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Dieta para reducir la indigestión digital

Columnista invitada y Diana Puerta

13 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.

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Somos lo que comemos, pero también somos lo que cliqueamos. Con el tiempo aprendimos que el cuerpo se enferma cuando consume sin criterio y en exceso. Algo similar ocurre con el alud de información a la que nos exponemos y que poco nutre, y lo peor es que no trae etiquetas negras de advertencia: son contenidos “chatarra” que indigestan.

La desinformación ya no es un error técnico; es un riesgo sistémico. El Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial sitúa a la “información errónea y la desinformación” como una de las amenazas más severas de la década. Estamos perdiendo la capacidad de distinguir lo real de lo fabricado. Con la expansión de los contenidos falsificados mediante inteligencia artificial (deepfakes), hemos saltado de lo que Yuval Noah Harari llama: “Tiempo Biológico”, el de la reflexión humana, al “Tiempo Algorítmico”, donde las máquinas que no descansan dictan lo que debemos odiar o temer.

Harari habla de que, en consecuencia, la vida se siente como una eterna entrevista de trabajo: rígida y performativa. Perdemos la espontaneidad porque tememos que cada palabra sea grabada y juzgada perpetuamente. El resultado es un colapso psicológico por el agotamiento de tratar de seguirle el ritmo a las redes que nunca duermen y que generan una especie de duda ansiosa perpetua.

Ante este panorama, aislarnos sería una recomendación ingenua para esta dieta. La alternativa no es el apagón digital, mejor pensar en la reivindicación de la fricción. Vivimos en la era en que queremos que todo sea fluido, rápido y sin esfuerzo. Pero el criterio, el juicio confiable y hasta el placer intelectual surgen, precisamente, de la fricción. La fricción se produce en ese segundo de duda que nos permite masticar la información antes de tragarla.

La primera sugerencia ante esta indigestión consiste en tolerar la fricción estando alertas. Un ejemplo de cómo luce esta “fricción productiva”, es el medio digital: Economía para la Pipol, fundado por Camila González y Valerie Cifuentes, quienes, agotadas por la desinformación y sus efectos, decidieron democratizar el análisis económico. Ellas demuestran que el rigor puede cocinar contenido de alta calidad con un lenguaje accesible, devolviendo el placer de entender y confiar, no solo de consumir. Entre otros también está el medio de la Universidad de los Andes: 070, quienes se enfocan en explicar “por qué pasan las cosas” con investigaciones que a veces los medios tradicionales no tocan por compromisos comerciales o políticos.

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Otra alternativa para reducir la indigestión es elegir formarse en lugar de informarse. La formación es un proceso lento, basado en la apropiación de conocimiento fundamentado en la investigación, es un proceso de “digestión consciente”. La información, en cambio, es contenido fácil de producir porque no requiere evidencia, es intoxicante, “comida chatarra” para el cerebro.

Otra sugerencia es consultar verificadores de hechos o fact checking. Esto es especialmente relevante en época de elecciones. Revisar si lo que prometen, dicen y presumen los candidatos es o no fiable para votar de manera comprometida y consciente sin dejar que el algoritmo nos imponga la decisión. En Colombia contamos con colombiacheck.com, una plataforma de verificación de datos. Sus verificaciones escrutan sin importar partido o filiación.

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Lo último de esta dieta para mejorar la indigestión digital es establecer periodos de silencio y preferir la conversación larga y crítica. La mente necesita tiempo fuera para procesar lo que ya sabe. La supervivencia de nuestra humanidad depende hoy de la capacidad para proteger la calidad de lo que pensamos y la autenticidad de con quién hablamos.

*Profesora de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes.

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Por Diana Puerta

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