Cuando era más joven, fui la única mujer en espacios de tecnología. En la universidad éramos pocas. En el trabajo, también. Puede parecer que eso ya cambió, pero sigue siendo evidente que no es un camino que muchas niñas vean como propio desde el inicio.
Al parecer, no pertenecemos. La mayoría de nosotras tenemos familiares o docentes involucrados en el sector, pero son hombres, miembros de otra realidad.
Una niña construye lo que cree posible a partir de lo que ve cerca. Si no ve mujeres en tecnología, en ciberseguridad, en roles operativos o de liderazgo técnico, con un casco puesto o en una investigación activa, ese camino simplemente no parece como una opción. No porque no le interese, sino porque no está en su mapa, como si fuera otra realidad.
A mí me pasó algo similar. Entré a este mundo porque me llamaba la atención hacer algo distinto, algo que no fuera lo esperado. Pero ya estando ahí, el reto cambió hacia entender si realmente pertenecía.
Durante mucho tiempo sentí que tenía que adaptarme, cambiar mi manera de hablar, comportarme de forma ajena a lo que soy e incluso pensar distinto para encajar en un entorno que no estaba diseñado para una mujer. Con el tiempo entendí que ese era un error; no se trataba de encajar, sino de aportar desde lo que eres.
Y cada vez que encontré una mujer en uno de estos roles me ayudó a reafirmar que sí iba por el camino correcto desde lo que soy. En ese momento descubrí algo clave, lo que muchas veces se percibe como “diferente” en las mujeres es, en realidad, una ventaja.
La empatía, por ejemplo, no es una habilidad blanda desapercibida y menos en un entorno como en el de la ciberseguridad, donde las decisiones deben tomarse con rapidez y con información incompleta. Allí es donde entender a tu equipo, generar confianza y comunicar con claridad marca la diferencia.
Pero estas habilidades no se desarrollan si, desde el inicio, te enseñan a dudar de ellas o de tu criterio.
Algo que cambiaría en cómo estamos formando a niñas interesadas en tecnología es justamente eso: enseñarles a cuestionar más y a confiar más en sus propias decisiones. Muchas veces tienen la respuesta, pero buscan validación antes de decirla; y en ese proceso, pierden espacio.
También es importante dejar de reforzar la idea de que para entrar a este mundo hay que saberlo todo. Eso no es cierto, de hecho, nadie lo sabe todo. La tecnología cambia todos los días y lo que realmente importa no es cuánto sabes hoy, sino qué tan rápido puedes aprender, adaptarte y trabajar con otros. Porque, si algo he aprendido, es que este no es un trabajo individual, sino indiscutiblemente en equipo.
En un SOC (Security Operations Center), por ejemplo, operamos 24/7. Las decisiones no las toma una sola persona, se construyen entre varias. Y ahí es donde la confianza, la comunicación y la curiosidad se vuelven clave. Las mejores personas que he visto en este campo no son las que más saben, sino las que más preguntan, las que más investigan y las que más comparten.
Por eso, cuando hablamos de impulsar a más niñas en STEM, debemos ir más allá de la idea de abrir espacios y enfocarnos en hacer visibles los caminos, mostrar que sí hay mujeres ahí, que sí se puede y que no hay una sola forma de hacerlo. Estamos ahí para acompañarlas y convertirnos en referentes cercanos, que puedan ver a alguien y pensar: “Yo también puedo llegar ahí”.
Porque, al final, el cambio no empieza cuando una niña elige estudiar tecnología; empieza mucho antes, cuando esa posibilidad aparece por primera vez en su cabeza. Y eso, muchas veces, depende de lo que alcanza a ver.