Desde octubre de 2023, el ejército israelí comete infames masacres casi a diario en la Franja de Gaza. Algunas de ellas, dada su magnitud y su barbarie, llegan a los titulares de nuestro continente. La noticia primero explota en redes sociales a pesar de la censura en algunas plataformas hacia contenido relacionado con Palestina. A fin de cuentas, son hechos muy difíciles de esconder o matizar. Negarlos u ocultarlos sería ser cómplice.
Las noticias del horror llegan en vivo gracias a algunos periodistas que aún quedan en Gaza, y estas se convierten en pruebas fehacientes que alimentan las denuncias contra Israel por genocidio en dos cortes internacionales. La realidad en el terreno es tan cruel que el Instituto Lemkin para la Prevención del Genocidio afirmó haberse quedado sin palabras recientemente.
Las desconsoladoras imágenes pronto empiezan a causar conmoción entre millones de personas que indignadas salen a las calles a protestar o siguen firmes en sus campamentos para exigir el fin de alianzas con un Estado que actúa sistemáticamente al margen de la ley. Algunos líderes mundiales empiezan a reaccionar con declaraciones condenas, lamentos y, en el mejor de los casos, algunas tímidas solicitudes hacia Israel para que cumpla con lo que le ordena el derecho internacional. Mientras, seguimos esperando la buena fe del gabinete de guerra de Israel para detener la agresión en Gaza, y la violencia de colonos y militares en Cisjordania, incluida Jerusalén oriental. Cada minuto de aquella espera imposible aumenta la infame cifra de más de 15.000 niños palestinos asesinados.
Lo más irónico es que en algunas ocasiones Netanyahu anuncia que iniciará una investigación sobre estas masacres. Cuando misiles asesinaron a siete trabajadores humanitarios afiliados a World Central Kitchen en abril, el gobierno afirmó que iniciaría una investigación debido a la presión internacional y tal vez porque la mayoría de los asesinados eran extranjeros. Estamos acostumbras a ver a los palestinos como “daños colaterales”.
Después del mortífero bombardeo e incendio de un campo de refugiados provisional en Rafah durante la noche del 26 de mayo que dejó a más de 50 palestinos carbonizados y a aquellos heridos sentenciados a muerte por la falta de ingreso de medicamentos, combustible, agua y comida, Netanyahu manifestó que abriría una investigación. Lamentablemente, sabemos que no habrá ni investigación ni reprimendas. Aún estamos esperando respuestas por la terrible “Masacre de la Harina” del 29 de febrero de 2024, cuando Israel bombardeó y mató a 118 palestinos esperando recibir alimentos.
Es también aborrecible ver cómo figuras mediáticas y políticas en Colombia y en otros lugares intentan “lavar” o hasta apoyar indirectamente este tipo de actos barbáricos mediante declaraciones que desconocen por completo el valor de la vida humana. Utilizar la violencia de Israel y el sufrimiento palestino para alimentar discursos políticos o para generar interacciones en redes es ruin, mezquino, antidemocrático, y deja en entredicho la moral y ética de estas figuras públicas.
A fin de cuentas, los resultados de las investigaciones jamás los conoceremos y tampoco cambiarán la situación actual. Un historial de impunidad de más de siete décadas ha empoderado a los sucesivos gobiernos israelíes a actuar en total desacato de cualquier norma y precepto moral sin pensar en las consecuencias. Se debe entonces trascender de hechos simbólicos a medidas políticas más efectivas que logren presionar, como son las sanciones y embargos. De lo contrario, unos días después, todo este ciclo se repetirá. Las aterradoras noticias seguirán llegando desde lo que se ha vuelto un infierno en la tierra.
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