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El basilisco revisited

Columnista invitada y María Victoria Uribe*

¿El Instituto Colombiano de Antropología e Historia sin antropólogos, ni arqueólogos? ¿La Biblioteca Nacional cerrada? ¿El Museo Nacional sin obras de arte que incomodan?

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¿Qué pretende este nuevo basilisco, ese animal que Laureano Gómez transformó en una poderosa metáfora para aludir a su odiado partido liberal? .Vale la pena recordar esa nefasta figura ahora que un gobierno de ultraderecha amenaza con demoler los cimientos de la cultura. Para Laureano Gómez era un hecho que debía reconocerse con franqueza, que la principal y casi exclusiva causa de división política entre los colombianos era la cuestión religiosa. Su visión de la política era pura ortodoxia religiosa. Según él, las tendencias conciliadoras eran fruto del cansancio y del escepticismo de espíritus poco observadores y cualquier alianza, en su momento, entre liberales y conservadores era, a sus ojos, una empresa imposible.

Laureano Gómez consideraba que los liberales pertenecían no a un partido político sino a una masa amorfa, informe y contradictoria que el mismo describió valiéndose de la figura del basilisco. Dicha metáfora fue publicada por el periódico El Siglo el 27 de junio de 1949 en los siguientes términos:

“En la contemplación del panorama político se encuentra el país absolutamente dividido en dos bloques. De un lado se halla el Partido Conservador que se singulariza en el continente entre todos los partidos porque ha logrado la obra insigne de eliminar de sus estímulos el caudillismo y el personalismo. El Partido Conservador colombiano tiene un programa y una doctrina, defiende unos principios. Bajo la doctrina conservadora, de una frontera hasta otra, todo colombiano sabe por qué es colombiano, profesa idénticas ideas, sirve los mismos principios”.

Foto: Archivo El Espectador

Frente al Partido Conservador está el partido Liberal que Gómez compara con la figura del basilisco:

La metáfora del basilisco, tanto en boca de Gómez como ahora en boca de la ministra de Cultura y sus esbirros, genera una representación maniquea del campo de la cultura al hablar de batalla cultural, de contra revolución cultural, lo que facilita la construcción de imágenes opuestas irreconciliables. De un lado está lo que el gobierno denomina woke, que traducido al castellano sería progresismo, y del otro lado están los caballeros templarios que se mueven al grito de Cristo Rey. Esa es la Colombia de hoy en día, la que padecemos.

Regresando al ICANH y a sus nuevas directivas, no voy a contar la historia de lo que significa ese instituto para el país y para la cultura, y no solo para antropólogos, arqueólogos y etnógrafos, sino para la sociedad en general. Pero sí quiero recordarles a los nuevos funcionarios del ICANH, que seguramente creen que cultura es folclor, que es justamente la cultura en su sentido más amplio lo que estudia el ICANH y que, por más que lo intenten, nunca borrarán, ni transformarán el cúmulo de hallazgos e interpretaciones de nuestro pasado remoto y de nuestro multivariado presente. NUNCA

Tomo prestadas las palabras de Doris Salcedo cuando dice: “no podemos normalizar el término de batalla cultural, que es un engendro de la extrema derecha, y otorgarle sentido positivo. Lo que hay es una batalla ideológica y política, la batalla cultural simplemente no existe”. Y nosotros, antropólogos y antropólogas, arqueólogos y arqueólogas, seguiremos trabajando y enriqueciendo ese legado.

* Antropóloga, PhD en Historia

Por María Victoria Uribe*

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