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Fui actriz infantil. Nadie merece ese destino

20 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

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MUNICH (Germany), 17/08/2026.- (FILE) – US actress Hayden Panettiere arrives for the presentation of the Golden Globe-winning series ‘Nashville’, at the Hotel Bayerischer Hof in Munich, Germany, 03 June 2013 (issued 17 August 2026). Hayden Panettiere passed away on 16 August aged 36, her father confirmed in a statement. The cause of her death has not been publicly released. (Alemania) EFE/EPA/INGA KJER
Foto: EFE - INGA KJER

No conocía a Hayden Panettiere muy bien que digamos. Nuestros caminos se cruzaron solo brevemente en un programa de televisión y aún más brevemente en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles en 2005 más o menos, justo antes de que trabajáramos juntas. Recuerdo haberle asentido con la cabeza y saludarla en una tienda de revistas. No sabría decir exactamente si era del trabajo o de la vida. Viajaba con quien parecía ser un tutor. A sus 15 años más o menos, no era ni niña ni adulta. La reconocí en el aplomo, en esa vaguedad de te-conozco-de-algún-lado, en las formas que nos hacían especiales y a la vez no. Ella me devolvió el asentimiento y la sonrisa, pero yo no sabía si solo estaba siendo educada o si nos veía como nosotras a ella, como colegas actrices infantiles.

Puede que hayamos trabajado en distintos sets, para distintos directores, en distintas épocas, pero todas llevamos las mismas heridas reconocibles. Por muy buenas que lleguen a ser las salvaguardias sindicales, por mucha vigilancia que haya sobre el comportamiento de acoso y manipulación (grooming), nada de eso cambiará el hecho de que actuar desde tan jóvenes nos despoja de nuestra infancia y nos deja a solas con las consecuencias. Los detalles específicos pueden cambiar, pero el ciclo poco ético en el que estamos atrapadas, no. Al menos no hasta que la industria, el público y la cultura reconozcan que todos participamos en algo extractivo, explotador y no consensuado, y hagan algo al respecto.

Hace casi 100 años, Estados Unidos prohibió en gran medida el trabajo infantil. Ya no toleraríamos que los niños pequeños trabajaran largas horas en fábricas; acordamos que los niños debían estar en la escuela. Lo que viví de niña me demostró que las leyes que supuestamente me protegían eran menos importantes que la necesidad de terminar una jornada de rodaje. A los 11 años, empecé a actuar en películas para televisión en Toronto. Muchas de las experiencias fueron mágicas, como cantar con Naomi Judd o sentarme en el remolque de Sissy Spacek mientras ella tocaba la guitarra.

Pero los bajos presupuestos significaban que el tiempo era corto. Por lo general, los rodajes duraban solo de cuatro a seis semanas, y cada segundo contaba. Yo estaba rodeada de adultos, y las expectativas seguían siendo las de un set de filmación, donde el espectáculo debe continuar, sea un actor infantil o no.

En un trabajo que hice cuando tenía 12 años, cumplía jornadas de 12 horas y aprendí lo que significaba “trabajar por debajo de la mesa”. En los días en que estaba tan enferma que apenas me podía mantener en pie, me instalaban un catre fuera de cámara donde podía desplomarme entre toma y toma. Decir “no” podía significar que me tacharan de difícil para trabajar y la posibilidad de no volver a ser contratada.

Las cualidades que hacen que la mayoría de los artistas infantiles tengan éxito son las mismas que nos dejan vulnerables a la explotación: el deseo de complacer, el deseo de recibir atención positiva y, sobre todo, el deseo de que nos consideren más maduros de lo que somos. Somos demasiado jóvenes para entender que los adultos a nuestro alrededor eran amables con nosotros en parte solo para terminar un trabajo, lograr la escena, vender una película; que uno de los momentos más formativos de nuestra joven vida era solo un parpadeo de seis semanas en sus largas carreras. Nuestro anhelo por una madurez que aún no tenemos a menudo significa que nos dejan tomar demasiadas decisiones a nosotros.

