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Estamos viendo el colapso de Irán

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Columnista invitada: Marty Mazhari
12 de enero de 2026 - 05:04 a. m.
"Las protestas iniciadas el 28 de diciembre se han mantenido a pesar del baño de sangre. Ya las últimas olas de protestas se iban sucediendo cada vez con mayor frecuencia e intensidad, alcanzando ahora todas las provincias, todo el país" - Marty Mazhari
"Las protestas iniciadas el 28 de diciembre se han mantenido a pesar del baño de sangre. Ya las últimas olas de protestas se iban sucediendo cada vez con mayor frecuencia e intensidad, alcanzando ahora todas las provincias, todo el país" - Marty Mazhari
Foto: AFP - JOE KLAMAR
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“¡Marg bar Diktator!”

Es algo perturbador: multitudes, los puños alzados, destrozando en sus marchas los símbolos de poder y represión, vociferando, coreando al unísono “¡Marg bar Diktator!” —muerte al dictador— y quemando las efigies en plazas públicas y callejones... Podría ser hoy. Pero es el Teherán de enero de 1979 y las imágenes en cuestión, arrancadas, arrastradas, rotas, pisoteadas o quemadas, son el rostro del último monarca, Mohammad Reza Pahlavi, Shah-in-Shah por la tradición de los antiguos reyes persas, Rey de Reyes.

Hoy, República Islámica de Irán, enero de 2026: el mismo coro “¡Marg bar Diktator! ¡Marg bar Diktator!”, los mismos puños, el pecho expuesto a la represalia mortífera, las efigies quemadas... pero el rostro es el de Alí Jamenei, “Guía Supremo”, sucesor del infame ayatolá Jomeini.

Las protestas iniciadas el 28 de diciembre se han mantenido a pesar del baño de sangre. Ya las últimas olas de protestas se iban sucediendo cada vez con mayor frecuencia e intensidad, alcanzando ahora todas las provincias, todo el país. Desde “Mujer, Vida, Libertad”, el lema que marcó la oposición al régimen tras el asesinato de Jina Mahsa Amini en 2022, no ha habido marcha atrás. Con cerca de 700 civiles asesinados, decenas de miles de prisioneros políticos y una afectación sin precedentes de los más jóvenes —la generación de Mahsa Amini—, la violencia estatal ejercida sepultó cualquier intención reformista de salvar el sistema. Llámese postislamismo, feminismo islámico u otras búsquedas alternativas, a estas alturas solamente parecen tapar el sol con un dedo, y la debacle económica que sacó a las calles a los bazaaríes propulsó un resurgir de la demanda por el cambio de régimen, revelando que el ayatolá está desnudo y el régimen totalmente colapsado.

El aparato represivo ya no puede contener a las masas, ¡no habrá más espacio en las cárceles! A esta hora, sin embargo, bajo un total apagón digital —mecanismo estatal para operar en la impunidad de las sombras— y con el corazón apretado por las matanzas en curso, las calles siguen desbordadas. “¡Estarán repletas las cárceles!”, dirán... ¡pero los muertos no ocupan mucho espacio! Y mientras arden literalmente estas calles, en medio de las incógnitas y las especulaciones de una eventual huida de Jamenei hacia Rusia, nos preguntamos: ¿cuánto puede aguantar esta agonía?

Tan cerca del final, llamemos la atención al eslogan monarquista de “La última batalla”, lanzado la semana pasada para convocar a los manifestantes. El anuncio completo reza así: “Esta es la última batalla. Pahlavi volverá”, y nos devuelve a las imágenes de Teherán en 1979... Si echamos una mirada a los acontecimientos con un zoom en las fechas, esto es lo que encontramos 47 años atrás:

El 16 de enero de 1979, acorralado por las multitudinarias manifestaciones que se cristalizarían luego en la “revolución islámica”, el sah de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, dejó el país rumbo a El Cairo para nunca volver. El ayatolá Ruhollah Jomeini viajó a Teherán el 1 de febrero, en el fatídico Boeing 747 procedente del aeropuerto Charles de Gaulle de París. El 11 de febrero proclamaron la victoria de una revolución que desembocaría en la actual República Islámica tras el referéndum del 30 y 31 de marzo. El hijo mayor del sah, actual Reza II, habría de cumplir sus 19 años en el exilio en Estados Unidos y no ha vuelto a pisar tierra patria.

