Las mujeres indígenas en el levantamiento popular de Ecuador: dignidad y resistencia

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Columnista invitada
18 de octubre de 2019 - 11:03 p. m.
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Por:

Luz Angela Gómez Jutinico Docente, investigadora de la Universidad Libre. Colombia.

Adriana Rodríguez Caguana Docente, investigadora de la Universidad Andina Simon Bolivar. Ecuador.

Ante la crisis que generó el “paquetazo” de medidas económicas decretadas por el presidente Lenín Moreno (Decreto 883), que contemplaban desde la eliminación del subsidio de hidrocarburos hasta la regresión de derechos laborales de trabajadores del sector público, la movilización social no se hizo esperar. Se tomaron varias ciudades del país -especialmente la capital (Quito)- los pueblos indígenas, los campesinos, los sectores medios y populares, los estudiantes, los trabajadores, las mujeres y las feministas. Todas y todos salieron a las calles a hacer efectivo su derecho fundamental a la resistencia, que tiene clara su conquista, y que puso a temblar al actual gobierno, puesto que este tipo de movimientos ha derrocado a tres presidentes en los últimos 25 años. Sin embargo, la consigna general de este levantamiento no era el derrocamiento, sino la derogación del decreto 883.

Es imposible no observar el liderazgo y la lucha de las mujeres dentro del movimiento indígena ecuatoriano. Mujeres de todas partes de Ecuador llegaron a Quito el 7 de octubre con sus hijes. Las imágenes son plurales, se observaron mujeres indígenas dirigiendo y pensando la estrategia del movimiento, dirgentas indígenas al frente de las marchas, estudiantes asistiendo heridos, mujeres entregando ayudas, profesoras informando desde medios alternativos, mujeres médicas y enfermeras socorriendo junto a sus compañeros a los heridos en lo que fue realmente un campo de batalla en Quito. Uniformados con “armadura” frente a la gente más pobre del país que se defendía con cartones y piedras de la calle. Una resistencia paritaria, con frentes de mujeres firmes y valientes ante la brutal represión, paradójicamente liderada por otra mujer, la ministra de gobierno (las minúsculas son a propósito), María Paula Romo. La violencia patriarcal algunas veces adopta la figura femenina para despistar, pero sigue ahí, intacta y brutal como siempre.

Las mujeres indígenas se tomaron el Ágora de la casa de la cultura en Quito en campamentos pacíficos para cuidar a los niños u niñas que llegaron cargados del pecho o la espalda de las madres. Desde allí se dirigieron a sus compañeras y compañeros, propusieron medidas para orientar el paro nacional, exigieron los derechos de su pueblo, defendieron sus territorios. El parque del Arbolito y el Ágora de la Casa de la Cultura fueron el lugar de concentración y de descanso, en el que había incluso una guardería y una brigada médica. Sin embargo, fue bombardeado por gases lacrimógenos indiscriminadamente. Las múltiples imágenes y videos que se difunden en las redes sociales de mujeres haciéndole frente a los gases lacrimógenos, las posicionan también como las protagonistas de una lucha justa y social.

Las mujeres indígenas, junto a las feministas de la ciudad autoconvocadas, lideraron una gran marcha pacifista, en la que se pedían el no asesinato de sus compañeros, la salida de su país del FMI, y la derogatoria del decreto 883.  Saben, con toda claridad, que las medidas tomadas por Moreno favorecen a empresarios y élites en Ecuador, que en los días de crisis demostraron su posicionamiento racista. Las mujeres indígenas, de todas las edades, fueron las primeras en alistarse en las marchas, con sus mejores trajes, con sus hijes en la espalda y con toda su dignidad a flor de piel, salían a reclamar lo que saben les corresponde, los derechos colectivos de todes, porque la lucha para ellas no es individual, siempre es comunitaria y por fuera del sujeto biológicamente denominado mujer. Desde el primer levantamiento indígena del Ecuador en 1990, la consigna “Nada solo para los indígenas” sigue hoy vigente, casi 30 años después. En la marcha resonaba un nuevo canto con la voz aguda de las compañeras “A la lucha compañeras, a la lucha y la unión, que nosotras somos muchas y uno solo es el patrón”.

Muchas reflexiones nos dejan las mujeres indígenas del Ecuador, entre ellas que el feminismo solo tiene sentido en la práctica política y comunitaria. Salían, luchaban sin dejar de cuidar. Esto las caracterizó durante los doce días del paro nacional. Caminaban y corrían huyendo del gas lacrimógeno y de las medidas represivas. Se tomaron el espacio público, para hablar, para guiar, para reclamar, para despedir a sus compañeros caídos, para cantar, para llorar. Hasta la actualidad no se tienen los datos exactos sobre las víctimas, pero ellas no necesitan datos estadísticos para conocer la verdad, por eso en la mesa de diálogo Miriam Cisneros, dirigenta del pueblo de Sarayaku, con la valentía e inteligencia de las mujeres amazónicas recalcó: “Me duele en el alma cuando nuestros pequeños han tenido que entregar sus vidas ahogándose con bombas lacrimógenas. Han muertos nuestros hermanos, eso quiere decir que nuestro presidente nos manda a atacar con hombres armados, cuando nosotros hemos venido con una lucha pacífica señor presidente ¿Qué es lo que está pasando en un Estado Plurinacional?”.

Sus reclamos y análisis superan las nociones occidentales del feminismo, sus prácticas, siempre comunitarias, identifican relaciones indivisibles de territorio-cuerpo como un lugar en el que enuncian su práctica corporal y política. Práctica rebelde asociada a la liberación de su pueblo. A su vez, cuando caminan con sus vestidos llenos de significado cultural y tradición dejan clara la interrelación con la memoria que buscan mantener, recuperar, sanar y liberar. Ellas también representan al territorio-tierra que está expuesto a la expropiación y la violencia.

Ellas han estado al frente en la reivindicación de la tierra, de las lenguas, de la educación contra el despliegue del modelo de desarrollo económico neocolonial extractivista, que objetiviza y explota la naturaleza, que impone medidas en contra de los vulnerables, que pisotea los derechos sociales; derechos que han conseguido históricamente a punta de dolor y muerte. Ellas no solo salen a luchar por el reconocimiento de su ser mujer, salen y luchan por cada ciudadana y ciudadano. Desde el primer levantamiento indígena del Ecuador en 1990, la consigna “Nada solo para los indígenas” sigue hoy vigente, casi 30 años después.

Ellas se plantean una visión de la defensa de los derechos, que difícilmente se puede comprender a partir del enfoque individualista de muchos de los feminismos occidentales, que sustrae al sujeto de la comunidad y del territorio, perdiendo la mirada del sujeto en su corporalidad extensa y que no corresponde al cuerpo mujer exclusivamente, sino a una memoria de resistencia anticolonial. Por eso, cuando Blanca Chancoso, dirigente histórica del movimiento indígena ecuatoriano, prende una vela en la marcha de las mujeres y dice que representa al útero de las mujeres que quieren apagar, recuerda con su luz que ellas seguirán pariendo los hijes de la resistencia.

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