendros. Todos ellos o son arbitrarios o son dictadores. Son capaces de iniciar una guerra y hablar de paz o de democracia, sin siquiera ruborizarse. Dueños de las tierras que gobiernan y de sus habitantes. Son ellos los que se consideran propietarios del poder que nadie les entregó a perpetuidad. Incapaces de rectificar sus errores, nos tienen jodidos a todos. O a casi todos.
Después de leer una buena columna de Rodrigo Uprimny en La Silla Vacía (“El régimen de Maduro, el derecho internacional y la intervención de Trump”) en la que hace una propuesta de solución, confirmé que muchos tienen grandes ideas que finalmente son irrealizables porque predomina en ellas un idealismo muy idílico que no va a ser aceptado por todas las partes conflictuadas. Lástima, en ese mierdero que se convirtió el Mundo ninguna de las propuestas es válida. Tal vez si alguna es aceptada por al menos dos de los engendros mayores, ella haga camino hacia un acercamiento a una solución. Incluso así, soy escéptico. Por eso mi ira.
Pasé luego a leer otra buena columna, de León Valencia, en X (“El posible acuerdo de Donald Trump y Delcy Rodríguez”). Calidad y coherencia. Pero, cuando tratamos de interpretar un suceso importante del cual se nos oculta una gran parte de la información y nos llegan rumores, caemos en especulación. Eso le pasó a León Valencia. En su columna lo dice… “La información en la capital venezolana salía a cuentagotas”. “De Delcy Rodríguez solo se conocía un comunicado escueto”. Aún así, las varias conclusiones de Valencia pueden ser válidas, puede suceder alguno de sus vaticinios. Dudo que alguna de esas conclusiones pueda llegar a aquellos engendros. Y si llegase, nada pasaría. No tenemos capacidad de escucharnos. En un noticiero de televisión escuché decir que la solución está en perdonarnos unos a otros. Ilusos. Como si lobos y ovejas pudieran perdonarse.
Terminé mi día leyendo un escrito de un indígena boliviano, Fernando Untoja, supuestamente muy estudioso, que define el antiamericanismo como una patología intelectual. Dice que ello no es una postura política, sino una coartada psicológica, que no nace del análisis sino de la pereza intelectual. Y se despacha en toda clase de argumentos en defensa del espíritu libertario y las bondades del sueño americano. Todo un panegírico de alabanza a los Estados Unidos y a lo que representan para los humanos no gringos. Y lo puso en Facebook este cuatro de enero, un día después del secuestro de Maduro. Me pareció un vómito ultraderechista. Me agredió. Me hizo poner más iracundo. Sólo le faltó el agradecimiento y la respetuosa venia al salvador Trump.
Estamos viviendo una crisis dentro de la gran crisis. USA, Rusia, Irán, China, Israel o Corea del Norte pueden desencadenar enfrentamientos mucho mayores que los vividos en Gaza y Ucrania. Y los demás países, simples víctimas y observadores pasivos.
Y llegará la etapa de no tener oportunidad de ser felices por algo. Qué pena que ustedes tengan que leer el producto de esa ira depresiva que me está jodiendo. Empecé diez veces a escribir algo bonito, para calmarme. Y las diez veces la belleza se escondió de mi pluma.