En mi caso, la primera decisión fue insistir en que quería actuar. Me encantaba fingir ser otra persona y que me pusieran en situaciones tensas como si fuera alguien más. Había una sensación maravillosa en el set de que alguien te decía dónde pararte y qué decir, y todos quedaban profundamente impresionados por algo que me resultaba bastante fácil.

Entonces me decía a mí misma que era lo bastante adulta para enfrentar la presión. Creía que podía manejar el rechazo constante, la cosificación, el golpe al ego de que en la adolescencia me asignaran continuamente papeles de personajes secundarios poco atractivos (una se llamaba Chuckette, un juego de palabras en inglés relacionado con “vomitar”). Mi familia me apoyaba: mi mamá viajaba como mi tutora, y mi papá y mi hermana me animaban. Contaba con la protección de un sindicato. Treinta años después, sigo debatiendo con la ética de ser tratada como si hubiera tenido edad suficiente para consentir todo eso por mí misma.

Pero yo no tomaba todas las decisiones. En una etapa en que se supone que los niños estamos forjando nuestra propia identidad, a los actores infantiles nos la eligen los agentes, los directores de casting y el público. Nos quedamos encasillados como la atractiva, el nerdo, la oveja negra, la ingénua adorable. Es difícil, si no imposible, desarrollar un sentido del yo independiente cuando lo que se siente como el mundo entero te ridiculiza por desviarte de tu estereotipo y te llena de elogios cuando te adaptas a él. Para los complacientes profesionales que somos, ¿por qué no le daríamos a la gente lo que quiere?

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A menudo pienso en las partes de mi infancia que perdí, en las horas pasadas conduciendo hacia las audiciones y aprendiendo diálogos después de clases, en las veces que dejé de lado amigos, vacaciones y clases sin pensarlo dos veces por un trabajo. Yo era una inadaptada en la escuela porque me perdía muchísimo y, cuando estaba en el set, también interpretaba a inadaptadas. Por consiguiente, me costaba imaginar un lugar para mí en el mundo donde no fuera una inadaptada o una marginada.

También pienso en cómo trataban mi cuerpo como si fuera mercancía. No podía cortarme ni teñirme el cabello sin permiso. No podía subir de peso o tener granos sin que lo notaran no solo quienes me rodeaban, sino también los que estaban muy lejos en los edificios de oficinas del estudio. En muchos sentidos, me alegra haber evitado la sexualización que experimentaron tantos de mis compañeros, pero no pude librarme de que los miembros del equipo —hombres adultos— me preguntaran si tenía novio.

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Principalmente, me detengo en algo más difícil de entender: ¿cómo moldeó mi psique pasar gran parte de mi infancia viviendo en un mundo de fantasía, donde pasaban cosas malas de mentira, con adultos que también fingían?

No sé del todo la respuesta a eso. Pero sí sé lo que ocurre cuando los niños no tienen infancia: por lo general, tenemos dificultades cuando llegamos a la adultez. Con el abuso de sustancias, con los trastornos alimentarios, con las enfermedades mentales. Con familias disfuncionales, con un sentido del yo atrofiado, con la autolesión en diversas formas. Como adultos, a menudo no sabemos conducir un auto o pagar una cuenta, pero tampoco podemos soportar la idea de que nuestras carreras actorales y nuestro valor personal podrían haber alcanzado su punto máximo cuando éramos preadolescentes.

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Creo que todos sabemos ya, tras la infinidad de memorias y documentales y el replanteamiento público del trato dado a tantas jóvenes estrellas en la década de 2000, que cada uno de nosotros es en cierto modo culpable cuando una antigua estrella infantil se autodestruye o desaparece. Pero no hemos prohibido a los actores infantiles ni promulgado protecciones laborales lo suficientemente estrictas. Seguimos comprando revistas sensacionalistas y haciendo clic en titulares sobre estancias en rehabilitación y cargos por conducir en estado de ebriedad, sobredosis y muertes demasiado prematuras.

Lo aceptamos todo, en nombre del comercio y el arte. Las razones comerciales son indefendibles. No debería haber debate alguno sobre que una industria que se beneficia del trabajo infantil debe ser regulada, ya sea mediante la ley o a través de los sólidos sindicatos de nuestra industria.

