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En momentos en que se construye un nuevo orden internacional surgen muchas preguntas sobre el multilateralismo, especialmente con ocasión de la Segunda Conferencia sobre la Reforma Agraria y Desarrollo Rural (Iccard+20) que se acaba de cumplir con éxito en Cartagena, a instancias de Colombia. Allí las delegaciones de más de 100 países conmemoramos y le dimos continuidad a la declaración de Porto Alegre de 2006. En esa declaración se fijaron compromisos para garantizar procesos de reforma agraria que protegerían a la tierra de la sobreexplotación del capitalismo global. En esta segunda versión se reafirman los siguientes objetivos: i) crear una narrativa compartida sobre la relación entre tierra, paz y democracia, con énfasis en la transformación territorial y enfoque de derechos; ii) identificar áreas prioritarias de cooperación donde las delegaciones y organismos internacionales puedan sumar esfuerzos y iii) que acordemos mecanismos de seguimiento para la realización de los objetivos de la Iccard+20.
Los mencionados objetivos son esenciales y de obligatoria reflexión porque, en los 20 años que separan la Declaración de Porto Alegre y la iccard+20, persisten retos que debe asumir con urgencia la humanidad y que documenta muy bien el informe de la FAO compartido por el economista jefe de ese organismo, Máximo Torero.
De su intervención emergen, por supuesto, los siguientes interrogantes sobre los cuales me gustaría reflexionar en esta columna: ¿Por qué la tenencia de la tierra sigue siendo injustamente concentrada? ¿En qué sentido se debe comprender que hoy 1.100 millones de personas se sientan inseguras sobre su derecho de tenencia de la tierra? ¿Cómo leer el hecho de que solo el 35 % de la tierra en el mundo esté documentada? ¿Por qué las mujeres están excluidas del derecho de tenencia de la tierra, pues solo el 15 % de las mujeres son propietarias? ¿Cómo entender que al mismo tiempo que no se garantizan los derechos de tenencia de la tierra de la gente se produce una brutal destrucción del mundo natural y aparecen conflictos que escalan sus violencias a proporciones no imaginadas? Y finalmente, ¿es posible pensar un multilateralismo que integre la visión de los actores territoriales y fortalezca la cooperación, la integración y la cooperación multiactor con los territorios que padecen esas injusticias, en un diálogo horizontal?
Propongo complementar la noción de multilateralismo con el concepto de pluralidad. El multilateralismo es la cooperación global de varias naciones en medio de ciertos desafíos. La pluralidad, en cambio, abarca a todas las formas de resistencia de pueblos, movimientos sociales, clases dominadas y poblaciones colonizadas con incidencia global. Tal incidencia no tiene que ver con las buenas intenciones del multilateralismo de los Estados, sino con prácticas de resistencia que le han otorgado protección a muchas personas trabajadoras de todo el mundo. Sin esta historia, no podría comprenderse el multilateralismo cosechado en el plano de la Organización Internacional del Trabajo, OIT.
Ello explica por qué la voz de los movimientos sociales en la Iccard+20 no es una formalidad, ni un acto de buena voluntad de las delegaciones de los altos funcionarios de los Estados. Se trata de una voz que se hace escuchar, de modo que es imperativo prestarle la suficiente atención. ¿Por qué? Porque allí están las soluciones a múltiples desafíos. Es evidente que las soluciones no están en el futuro, sino en el uso común del territorio y en la reinvención de la vida que ponen en marcha las comunidades cuando se enfrentan a los procesos de concentración y acumulación del capital.
Las voces académicas más valientes -Linhart, Lazzarato, Federici, Harvey- han demostrado que la informalidad en los derechos de tenencia de la tierra y la inseguridad que sienten los campesinos y las campesinas en el mundo no son una contingencia, ni una anormalidad, sino un conjunto de procesos sistémicos de un sistema-mundo que depende de esa desprotección de los derechos de tenencia de la tierra. La indeterminación de los derechos sobre la tierra tiene como explicación la conversión del dinero en capital, su circulación y su concentración. Muchos autores desde el siglo XIX han advertido que en el mundo del capitalismo todo lo sólido se desvanece. Y con esto señalo que, en las condiciones de la concentración de la riqueza actual, persiste el mismo problema, pues la desprotección y la indeterminación de lo más material que nos vincula al mundo que es la tierra resulta inmensamente rentable. ¿Por qué ocurre esto?
La concentración de la tierra, en el medio de la inexistencia de reglas jurídicas claras sobre su tenencia, antes de crear un mundo en el que todos se beneficiarían de la valorización del capital produce hambre, sobreexplotación, destrucción de las condiciones de la vida y conflictos que se tornan violentos. En esto consiste la promesa fallida de quienes defienden el orden del mercado.
En este escenario de destrucción de los modos de vida existentes emergen, por supuesto, formas de resistencia con repercusiones globales. Si juntamos los esfuerzos del multilateralismo y la pluralidad podemos crear las condiciones para esclarecer la opacidad de la propiedad sobre la tierra y garantizar la protección de las personas que temen perder su territorio. En Iccard+20 se ha sembrado un multilateralismo que incluye, además de los Estados, la sensibilidad de los movimientos sociales, las campesinas y los campesinos, las clases obreras, las mujeres que cuidan los lazos de interdependencia humana, los pueblos indígenas entre muchísimos más sujetos políticos, para cosechar un gran consenso en la declaración final, en una gran apuesta del gobierno del cambio.
* Ministra de Relaciones Exteriores de Colombia.