Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

El centro en movimiento

Columnista invitada y Juanita Uribe Cala

14 de enero de 2026 - 12:30 p. m.

En Colombia, cerca del 50 % de las personas sienten que no tienen por quién votar. No porque no les importe el país, sino porque no se reconocen en los extremos que dominan la conversación pública. A esa mayoría suele llamársele “el centro”. Y con frecuencia se le acusa de tibia, indecisa o cómoda.

PUBLICIDAD

Mi experiencia escuchando a la gente dice otra cosa. Durante años he liderado múltiples análisis de inteligencia colectiva: procesos diseñados con una metodología para escuchar, de manera científica y sistemática, cómo las personas interpretan su propia realidad política a partir de sus relatos y experiencias. No son encuestas tradicionales ni debates ideológicos. Son espacios digitales donde miles de personas cuentan historias reales sobre liderazgo, frustración, cuidado, logro y conflicto; y donde esas historias, analizadas en conjunto, permiten ver patrones profundos de cómo pensamos y actuamos como sociedad.

Y lo que aparece en estos análisis con mucha claridad —particularmente en Colombia— es esto: la mayoría de las personas no piensa la política en términos de izquierda y derecha. La piensa en términos mucho más concretos. Habla de lo que le parece justo o injusto, de si siente cuidado o abandono, de si confía o no en quienes toman decisiones. Quiere cambios, sí. Pero no a cualquier precio. No quiere que el país se rompa para volver a empezar.

De hecho, cuando se les pregunta directamente qué tipo de cambio necesita Colombia, el patrón es sorprendentemente consistente en el tiempo. En ejercicios realizados en 2018, 2021 y 2024 —usando exactamente la misma pregunta—, la gran mayoría de las personas se ubica en un punto intermedio: no quiere mantener el estado actual de las cosas, pero tampoco apuesta por rupturas radicales. Prefiere hacer cambios y ajustes al sistema, cuidar lo que funciona y transformar lo que no, sin saltos al vacío. Eso no es ambigüedad. Es criterio.

Entonces, ¿por qué ese centro mayoritario no logra movilizarse? Porque el centro se ha quedado en la moderación como postura, pero no se ha convertido en movimiento. Ha sido eficaz para gobernar en tiempos de estabilidad, para administrar acuerdos y contener excesos. Pero resulta insuficiente para convocar en tiempos de miedo, incertidumbre y desconfianza.

Read more!

Y este es un tiempo distinto. El poder ya no está concentrado como antes. Se distribuyó por razones muy concretas: más educación, más acceso a información, internet, redes sociales, conectividad permanente. Hoy no necesitamos intermediarios para informarnos, opinar o coordinarnos. Cada persona con un teléfono en la mano participa —quiera o no— en la construcción del clima político. El poder se volvió distribuido, narrativo, rápido y difícil de controlar.

Eso genera ansiedad. Y cuando la autoridad pierde capacidad de convencer, suele recurrir a imponer. Por eso vemos cada vez más prácticas que se parecen al bullying: humillación pública, amenazas, desprecio por reglas comunes, uso del miedo como herramienta. Eso no es fortaleza. Es inseguridad. El bullying aparece cuando el consentimiento se rompe.

Hay un riesgo adicional en este momento político: reducir el centro a una alianza meramente defensiva. Pensar que basta con unir a quienes históricamente han tomado las decisiones alrededor de un rechazo común para construir futuro.

Read more!

Las alianzas son necesarias y pueden ser muy potentes cuando se articulan a favor de algo: de un horizonte compartido, de una promesa de cuidado, de una idea de país que convoque. Pero cuando se organizan solo en clave de eliminación —de borrar algo que para muchas personas tuvo valor y sentido— corren el riesgo de volverse excluyentes. En ese caso, el costo es alto: se borra la experiencia de representación que millones de personas vivieron por primera vez y se transmite el mensaje que esa vivencia fue un error que debe corregirse, en lugar de una realidad que merece ser comprendida e integrada.

Un centro en movimiento no se construye negando lo que pasó, sino integrando lo que emergió: nuevas voces, nuevas demandas de dignidad, nuevas expectativas de cuidado y coherencia. Cuando eso se desconoce, el centro deja de ser puente y se convierte en muralla. Y cuando el centro se borra, no desaparece la polarización: se profundiza.

