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Colombia tendrá que invertir en capacidades militares durante los próximos años. Las amenazas están cambiando, la tecnología avanza rápidamente y nuestras Fuerzas Militares y de Policía necesitan capacidades disponibles, interoperables y oportunas.
La discusión importante no es si vamos a comprar. La pregunta es qué vamos a ser capaces de mantener y fabricar en Colombia después de cada compra.
¿Se imaginan que después de cada compra tuviéramos ingenieros que aprendieron, empresas que elevaron sus estándares, proveedores nacionales que entraron a nuevas cadenas de valor, capacidad de mantenimiento, tecnología apropiada y posibilidades de exportación?
Esto es posible si nos hacemos las preguntas correctas. La discusión sobre industria de defensa suele plantearse como una falsa disyuntiva: comprar tecnología extranjera o desarrollar tecnología colombiana.
En realidad, no se trata de escoger entre una u otra, sino de identificar dónde ya tenemos conocimiento acumulado, demanda, talento y posibilidades de competir, y utilizar nuestras compras para acelerar el desarrollo y la escalabilidad de esas capacidades. Y esto significa priorizar.
Hay al menos dos áreas donde Colombia ya tiene una curva de aprendizaje que vale la pena explotar: sistemas no tripulados UAS y cadena aeronáutica —aeropartes, ingeniería y mantenimiento—.
Los UAS, o coloquialmente llamados drones, que hoy son una amenaza, pueden ser también una gran oportunidad para desarrollar una industria nacional. Según el más reciente informe de la Defensoría del Pueblo, entre enero y mayo de 2026 los ataques con sistemas aéreos no tripulados —UAS— aumentaron un 146 %, dejando 21 personas fallecidas y 145 heridas.
Responder a esa amenaza es obligatorio. Pero esta respuesta no puede reducirse solo a comprar drones: quedaría corta debido al acelerado avance tecnológico de estos sistemas. La estrategia debería estar orientada a desarrollar una producción local.
Colombia ya ha comenzado a desarrollar conocimiento alrededor de sistemas no tripulados. Proyectos como ART Quimbaya, DRAGOM y VIGÍA, desarrollados por la Corporación de la Industria Aeronáutica Colombiana —CIAC S.A.—, muestran una curva de aprendizaje nacional en diseño, integración y fabricación. Y con esto, todo lo que se genera alrededor: software, sensores, comunicaciones, navegación, inteligencia artificial, ciberseguridad, materiales, procesamiento de datos, mantenimiento y talento especializado.
Muchas de esas capacidades tienen aplicaciones que van más allá de la defensa: agricultura, energía, infraestructura, logística, vigilancia ambiental, atención de desastres y seguridad marítima. Ya no estaríamos hablando únicamente de fabricar un producto militar, sino de desarrollar un ecosistema tecnológico de uso dual.
Ahora, en materia de cadena aeronáutica, no necesitamos fabricar el avión completo.
El propósito sería participar en cadenas globales, diseñando, certificando y fabricando componentes especializados. Ya contamos con un caso de éxito: el programa SIRTAP entre la CIAC S.A. y Airbus, en el que CIAC participó en trabajos asociados con el tren de aterrizaje y el empenaje de una aeronave remotamente tripulada. Esto demostró que una empresa colombiana del sector defensa puede fabricar una pieza altamente compleja y entrar a una cadena global de suministros.
INDUMIL también obtuvo la certificación AS9100D, asociada con los sistemas de gestión de calidad de la industria de aviación, espacio y defensa.
Es decir: Colombia ya tiene una capacidad industrial de defensa. La pregunta es cómo escalarla.
Si la idea del nuevo gobierno es fortalecer las capacidades militares valiéndose de la tecnología, mi recomendación apuntaría a priorizar tres decisiones:
Primero: escoger y sostener: Definir unos pocos nichos donde coincidan necesidad estratégica, conocimiento nacional acumulado, potencial de uso dual y oportunidad de mercado.
Segundo: comprar para adquirir capacidades, no únicamente equipos: Cada gran adquisición debería incorporar transferencia de conocimiento, mantenimiento, formación, propiedad intelectual, integración tecnológica y participación de proveedores nacionales. Tenemos sustento normativo en materia de créditos industriales —offset—: utilicémoslos como parte de la estrategia de compra.
Tercero: pensar desde el inicio en exportar: una industria que dependa exclusivamente del presupuesto colombiano tendrá un techo demasiado bajo. Si desarrollamos un buen componente, debe poder entrar en cadenas internacionales. Si construimos capacidad MRO, deberíamos aspirar a atender aeronaves de la región.
En diez años, Colombia habrá invertido recursos importantes en modernizar sus capacidades de defensa. Lo que hará la diferencia serán las capacidades que nos queden después.
Podemos llegar a 2036 solo con mejores equipos y dependientes de respuestas y mantenimientos externos. O podemos llegar con esos mismos equipos y, además, con ingenieros formados, empresas certificadas, proveedores conectados a cadenas globales, capacidad nacional de mantenimiento, propiedad intelectual y tecnología desarrollada en Colombia.
Quizás la pregunta no sea solamente qué necesita comprar Colombia en materia de capacidades militares, sino también ¿qué queremos saber hacer como país después de haberlo comprado?
Ahí es donde una adquisición puede comenzar a convertirse en una verdadera capacidad estratégica de la Patria Milagro.
* Consultora en Estrategia, Gobernanza y Tecnología en sectores estratégicos | Defensa · Gobierno Corporativo · Cyber Risk | ex viceministra de Defensa.