El Día del Padre me hizo falta mi papá (Juan Pablo Ruiz Soto) para conversar sobre la situación política actual. Busqué entonces lo que había escrito él en su columna de El Espectador hace cuatro años, anunciando su voto.
Mi papá, hace cuatro años, previno sobre las formas de Petro como individuo en su manera de gobernar; no se equivocó. Además, manifestó su confianza en Francia Márquez como vicepresidenta; tampoco se equivocó. Los logros de la Vicepresidencia con la Estrategia África, por ejemplo, que les abrieron a los empresarios, desde pymes hasta grandes empresas colombianas, la oportunidad de entablar relaciones comerciales con países africanos, no aparece suficientemente expuesta en los medios. Pudimos evidenciar en estos cuatro años la forma en que nuestra vicepresidenta fue invisibilizada, tanto por la Presidencia como por los grandes medios.
A mi papá, como a Iván Cepeda, no le daba miedo salir en fotos con guerrilleros; salió además en videos, como en «La ley del monte», donde se mostraba cómo el Estado ─en ese caso él con otros colegas, representando al Inderena─ entablaba diálogo con la guerrilla de las FARC, buscando la paz con la naturaleza.
Mi papá, con su voz contundente, como la de Cepeda, trabajó por la paz en distintos momentos de su vida. Hasta en sus últimos meses estuvo vinculado a procesos de paz, aportando desde el diálogo.
Así como Cepeda ha manifestado sus distancias y diferencias políticas con las de su papá a pesar de trabajar en los mismos ámbitos, yo también con el mío tenía diferencias, «como es natural», diría él. Él desde su formación como economista, yo con mi formación como ecóloga y geógrafa feminista (sí, así, geografía más feminismo).
Él estuvo de acuerdo con los pilotos de fracking; yo siempre me he opuesto al fracking por los impactos en el agua a corto, mediano y largo plazo; la falta de garantías sociales y de protección de derechos humanos; y por aquello de saltarse el principio de precaución cuando ya en proyectos de fracturamiento hidráulico se demuestran impactos en el subsuelo que aún no hemos terminado de medir en sus telúricas y profundas consecuencias.
Tampoco veo en los sistemas silvopastoriles una panacea. No se puede apoyar a largo plazo sistemas ganaderos en suelos sin vocación agropecuaria como los amazónicos, que son, en su mayoría, suelos ácidos y de baja fertilidad. Los sistemas silvopastoriles pueden ser una medida gradual mientras se consolidan economías más acordes con la restauración ecosistémica y sostenibles en todos los sentidos. Esta técnica puede ser transitoria para recuperar servicios ambientales, tales como las funciones de algunas especies arbóreas (ojo, que no sean invasoras), en cuanto a captación de nutrientes, sombra y regulación de temperatura, regeneración microbiana de suelo, oferta de alimento y hábitat a la fauna silvestre y de hospedero a especies epífitas, pero lo interesante sería desarrollar a largo plazo la bioeconomía, no la economía vacuna.
Qué falta les hace a los foros ambientales la voz de mi papá llevando argumentos, datos y anécdotas de su experiencia en las diversas e incesantes búsquedas de la paz (nuevamente, sí, hablando con guerrilleros), y de sus análisis de las propuestas ambientales de los planes de gobierno.
En este caso, intuyo que él les diría que, tanto en lo ambiental como en la paz, su voto sería por Cepeda porque su plan integra de manera inteligente los diversos temas ambientales con varias urgencias del país y del momento mundial, tales como adaptación al cambio climático, empleos que dignifiquen la vida, transición energética, seguridad y enfrentamiento a las economías criminales y, sobre todo, la búsqueda de la paz en Colombia.