No ad for you

Hay, además, otra razón menos evidente por la que este centro mayoritario no logra reconocerse como fuerza. Colombia es un poco como una fiesta. Durante mucho tiempo, el micrófono y los parlantes estuvieron en manos de unos pocos, quienes decidían qué se decía, qué se escuchaba y qué importaba. Hoy, gracias a las redes sociales, los podcasts, los blogs y los teléfonos inteligentes, todos tenemos acceso al micrófono. Eso democratiza el poder, pero también ha generado tal nivel de ruido y confusión que, a veces, ni siquiera sabemos si la fiesta sigue siendo una fiesta. Muchos sienten que están perdidos y que nadie entiende realmente qué está pasando.

En ese caos, algunos han aprendido a sacar ventaja. Usan el miedo para imponer relatos de división, escasez y desesperanza. Repiten con tanta fuerza que el país está roto, que muchos terminan creyendo que eso es todo lo que somos. Que no hay mayoría sensata. Que no hay nada que sostener.

Creo que parte del problema es que quienes se ubican en el centro —aunque sean mayoría— son más escépticos, menos crédulos, más racionales. Desconfían de las promesas heroicas, de las épicas salvadoras y de las soluciones mágicas. Esa lucidez es una fortaleza. Pero también tiene un costo: hace que duden incluso de su propia fuerza colectiva. No se atreven a creer en algo que no se ha hecho nunca.

No ad for you

Tal vez por eso cuesta tanto creer que un centro en movimiento sea posible: porque no tenemos muchos referentes históricos claros. Sin embargo, en distintos lugares del mundo empiezan a aparecer experiencias políticas que no nacen de grandes coaliciones defensivas ni de liderazgos impuestos desde arriba, sino de redes locales, causas concretas y relatos compartidos. Movimientos que no se organizan alrededor de una ideología cerrada, sino alrededor de experiencias vividas de injusticia, cuidado y dignidad. No prometen épicas ni soluciones mágicas, pero sí coherencia. Y, poco a poco, logran algo que parecía improbable: convertir una mayoría dispersa y escéptica en una fuerza reconocible.

Hay otro rasgo que aparece de forma consistente en estos análisis y que suele subestimarse: la autenticidad. En un entorno saturado de ruido, promesas y discursos estratégicamente diseñados, la gente ha desarrollado una sensibilidad aguda para detectar impostura. No conecta con liderazgos que buscan parecer perfectos, sino con aquellos que muestran coherencia entre lo que dicen, lo que hacen y lo que son. La perfección genera distancia; la autenticidad, confianza. Y hoy, más que certezas absolutas, lo que las personas buscan es sentir que quien lidera no les está “actuando” un papel.

No ad for you

En los análisis de inteligencia colectiva, cuando se observan los relatos en conjunto, aparece un país que ya está ejerciendo su agencia. El dato es contundente: en estudios recientes sobre liderazgo, casi la mitad de las personas contó una historia protagonizada por sí misma. No por un político. No por un caudillo. Por ellas mismas resolviendo, liderando, cuidando, emprendiendo.

Eso ayuda a explicar una paradoja que pocos reconocen. A pesar de un gobierno errático, la economía colombiana sigue creciendo. No gracias a una gran visión central, sino porque millones de personas siguen creando, trabajando, emprendiendo y sosteniendo lo que funciona todos los días. Esa es la otra Colombia, la que no siempre aparece en el debate político, pero mantiene al país en pie.

En más de un país, estas tensiones que aparecen primero en los relatos ciudadanos han terminado traduciéndose, más temprano que tarde, en giros políticos que muchos creían improbables. Eso también es poder. Solo que todavía no lo hemos coordinado.

No ad for you

Ahí el centro tiene una responsabilidad histórica. No como punto medio sin alma, sino como una propuesta clara: defender reglas justas, cuidar lo común, ofrecer coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y permitir que la gente sienta que su acción importa.

Los datos muestran que cuando las personas perciben justicia, cuidado y coherencia, la polarización pierde fuerza. No porque desaparezca el conflicto, sino porque deja de ser destructivo.

Durante años he escuchado a personas que dicen no sentirse representadas por nadie, pero que tienen muy claro lo que no están dispuestas a seguir aceptando. No es apatía. Es cansancio de una política que confunde fuerza con grito y liderazgo con imposición.

El centro no es una ausencia. Es una presencia dispersa. Una mayoría que quiere cambios con cuidado, autoridad sin abuso y futuro sin miedo. Convertir eso en movimiento no es tarea de un partido ni de una persona. Es un trabajo colectivo que empieza por algo simple y difícil: reconocer que ya tenemos poder, creérnoslo y atrevernos a ejercerlo juntos.

No ad for you

Tal vez el centro no necesita elegir entre extremos. Tal vez necesita, por fin, moverse.

Por Juanita Uribe Cala

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.