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Hay algunos puntos de partida evidentes para empezar a hacer cambios. Los médicos deben evaluar minuciosamente a los actores infantiles durante los exámenes físicos del seguro. Los directores y los miembros del equipo técnico deben denunciar siempre si un niño parece inseguro con un padre o cuidador, y estar protegidos contra represalias cuando lo hagan. La industria debería sentirse cómoda con desechar días o semanas enteras de rodaje si un menor no está dispuesto a realizar una escena de riesgo o una determinada toma, o si simplemente necesita dormir más y tomarse un día libre. Las producciones enteras deberían detenerse si parece que la seguridad (mental o de otro tipo) de un niño está en riesgo.

Incluso con este tipo de salvaguardias en vigor, nadie que yo conozca con experiencia infantil en la industria dejaría que sus hijos actuaran profesionalmente hasta ser adultos, lo cual dice mucho de los peligros de la fama temprana. Sé que ninguna clase de advertencia evitará que los padres obliguen a sus hijos a entrar en la industria ni que el público desarrolle una extraña sensación de posesión sobre sus vidas. Así que, ¿cómo podemos proteger a los niños que no están protegidos?

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Necesitamos algo más que un cambio en la industria o un sindicato más fuerte. Necesitamos un cambio cultural. Todos los espectadores que han lamentado cómo ha resultado la vida de algún ídolo adolescente de antaño o de su estrella favorita de Disney deberían preguntarse: ¿Realmente vale una obra de arte —incluso la mejor— el futuro de un niño? Mi respuesta, después de todo, es que probablemente no.

Los mejores narradores deberían encontrar la manera de capturar el mundo en el que vivimos sin actores infantiles, por el bien de todos nosotros. Hace poco vi las dos versiones modernas de Mujercitas con mi hija, que ahora tiene casi la edad que yo tenía cuando empecé a trabajar como profesional. En la que crecí viendo y volviendo a ver, una Kirsten Dunst de 12 años interpreta a Amy de pequeña, y Samantha Mathis asume el papel de adulta.

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Pero en la película de Greta Gerwig, Florence Pugh interpreta a Amy desde la infancia hasta la primera juventud. Al principio resultaba discordante creer que esta mujer fuera una niña, pero la película confiaba en que el público sería capaz de hacer a un lado la edad literal de una actriz para creer en la historia que se contaba. Fue una solución elegante para plasmar una entrañable novela sobre el paso a la adultez que no necesitaba a alguien que estuviera pasando por su propia transición a la adultez.

Si solo fuera cine, creo que el cambio sería posible, pero no sé qué tan relevante será proteger a los jóvenes actores de nuestra industria dentro de diez años o incluso cinco. El público más joven obtiene gran parte de sus horas de entretenimiento de YouTube, donde el sustento de los jóvenes streamers y creadores depende de las mismas relaciones parasociales que a mí me parecen tan dañinas. Estos niños actúan como versiones elevadas de sí mismos, relacionándose con los demás a través de secciones de comentarios y transmisiones en vivo. No tienen ninguna protección sindical en lo absoluto y sienten un tipo diferente de presión para interpretar su niñez de la que yo jamás conoceré.

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Ahora trabajo con actores infantiles, interpretando a la mamá. Les digo a sus padres que la carrera en mi niñez me resultó difícil de sobrellevar, que probablemente deberían sacar a sus hijos de la industria y en lugar de eso dedicarse a buscar un buen departamento de teatro escolar. Con los niños, me mantengo amigable pero distante, para que me recuerden con cariño pero, con suerte, no me echen de menos una vez terminado el trabajo. Hago lo que puedo, y sigue sin ser realmente suficiente.

Espero que estén bien. Que una breve aparición en una película o en un programa de televisión sea simplemente una anécdota que algún día cuenten a sus nietos, una rareza en lo que se convierta en una vida por lo demás normal. Pero sobre todo, solo espero que lleguen a los 30.

(c) The New York Times

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