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26 Nov 2022 - 8:58 p. m.

[Opinión] Amor y violencia

Por: María José Gómez*

Atendiendo a las cifras de feminicidios del último año, el lugar más peligroso para la vida de las mujeres es su propio hogar y a manos –o puños– de sus parejas, de esas personas que prometieron amarlas y a las que, posiblemente, ellas también amaron. En las relaciones amorosas se transparentan las relaciones entre los sexos y funcionan como una lupa de aumento para analizar las relaciones en el resto de los ámbitos como la política, la economía y la cultura. Al igual que se nos enseñan valores mediante la socialización que naturalizamos como normales para hombres y para mujeres, llegamos a la adultez con ideas diferentes y actitudes sobre los cuidados, la felicidad, la guerra o el punto de cruz, y llegamos también al amor de manera diferente.

Las sociedades patriarcales educan a las mujeres para representar unos estereotipos a lo largo de su vida (ser agradables, sonrientes, estar impecables, maquillarse y peinarse, ser complacientes, amorosas, comprensivas etc.), y casi todos se dirigen a preparar a las mujeres para las relaciones amorosas, para que por un lado sus vidas tengan sentido solo si tienen pareja, y después, para que hagan todo –todo– lo necesario para mantenerla, como si su felicidad dependiera de ello. A las mujeres se las educa en una adicción al amor muy bien aprovechada por los hombres (Ruiz Repullo, 2014) mediante un entrenamiento casi militar para desarrollar el bienestar ajeno por encima del propio y hacerse expertas en los proyectos vitales de su amor –parejas– o del fruto de ese amor –hijos e hijas–, a veces también de otros familiares, incluso de personas que no conocen a través de acciones de voluntariado que requieren alta entrega y dedicación; se entrena a las mujeres para amar sin medida.

Somos entrenadas mediante múltiples mecanismos, jugando a ser mamás, o cocineras, o enfermeras, a maquillarnos y peinarnos, haremos deportes agradables como el ballet; esos juegos reflejan actividades que habitualmente se realizan en espacios cerrados o en casa, donde estuvimos por los siglos de los siglos pasados. Vemos en todas partes lo buenas y dóciles que somos las mujeres cuando de entregar amor al prójimo se trata. Las mujeres, enseñadas para verse a través de los ojos de los hombres, a convertirse en los seres que ellos desean y anhelan para sus vidas amorosas y familiares, y cumpliendo con sus expectativas, se ven a través de sus deseos, su mirada de nosotras mismas está mediatizada por la idea que han creado para nosotras.

A los hombres se les entrena en lo que deberían entrenarnos a todas las personas; en ser el centro de sus propias vidas y los dueños se su propio destino, disfrutarán en las calles en deportes grupales, serán bomberos o superhéroes, sus interpretaciones mediante el juego tendrán épica. Ellas entrenadas para adaptarse al proyecto de vida de los hombres, encontrarán, en ocasiones, ahí el sentido de su existencia. Aunque en los últimos tiempos las generaciones han ido planteándose esta idea, aún se sigue presentando una clara desigualdad en el concepto del amor. Se han dado progresivamente los cambios culturales que han ido rompiendo esquemas, motivando a las mujeres a capacitarse para crecer en el mundo profesional y entender que el amor no es un sacrificio personal, ni mucho menos un obstáculo profesional, sino que parte de su libre realización.

La configuración del amor en las sociedades patriarcales cuando los niños y las niñas crecen no es diferente al resto de espacios de nuestra vida, las relaciones amorosas están sexuadas. Relaciones libres de violencia de género requieren que los mensajes sobre el destino y la valía de niños y niñas sean equipotentes, que puedan crecer sabiéndose igual de libres para elegir el presente, el destino y el rol que desempeñarán en las relaciones amorosas.

* Directora de la Fundación Forge para Colombia.

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