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«Mercia, van a cedular en Cativo. Váyase con Juanita para que la acompañe y pueda votar en las elecciones». Mercia es Mercedes, mi abuela. Juanita es mi madre. Quien le habla es mi abuelo Tomás.
Salieron muy temprano la mañana del viernes 20 de octubre de 1961 de La García, un caserío donde trabajaban la tierra mientras esperaban la cosecha de café en Pinguro, corregimiento de Giraldo, donde vivían el resto del año. A Cativo se iba caminando, como solían ser la mayoría de los recorridos allí en ese entonces, una hora hasta el parque principal de ese corregimiento de Santa Fe de Antioquia al que esa vez, además de hombres, también llegaron muchas mujeres emocionadas con la materialización de su ciudadanía, reconocida apenas desde 1944, con este documento. En Colombia, las mujeres tuvieron derecho a tener cédula a partir de 1955. La primera se expidió el 25 de mayo de 1956 con el número 20.000.001, y le correspondió a Carola Correa de Rojas, esposa del presidente Gustavo Rojas Pinilla.
Pero desde antes otra gesta libraban las mujeres: el derecho al voto. En la memoria de cada colombiana sufragante debe existir un lugar para mujeres como Lucila Rubio, Esmeralda Arboleda, Josefina Valencia, Ofelia Uribe de Acosta, María Currea y Teresa Santa María y tantas otras que las acompañaron desde 1947 cuando unas primeras quinientas firmaron un memorial exigiendo el sufragio para las ciudadanas hasta el 25 de agosto de 1954 cuando fueron miles las mujeres colombianas que ganaron el derecho al voto que hoy, tú y yo, mujeres con más de dieciocho años tenemos.
Para mí, que no suelo protagonizar historias de mujeres con hombres, ocupa aquí un lugar importante mi abuelo Tomás. El recuerdo de esa invitación a mi abuela para que se cedulara y pudiera votar surgió porque le conté a mi madre que hay una gente —toda rara—, unas mujeres —más raras aún—, promoviendo eliminar el voto de las mujeres y en su lugar instituir un voto por hogar en cabeza de quién más que del «hombre de la casa». La sorpresa de mi mamá vino con esa anécdota y la sentencia: «Ni su abuelo que era un campesino con tercero de primaria. Lo primero que hizo cuando supo que iban a cedular fue decirle a mi mamá…». Ustedes ya conocen la frase.
Mi abuelo campesino no alcanzó a leer El cuento de la criada de Margaret Atwood, no supo de olas feministas —dudo que alcanzara a conocer el término feminista—, pero en su corazón liberal sabía que las mujeres teníamos una voz propia, por eso celebró la llegada a su familia de cada hija mujer, una tras otra hasta completar cinco —cuando lo que se esperaba eran varones para labrar la tierra—, y no las amarró a la casa campesina y las dejó ir a la ciudad. Mi abuelo campesino sabía lo que muchos letrados nos niegan a diario en cualquier escenario, que tenemos derechos y que hay que hacerlos valer, con una cédula y con un voto. Mi abuelo campesino no leyó a Simone de Beauvoir, pero en su corazón, a su modo, tendría claras sus palabras: «No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida».
Quizás hoy muchas mujeres no saben que votaron por personas que son afines a quienes tienen intenciones de quitarnos el voto a las mujeres; muchas niñas ignoran que a sus madres las representan mujeres que niegan la existencia de las niñas y las borran de las políticas públicas porque las palabras niños y hombres, dicen, ya nos incluyen. Mujeres a las que no les debe parecer raro que un hombre concentre en su hombría el voto de toda una familia, aunque eso desconozca que hoy haya familias que no tengan hombres, porque hasta la soltería de las mujeres les repele, les asquea, les espanta (y de ahí a volver a ver brujas —quisiera decir que exagero—, como van las cosas, no parece haber mucho). Quizás esas mujeres aún no comprenden la magnitud del retroceso que significa que en vez de estar pensando en ganar nuevos derechos estemos devolviéndonos en las victorias ya conseguidas.
Pero, como advierte Simone, habrá que estar vigilantes y activas. No seré yo quien se quede quieta después de que tantas mujeres antes de mí hicieron y dieron tanto por lo que tengo hoy. Porque voto, decido, trabajo, pago con mi dinero, viajo, denuncio, escribo y publico. Conmigo no cuenten para retroceder. ¿Cuántas más para seguir conteniendo y enfrentando esa violenta máquina que quiere uniformarnos y borrarnos? Y ustedes, hombres, ¿cuántos de ustedes como mi abuelo, el campesino liberal?