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Nueve preguntas para hacerse antes de votar

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Columnista invitada: Juanita Uribe Cala
25 de mayo de 2026 - 10:17 p. m.
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Aunque a estas alturas parecería que todo el mundo ya debería tener definido su voto para las elecciones presidenciales de este domingo, tengo la intuición de que no es así. Y como las elecciones, como los partidos de fútbol, muchas veces se definen en el último minuto, quizás sea el momento de hacerse algunas preguntas para no votar solo por rabia, miedo, costumbre o presión del grupo. Preguntas para votar con mayor coherencia.

1. ¿Cuál de los candidatos o candidatas sabría dirigir una orquesta?

Colombia no es una sola cosa. Somos regiones, acentos, historias, talentos, memorias, formas distintas de trabajar, de creer, de sufrir y de salir adelante. 50 millones de realidades y puntos de vista. Somos un país ferozmente diverso, y esa diversidad puede ser nuestra mayor dificultad o nuestra mayor riqueza; depende de quién la mire. Y de cómo la gestione.

Según el Lideroscopio, el estudio más reciente sobre liderazgo en Colombia, la gente ya no parece buscar un líder solitario e iluminado que resuelva todo desde arriba. Un 57 % de los participantes entiende el liderazgo como algo que emerge entre muchos, y un 69 % asocia el poder con ponernos de acuerdo entre varios para cambiar algo.

Una cosa es tener un montón de instrumentos. Otra es ponerlos a tocar de forma armónica.

2. ¿Cuál entiende que quien se pone bravo pierde?

Todos tenemos heridas. Colombia está llena de dolores no resueltos, duelos mal transitados y desconfianzas profundas. Pero una cosa es comprender el dolor y otra muy distinta es gobernar desde él.

¿Quién habla desde la posibilidad y quién desde el resentimiento? ¿Quién reconoce las heridas del país sin usarlas para dividirlo aún más? ¿Quién parece haber trabajado sus propias heridas lo suficiente como para no proyectarlas sobre todos nosotros?

La inteligencia emocional no es una cualidad decorativa. No es “ser querido” o “hablar bonito”. Es una capacidad política. Saber escuchar. Discutir sin destruir. No necesitar un enemigo permanente para sentirse fuerte.

En un mundo donde la inteligencia artificial puede escribir los discursos, lo verdaderamente humano —la conciencia, la empatía, la capacidad de reconciliar— se vuelve más importante que nunca.

3. ¿Lo que dicen las encuestas es toda la verdad?

Las encuestas son importantes porque nos dan señales y muestran tendencias. Pero ninguna herramienta de medición es perfecta, y mucho menos cuando se trata de asuntos humanos. Los humanos dudamos, cambiamos. Decimos una cosa y sentimos otra.

No sería la primera vez que las encuestas no ven lo que viene. En 2016, casi todas predecían que el Reino Unido votaría por quedarse en la Unión Europea —y ganó el Brexit. Ese mismo año, la mayoría de los sondeos en Colombia daban por segura la victoria del Sí en el plebiscito por la paz —y ganó el No. En ambos casos, algo estaba pasando por debajo de los números que los instrumentos no lograron captar.

Las encuestas son una herramienta valiosa. Pero no son la realidad completa. Por eso, antes de votar, quizás la pregunta no sea solo quién va ganando, sino qué estamos dejando de ver.

4. ¿Quién conoce el país real?

No el de las cifras, no el de las plazas llenas, no el del mapa pintado en el telón de fondo del debate. El país real es el de la gente que madruga, que negocia, que improvisa, que carga con lo que el Estado no resuelve y, aun así, saca adelante a su familia y a su comunidad. Ese país no siempre tiene un vocero ni aparece en los titulares. ¿Quién lo ha escuchado de verdad y no sólo en campaña?

5. ¿Quién cree que hay suficiente para todos?

Durante mucho tiempo hemos mirado a Colombia desde la escasez. Como si la riqueza fuera limitada. Como si el avance de unos implicara necesariamente que otros pierdan. Como si la prosperidad fuera sospechosa, la ambición peligrosa y el éxito un motivo para sentirse culpable.

