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En estos días ha vuelto a circular con fuerza la discusión sobre los “therians”: jóvenes que se identifican con animales, usan máscaras o actúan como tales. La práctica no es nueva. Existe desde hace décadas en nichos de internet y subculturas juveniles. Lo nuevo es la viralización. Y la pregunta no es si existen. La pregunta es: ¿por qué ahora son tendencia?
Cada cierto tiempo aparece un fenómeno que cumple una función política muy clara: desplazar la conversación pública hacia el ridículo. Se toma una expresión marginal, llamativa o excéntrica, se amplifica hasta el absurdo y se usa como “prueba” de que la sociedad se está desmoronando por culpa de la agenda de derechos; especialmente derechos de las mujeres y población LGTBQ+. Ya lo vimos antes, con distintos disfraces.
En un momento fueron tribus urbanas y estéticas juveniles; en otro, fandoms convertidos en “sectas”; y hoy, prácticas hipervisibles por algoritmo. Ahí entran ejemplos más cercanos al libreto actual: los furries y otras identidades performativas (comunidades que existen hace décadas y que combinan juego, estética e identidad, incluidos los llamados “vampiros urbanos”); los ecosexuales, una propuesta político-ambiental caricaturizada como rareza sexual; o el teatro de los “NPC” en TikTok, donde personas repiten gestos y frases en bucle para monetizar la atención. Fenómenos distintos, sí, pero funcionales para lo mismo: ser recortados, exagerados y convertidos en evidencia de una supuesta decadencia cultural.
A ese guion se le suma un recurso clásico: la pendiente resbaladiza, una falacia argumentativa muy usada en el contexto político actual. El meme repetido de “si aceptamos X, mañana se casan con una nevera”, o el rumor reciclado de la “caja de arena en los baños del colegio”, una noticia falsa que circuló en varios países insinuando que las escuelas estaban adaptándose a estudiantes que “se identificaban como gatos”, y que fue usada para sembrar miedo y desacreditar políticas de inclusión sin ninguna base real.
No son debates honestos: son artefactos para confundir, indignar y producir una sensación de apocalipsis moral. El objetivo, entonces, no es discutir sobre jóvenes con máscaras. El objetivo es instalar una idea: que cualquier ampliación de derechos conduce al caos. Hay algo fundamental que no podemos perder de vista: una moda, una estética o una performance no son lo mismo que una identidad estructural reconocida en marcos jurídicos, sociales y políticos.
La identidad de género no es un juego simbólico ni una caracterización pasajera. Es la forma en que una persona se reconoce y se posiciona dentro de las categorías sociales que organizan la vida humana: hombre, mujer, no binario, entre otras. Esas categorías no son neutras; están atravesadas por relaciones de poder, distribución de derechos, expectativas sociales y violencias históricas.
Cuando una persona trans exige el reconocimiento de su identidad, no está pidiendo que se valide una fantasía privada, sino que se respeten condiciones materiales muy concretas: acceso a salud, educación, trabajo, documentación acorde a su identidad, seguridad y autonomía física en el espacio público (espacio, además, históricamente negado a las mujeres y poblaciones diversas). Estamos hablando de derechos básicos dentro de la especie humana, no de metáforas ni de performances interespecie.
Un adolescente puede ponerse una máscara y quitársela al final del día. Puede experimentar con una estética, un rol o una narrativa identitaria propia de su edad. Pero una persona no puede “quitarse” su identidad de género o su orientación sexual cuando sale del colegio o del trabajo. No es un disfraz, ni una temporada estética, ni una tendencia de TikTok. Es una dimensión persistente de la vida social que determina cómo el Estado, las instituciones y otras personas la tratan.
Confundir deliberadamente estas dimensiones (mezclar identidad de género con prácticas performativas marginales) no es un error ingenuo, sino una estrategia discursiva. Se construye una caricatura extrema para desacreditar demandas reales. Se instala la idea de que si se reconoce una identidad, entonces “todo vale”. En ese movimiento se busca generar vergüenza, sospecha y descrédito sobre luchas que han costado décadas de organización, violencia y exclusión.
Además, hay otro elemento incómodo: el mercado. Vivimos en una cultura donde “ser lo que quieras” también se volvió mercancía. La identidad se traduce en likes, seguidores, marcas personales y oportunidades de monetización. Identidad + consumo. Visibilidad + plataforma. Y, en otros planos, ciencia + capital: intervención corporal + poder adquisitivo, donde quien tiene recursos puede modificar su cuerpo y quien no, queda excluido. Todo eso abre debates sobre autonomía, medicalización, desigualdad y presión social para “optimizarse”. Pero esos debates son serios y complejos. No se resuelven con memes ni con indignación viral.
Lo que sí resulta evidente es que la viralización del ridículo activa rápidamente la violencia latente. Basta leer comentarios: “si los veo, los pateo”, “me voy a autopercibir asesino”. El paso del chiste al odio es corto. Y eso no es accidental.
Cada vez que un grupo social exige reconocimiento, emerge una reacción desproporcionada.
En todos estos casos, la reacción ha sido similar: caricaturizar la demanda, exagerarla hasta el absurdo y presentarla como amenaza al orden social y, finalmente, usar esa caricatura para justificar la exclusión y la agresión.
Mientras discutimos sobre máscaras, dejamos de discutir sobre brechas salariales, violencias basadas en género, exclusión educativa, precariedad laboral, sistemas de cuidado o asesinatos de personas trans; incluso, sobre redes de explotación sexual que hoy, aunque son famosas y muy demostradas, no tienen en jaque a ningún magnate, político o famoso. Eso es lo verdaderamente funcional de estas polémicas: distraen.
La inclusión no se juega en si alguien maúlla en un recreo, sino en si las instituciones garantizan derechos, si acompañan procesos complejos con responsabilidad y si protegen a quienes históricamente han estado en riesgo.
Y sí: puede haber adolescentes confundidos. Puede haber modas. Puede haber exageraciones propias de una cultura digital que todo lo convierte en espectáculo. Pero usar eso como argumento para desacreditar luchas estructurales es intelectualmente deshonesto.
El problema nunca ha sido que alguien se identifique con un animal en internet. El problema es que cada vez que alguien pide derechos, aflora una violencia que estaba esperando excusa. La pregunta no es qué opinamos de los therians; es por qué necesitamos convertirlos en amenaza para evitar hablar de justicia, equidad, igualdad, paz y garantía de derechos.
*Natalia Escobar es investigadora del Observatorio para la Equidad de las Mujeres.