El bloqueo naval de Venezuela impuesto por el presidente estadounidense, Donald Trump, la reciente captura del presidente Nicolás Maduro por parte de su administración y los esfuerzos de Trump por controlar las reservas petroleras del país son el tipo de medidas unilaterales agresivas que suelen acaparar titulares. Presentada por Trump como una versión moderna de la Doctrina Monroe, la llamada Doctrina Donroe evoca un manual imperial del siglo XIX centrado en asegurar territorio, eliminar adversarios desestabilizadores y apoderarse de los recursos naturales.
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Todo ello da lugar a un espectáculo televisivo dramático, pero es posible que se esté desarrollando fuera de cámara un cambio potencialmente más trascendental en la política exterior estadounidense. En las últimas semanas, el Departamento de Estado ha delineado un marco para una alianza multinacional diseñada para asegurar toda la cadena de valor de la economía de la IA. Mientras que la intervención estadounidense en Venezuela busca resolver una crisis geopolítica que lleva décadas gestándose, el proyecto “Pax Silica” tiene como objetivo construir la arquitectura industrial necesaria para hacer frente a crisis futuras.
Estos objetivos contradictorios revelan una tensión fundamental en la agenda de política exterior del gobierno. En esencia, la intervención en Venezuela es una operación militar encubierta en el lenguaje de la seguridad energética. Si bien derrocar a un régimen fuertemente involucrado en el narcotráfico y abierto a la influencia iraní y rusa aborda una fuente genuina de inestabilidad regional, y aliviar el sufrimiento del pueblo venezolano es un objetivo loable, la defensa pública del gobierno se ha centrado abrumadoramente en el petróleo.
Sin embargo, el petróleo venezolano es, en última instancia, un activo en dificultades. El sector está tecnológicamente obsoleto, requiere un uso intensivo de capital y abastece a un mercado global que ya está bien abastecido. Incluso si se pudiera restablecer y controlar estrictamente la producción, la recompensa -más petróleo- ofrece una ventaja estratégica limitada para Estados Unidos, que ya cuenta con abundantes reservas. Al mismo tiempo, la carga de la reconstrucción recaería, en gran medida, sobre los hombros de Estados Unidos.
Pax Silica, por el contrario, refleja un reconocimiento cada vez mayor de que el dominio energético ya no se limita a la extracción de hidrocarburos, sino también a la conversión de energía y materias primas en potencia computacional. Anunciada con relativa discreción, la alianza —que inicialmente incluía a Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Países Bajos, Reino Unido, Australia, Israel y Singapur— busca asegurar todos los eslabones de la cadena de suministro de la IA, desde la extracción de minerales hasta la fabricación avanzada y la logística de los centros de datos. La reciente adhesión de los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, junto con la probable entrada de India, subraya el impulso que hay detrás de esta alianza de suma positiva.
A diferencia de la unilateralista Doctrina Donroe, Pax Silica funciona como un club de compradores: distribuye el riesgo, desarrolla capacidad y vincula a los países mediante ventajas comparativas. De este modo, refleja las estrategias industriales de integración vertical que impulsaron el auge de China como coloso manufacturero.
Durante años, la volatilidad de los precios de las materias primas y la incertidumbre de la demanda han sustentado la reticencia de los mercados de capitales occidentales a financiar proyectos mineros upstream. Pax Silica pretende superar esta limitación conectando directamente la oferta y la demanda, vinculando las minas de litio australianas con las fábricas de baterías surcoreanas y las empresas de litografía holandesas. Al ofrecer una línea de visión clara desde el pozo de la mina hasta el rack de servidores, la alianza reduce la incertidumbre y les garantiza a los inversores que los recursos upstream tienen un destino final asegurado. Fundamentalmente, considera la energía no como un fin en sí mismo, sino como un insumo clave necesario para impulsar las cadenas de suministro y ampliar la capacidad informática.
Este enfoque supone un cambio radical con respecto a la creencia neoliberal de larga data de que solo los mercados eficientes pueden brindar seguridad estratégica. En cambio, Pax Silica se basa en la premisa de que competir con las economías dirigidas por el estado requiere una coordinación activa entre fronteras e industrias.
Sin embargo, para que la alianza tenga éxito, esa visión debe ir acompañada del mismo nivel de compromiso político y entusiasmo (sin las tácticas militares y coercitivas) que el gobierno ha demostrado en su intervención en Venezuela, más accesible a la prensa. En la práctica, esto requeriría avances en tres frentes.
El primero es el capital. Estados Unidos y sus socios deben demostrar que el proyecto Pax Silica está respaldado por inversiones reales, y no solo por iniciativas nacionales paralelas. La financiación pública y privada a gran escala debe reflejar una visión estratégica compartida y ser capaz de acelerar el desarrollo de proyectos, expandir los mercados y fomentar el comercio.
En segundo lugar, la alianza debe seguir expandiéndose para cerrar las brechas de capacidad persistentes. Si bien sus miembros actuales cuentan con importantes recursos financieros y una capacidad de fabricación avanzada, carecen de ciertos insumos materiales críticos y de suficiente mano de obra. La exclusión de Canadá, a pesar de su riqueza mineral y su profunda integración con la base industrial de defensa de Estados Unidos, constituye un grave descuido estratégico que debe abordarse antes de que Canadá fortalezca sus lazos estratégicos con China, como sugiere el reciente acuerdo comercial bilateral entre ambos países.
Hay señales alentadoras de que la expansión ya está en marcha. El nuevo acuerdo comercial entre Estados Unidos y Taiwán, en particular, ofrece una vía para integrar la experiencia indispensable de Taiwán en procesos de fabricación. Sin ella, la alianza puede diseñar semiconductores y construir máquinas, pero no puede producir de forma fiable y a gran escala los chips avanzados que sustentan la economía global de hoy. La incorporación de Vietnam e India supondría un nuevo desafío para el monopolio de China sobre los imanes permanentes de tierras raras, al mismo tiempo que proporcionaría la mano de obra industrial calificada que hace falta para escalar la producción.
El tercer requisito es una implementación eficaz. La creación de una cadena de suministro de IA es inútil si los competidores subvencionados por el estado pueden inundar el mercado y llevar a los nuevos participantes a la insolvencia. Para evitar que los productores nacionales sean arrasados por el dumping a precios inferiores a los costos, se necesitan herramientas comerciales coordinadas, precios mínimos estratégicos y otros acuerdos flexibles destinados a contrarrestar la fijación de precios predatorios.
La Doctrina Donroe y Pax Silica persiguen objetivos muy diferentes. En Venezuela, Estados Unidos ha ejercido su poderío geopolítico para reducir la influencia de actores externos en el hemisferio occidental. Pax Silica, por su parte, tiene un alcance global y representa una inversión estratégica en los futuros motores de crecimiento e innovación.
En última instancia, destinar recursos energéticos a la IA y a la manufactura avanzada ofrece una base mucho más duradera para la influencia global que controlar las reservas de petróleo, cuyo valor a largo plazo es, en el mejor de los casos, cuestionable. Con su intervención en Venezuela, la administración Trump ha demostrado su voluntad de consolidar el poder de Estados Unidos en América Latina y el Caribe. Sin embargo, sigue siendo una incógnita si podrá reunir las habilidades diplomáticas y económicas necesarias para dar forma a la economía del futuro.
* Sarah Ladislaw fue directora sénior de clima y energía del Consejo de Seguridad Nacional (2023-24) de los Estados Unidos y es directora fundadora del New Energy Industrial Strategy Center.
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