Colombia tiene problemas, pero no se reduce a ellos. Tiene un capital humano inmenso. Tiene creatividad, recursividad, biodiversidad, cultura, redes familiares, empresarios, emprendedores, jóvenes con ganas de hacer cosas y comunidades que han aprendido a sobrevivir con muy poco y, aun así, crear valor.

Por eso me pregunto si el próximo gobierno será capaz de hacer algo más difícil que prometer repartir lo que ya existe: crear nuevas posibilidades.

6. ¿Quién sabe volar cometas?

Volar cometa no es correr como loco arrastrándola detrás de uno. Requiere sentir el viento, saber cuándo halar y cuándo soltar, cuándo dar más pita y cuándo recogerla. Requiere método, paciencia, sensibilidad y estructura. Si uno hala demasiado, la cometa se cae. Si suelta demasiado, se pierde. Si no siente el viento, no despega.

El país está lleno de energía, pero muchas veces esa energía se dispersa, se frustra o se convierte en pelea porque no encuentra cauce. Una cosa es mencionar posibilidades y otra es crear las condiciones para que esas posibilidades se hagan realidad.

Necesitamos un liderazgo que sepa equilibrar estructura y fluidez. Que no pretenda controlarlo todo, pero que tampoco suelte la pita irresponsablemente. Que tenga visión, sí, pero también método. Que sepa leer el momento, sentir el sistema, ordenar sin ahogar y soltar sin abandonar.

No se trata de escoger entre inclusión y orden. Ya deberíamos saber que la inclusión sin estructura produce caos, pero la estructura sin inclusión produce resentimiento.

7. ¿Quién es capaz de pensar en algo más grande que sí mismo?

Si alguien necesita ser siempre el centro de atención, probablemente gobernará desde ahí. Si alguien necesita tener siempre la razón, probablemente no va a escuchar a otros. Si alguien solo puede crecer derrotando a otro, probablemente convertirá el país en una pelea permanente. El liderazgo que Colombia necesita no puede estar al servicio del ego de nadie. Tiene que estar al servicio de una posibilidad más grande.

8. ¿Quién en sus actos muestra lo que dicen sus palabras?

No se trata de buscar al candidato sin contradicciones —esos no existen. Se trata de ver si hay un hilo entre lo que dice, lo que ha hecho y cómo se comporta cuando las cosas se ponen difíciles. El poder revela. Y el poder pequeño —cómo trata a un asistente, cómo reacciona ante una crítica, cómo habla de sus propios errores— dice más que cualquier discurso.

En un mundo absorto por la inteligencia artificial, distinguir lo real de lo fabricado se vuelve una habilidad política. No solo con la razón, sino con ese radar interno que todos tenemos: la intuición, el cuerpo, la sensibilidad. Como cuando uno lee un texto escrito por un humano y otro generado por una máquina — a veces no sabe explicar exactamente por qué, pero algo se siente distinto. Uno tiene alma, el otro no la tiene. Con los líderes pasa lo mismo. En medio del ruido, los libretos y las frases diseñadas para gustar, la autenticidad es oro puro.

9. ¿Quién cree en una versión de país donde cabemos todos?

Porque Colombia no necesita otra narrativa en la que unos tengan que desaparecer para que otros puedan existir. No necesita rabia, superioridad moral, miedo o la nostalgia de un país que ya no existe.

Necesita una versión más grande de sí misma. En la que quepan quienes han estado afuera, pero también quienes tienen miedo de perder lo que han construido. Donde quepan los empresarios y los trabajadores, los jóvenes y los mayores, las regiones y las ciudades, los que quieren cambio y los que necesitan estabilidad. Una versión en la que la diferencia no se trate como una amenaza, sino como materia prima.

Tal vez gobernar también sea muy parecido a escribir. Pero no hacer un discurso sobre el país, sino ayudar a escribir una historia común en la que más personas puedan reconocerse. Redefinir lo que es posible.

Por Juanita Uribe Cala

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