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La arenera

Columnista invitada y Juanita Uribe Cala

06 de marzo de 2026 - 01:06 p. m.

La inclusión sin estructura no genera equidad; genera fricción y caos.

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Imaginemos una arenera en la que durante años solo unos pocos niños podían jugar. Había carritos, palas y baldes, pero no todos tenían acceso a ellos. Muchos observaban desde afuera, no por falta de interés o talento, sino porque el juego parecía tener dueños.

Así funcionó Colombia durante décadas: un sistema en el que la posibilidad de participar, progresar o decidir parecía definida desde antes de empezar. No necesariamente porque faltaran capacidades, sino porque el acceso al juego estaba restringido. Y esto no es solo una impresión. A lo largo de los últimos años, hemos escuchado de manera estructurada cómo las personas narran su experiencia con el poder, el progreso y la exclusión. Al analizar cientos de esas historias en conjunto, emerge un patrón consistente: lo que más bloquea el avance no es la falta de talento, sino la sensación de que el juego está definido desde antes de empezar.

En ese contexto, llegó un momento de quiebre. En 2022, el presidente Gustavo Petro decidió abrir la arenera y permitir que participaran quienes durante años habían estado al margen del juego. Ese gesto respondió a una demanda legítima de inclusión, pero no resolvió el problema de fondo: cómo organizar el nuevo espacio para que la apertura se traduzca en convivencia y oportunidades reales.

El problema no fue abrir el juego, sino asumir que la apertura por sí sola bastaba.

La inclusión sin estructura no genera equidad; genera fricción.

Abrir la arenera sin establecer nuevas reglas, sin ampliar los recursos disponibles y sin organizar el uso del espacio produjo un resultado predecible: desorden. No una justicia automática, sino tensiones nuevas. Lo que debía ser una ampliación del juego terminó, en muchos casos, por deteriorar las condiciones para jugar.

Sin embargo, sería un error concluir que la solución es volver al esquema anterior. Cerrar la arenera no resuelve el problema original: había demasiados ciudadanos que sentían que nunca habían tenido oportunidad de participar.

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Hoy el debate político parece atrapado entre dos impulsos opuestos: quienes quieren cerrar nuevamente la arenera para recuperar el orden, y quienes temen que hacerlo signifique volver a excluir a quienes apenas lograron entrar.

Esa tensión no es abstracta. Se refleja en la percepción del país.

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Una encuesta publicada la semana pasada muestra que el 48 % de los colombianos percibe un cambio positivo durante el actual gobierno. Sin embargo, en esa misma medición, el 53 % considera que el país está cerca de volver a la violencia vivida en el pasado, el 70,6 % cree que el Estado ha perdido el control territorial y el 55,4 % piensa que la política de Paz Total va por mal camino.

Es decir: muchos reconocen que algo cambió, aunque no necesariamente que las cosas funcionen mejor.

Lo que parece haberse movido no es el desempeño del sistema, sino quién puede jugar en él.

Y con ese cambio ha comenzado a hacerse visible una Colombia que antes no participaba: nuevas voces, nuevas aspiraciones y nuevas capacidades que, aunque aún desorganizadas, amplían las posibilidades del país.

Hacer visible no es lo mismo que saber organizar.

Quienes se inclinan por opciones de izquierda lo hacen, en buena medida, porque temen que un regreso de la derecha vuelva a cerrar el juego y excluya nuevamente a quienes apenas lograron entrar. Por su parte, quienes prefieren opciones de derecha temen que continúe el desorden y el tono de resentimiento que han marcado los últimos años.

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Ambos temores podrían estar bien fundados.

Sin embargo, el país no se reconoce plenamente en ninguna de esas opciones. Los datos indican que cerca del 40 % considera que el país debería tomar otra dirección: ni continuar con el rumbo actual ni regresar al anterior.

Ese dato sugiere que existe una demanda por una alternativa que combine inclusión y organización.

El error del debate público ha sido presentar la elección como si solo existieran dos caminos: el orden que excluye o la apertura que desordena.

Pero ambas opciones parten de la misma premisa: que el espacio es limitado y que, si unos entran, otros deben salir.

Es una mentalidad de suma-cero.

La inclusión sin reglas y el orden excluyente son respuestas distintas a una misma mentalidad de escasez: la idea de que el espacio es fijo y que, si unos entran, otros deben salir.

Pero el mundo no funciona así.

Durante siglos pensamos que la riqueza era un bien limitado, respaldado por lingotes de oro o por papel físico. Hoy, gran parte del dinero que mueve la economía global es simplemente datos: unos y ceros que circulan por canales digitales. El valor ya no depende únicamente de repartir recursos existentes, sino de crear nuevos flujos de participación.

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La economía digital tiene una capacidad que la economía industrial no tenía: crear valor al incluir, no solo al producir. El problema no es que entren más niños a la arenera. Es creer que el espacio no puede expandirse.

La alternativa no es escoger entre el desorden y la exclusión.

Es diseñar un juego más grande.

Eso implica reconocer que la inclusión sin estructura produce caos, pero que la estructura sin inclusión produce resentimiento.

Colombia no necesita más líderes que prometan expulsar a unos para dar espacio a otros. Esa es una visión pequeña y mezquina. Necesita a quienes entiendan que el verdadero reto no es dominar la arenera, sino hacerla viable: ampliarla sin destruirla, ordenarla sin cerrarla y diseñar reglas que no excluyan.

El liderazgo que el país necesita no es el que abrió el juego ni el que quiere volver a cerrarlo, sino el que se atreve a organizar el espacio y construir —con paciencia, empatía, juicio y buena letra— una arenera en la que quepamos todos.

Colombia no está esperando salvadores; está esperando a quien se atreva a liderar así.

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Por Juanita Uribe Cala

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