Dice la leyenda que, ante el descalabro político interno, el abandono de sus aliados occidentales y la precariedad de su salud, el sah se llevó en su viaje un puñado de tierra natal. También dice la leyenda que evocó, sin embargo, su eventual regreso: “cuando la voluntad popular así lo pidiera”.

¿Es una cuenta regresiva el anuncio “Pahlavi volverá”? ¿Se está proyectando una especie de reversión histórica? ¿Llegará el hijo del sah, príncipe heredero de una dinastía destronada hace ya medio siglo? Nostálgica romantización del “todo tiempo pasado fue mejor”; trátese de un paralelo novelado o de un sentido literal, por pura sustracción de materia, dada la atomización de las diversas facciones de oposición política, con sus mayores representantes eliminados o encarcelados en el país, son las voces monarquistas de la diáspora las que tienen los medios y constituyen hoy el grupo con mayor visibilidad.

Es sobre el terreno, sin embargo, donde se dan las batallas finales, y esta visibilidad global no se refleja en aceptación interna. Inflada por la campaña mediática desarrollada en torno a la guerra israelo-americana “de los 12 días” contra la infraestructura nuclear iraní en junio pasado, quedó en primer plano la cercanía del príncipe heredero al trumpismo y a Netanyahu, vehiculando la preocupante asociación pública con lo peor de la corriente MAGA, traducida en el ofensivo lema: “Make Iran Great Again” (¡!).

Los iraníes siguen siendo persas y cargan en el baúl de su historia siglos de intervenciones extranjeras y campañas ávidas de sus riquezas; si hay algo que no pierden es la dignidad en la lucha por la libertad y la memoria. Y sin embargo, en este punto de inflexión histórica, los iraníes tienen claro que requieren el empujón externo para tumbar el castillo de naipes cimentado en el poder. Pero es un empujón que vienen pidiendo a gritos en cada una de las olas de protesta, sin implicar necesariamente ni invasión ni bombardeos. A gritos se ha pedido a la comunidad internacional no solamente pronunciamientos “de labios para afuera”, sino el aislamiento real de los ayatolás y su exclusión de las esferas diplomáticas. Lejos de ello, ora sí, ora no, siguen las negociaciones nucleares, los acuerdos bajo la mesa, los intercambios de prisioneros... ¿Trump quiere pasar ahora por héroe? Bien pueda. Le prestamos tapete rojo si así lo desea. Rojo sangre.

La premio Nobel de Paz Shirin Ebadi, víctima en carne propia del régimen y, no obstante, abierta opositora al intervencionismo unilateral americano, publicó junto a colegas abogados, periodistas y académicos defensores de derechos humanos una carta abierta al presidente de los Estados Unidos afirmando que “todas las vías para frenar la represión y salvar las vidas de nuestros compatriotas han llegado a un punto muerto (...) se requiere asistencia internacional para superar esta situación y, si en tres ocasiones ha afirmado que acudiría en ayuda del pueblo iraní (...) es el momento de actuar”.

Una transición legítima demandaría un empujón multilateral concertado, dos términos que parecieran hoy proscritos. Entre tantas imágenes demoledoras, circulaban en días pasados las de un joven franco-iraní vociferando, en medio de una marcha en París, contra la cobarde hipocresía de los estadistas de hoy: “Monsieur le Président (E. Macron), si usted no cierra la embajada del régimen terrorista de Teherán, nosotros la cerraremos a la fuerza. ¡Míreme, aquí! (...) Cortan internet y masacran a nuestro PUEBLO. ¿No lo entiende? ¡Cierre la embajada de los terroristas! ¡Cierre la embajada de los terroristas!”.

Las aglomeraciones en torno a fogatas de plaza pública transmiten el símbolo antiguo del pueblo persa: la veneración del fuego se remonta a los orígenes zoroastrianos, preislámicos; encarna la lucha de la luz contra la oscuridad, del bien contra el mal. En torno a ello, los más jóvenes están poniendo los muertos y, en la oscuridad del apagón cibernético, están apareciendo cientos de cuerpos inermes de una generación que, nacida bajo la dictadura teocrática, se sabe heredera de la grandeza persa de Ciro el Grande y se está entregando a los sueños milenarios de libertad.

Por Marty Mazhari

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