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“Esta guerra ha sido una bendición para nosotros”. Bien podrían decirlas hoy los guardianes de la República Islámica, pero fueron palabras del ayatolá Jomeini en plena guerra Irán-Irak, y las trajo a colación la célebre escritora Azar Nafisi en reciente entrevista con Gavin Lee sobre la situación actual.
Para nadie es un secreto la receta bélica que rescata a tiranos decaídos o atornilla las autocracias nacientes, como cuando la recién constituida República Islámica encontró en la incursión iraquí del 22 de septiembre 1980 el factor “enemigo externo” ideal, la oportunidad para los islamistas de consolidar la radicalización de sus nuevas instituciones ahogando las protestas, o como hoy igualmente se iza sobre los cadáveres el régimen, decadente, ideológicamente derrotado, que encuentra, sin embargo, no solo un nuevo respiro, sino su cuarto de hora versión siglo XXI.
Las protestas masivas del 78 e inicios del 79 habían provocado la caída de la monarquía, plasmada en la huida, el 16 de enero de 1979, del sha Mohammad Reza Pahlavi. Semejante salida del “Rey de Reyes” amerita una atención que no podemos prestar en este preciso momento, pero sí debemos subrayar que no fue sin antes haber recibido un empujón al vacío del americano Jimmy Carter, el francés Giscard d’Estaing, el alemán Helmut Schmidt y el inglés James Callaghan, reunidos en Guadalupe los días 4 a 7 de enero. Luego, el giro determinante de lo que vendría a llamarse “República Islámica” fue entregado “en bandeja de plata” en Boeing 747–100 París-Teherán, de Air France, que llevó de vuelta al ayatolá Jomeini, el fatídico 1º de febrero, 15 años después de su expulsión de Irán.
El terror no tardó en reemplazar al júbilo. Y fueron las mujeres las primeras en percatarse e inundar las calles, el 8 de marzo, para manifestar contra los primeros decretos de obligatoriedad del velo islámico y denunciar el robo de aquella gesta, que se había querido libertaria. Los islamistas más radicales se quedaron con la revolución y desataron una persecución feroz, contra el círculo realista primero, rápidamente extendida luego a todo el mosaico revolucionario de nacionalistas, liberales o marxistas, movilizados contra el nuevo rumbo totalitario. ¿Qué es una revolución islámica?, titularía ya en 1982 el pensador Darius Shayegan, resaltando las incongruencias y tensiones entre tradición y modernidad, y la politización e ideologización de la espiritualidad que había seducido a tantos. La discordancia reside en el concepto mismo de Revolución Islámica y el Velayat-e Faqih, el gobierno del jurista (entiéndase aquí la omnipotencia del guía supremo), que resultaba irreconciliable con los ideales democráticos de una lucha por la soberanía popular.
Por ello, de vuelta ahora a la guerra “bendita” del ayatolá Jomeini, entendemos de qué manera se atornilló el sistema a sangre y fuego: la guerra de Irán e Irak (1980-1988), convalidada por EE. UU., habría de medirse tanto en el millón de muertos entre ambos bandos, como en el derrumbe moral de todo un pueblo étnica y políticamente abigarrado, pero unido en torno a un estandarte de libertad que fue ahogado en la sangre; una generación de mártires, sacrificada en la guerra externa, mientras la interna aniquilaba la disidencia en los pelotones de fusilamiento. Esta presión sobre la población iraní, política de represión interna redoblada del fuego enemigo, se convirtió en la mejor aliada de una política de Estado de vigilancia y control que se selló con una masacre ejemplarizante de prisioneros políticos en 1988, que marcaría el destino del país.
@mimimazhari
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