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Hija: todavía no sé el color de tus ojos, pero estoy seguro de que cuando los abras Colombia estará de pie. Con heridas, sí, pero erguida, digna, solidaria y viva. Lo primero que te diré es que antes del lunes 10 de agosto de 2026, ningún lector de estas frases sabía dónde quedaba San José del Palmar en Chocó. El terremoto nos enseñó geografía.
Poco a poco escucharás los nombres de las capitales de los 32 departamentos. Naciste en época de IA, entonces no tendrás que memorizarlas, pero lo que no debes olvidar es que la capital del Chocó es Quibdó. Ahí nació un crack del fútbol colombiano, Jhon Arias. Él ha triunfado en Brasil y aunque mide menos de ciento setenta centímetros, comprobó su grandeza gigantesca al movilizar al fútbol brasilero y mundial para llevar ayuda a su pueblo natal. Cuando leas esto, Jhon bailará salsa brava. Porque es heredero del sabor que germina y vacila aún ante las penas más jodidas. En su playlist suenan y resuenan las canciones de otro quibdoseño cuya música lo hizo inmortal: Jairo Varela. La RAE manda que ese no es el gentilicio de Quibdó, pero no le hagas caso, en palabras chocoanas la Real Academia verdadera es Jairo Varela. Y si él canta que es quibdoseño, no hay RAE que valga. Contempla sus letras y sonidos, y canta el himno al río Atrato: “Y poder cantar/ de orgullo gritar/ que soy aguajero señores/ yo soy atrateño […] y la vida quiso que yo fuera quibdoseño/ orgulloso soy atrateño/ […] vengo subiendo y voy pa’ arriba/ de Bebará hasta Cabí/ mi melodía”.
Fue a las 7:34 a.m. La tierra nos recordó otra lección que quiero que aprendas, somos frágiles. En un instante la muerte nos sorprende y muchas veces no podemos encontrar los cuerpos de los seres amados. El duelo nos oprime en estos momentos en los que se perdieron amigos, familiares, nonos, padres o hijos. Y perder un hijo se vuelve inenarrable, es Lo que no tiene nombre, como lo dejó poéticamente escrito Piedad Bonnett, una escritora que no tiene libro malo.
No puedo mentirte, no te ocultaré las cosas. Las cifras son de un realismo que nos sacude a todos, porque las tragedias no son clasistas, la tierra se mueve igual sin pensar en estratos sociales. Contamos, mientras escribo con dolor, más de doscientos cincuenta muertos. Y ahí te va otra enseñanza que emanó de las víctimas: el sufrimiento del ser humano resquebraja el corazón de igual forma sin importar si estás descalzo, en mocasines sin medias o conduces, con Crocs, camionetas de cientos de millones de pesos.
El solo hecho de vivir, entonces, debemos atesorarlo cada día. Sí, suena a cliché de cajón, pero es cierto. Cuando con tus dedos miniatura rodees y sujetes mi índice, recordaré que la belleza de existir está presente cada segundo. En tu sonrisa seguro habrá poesía y eso es arte. Recuerda que la vida late llena de colores en las frutas y las flores. Y en eso somos potencia cromática mundial. En Pereira afloran las orquídeas más bellas de tu patria, y esa es nuestra flor nacional. Albalucía Ángel también es pereirana e hizo brillar Los girasoles en invierno. En Cali, no tengo duda de que el chontaduro, por color y sabor, te hará chuparte los dedos. Lee a la caleña Pilar Quintana, sus abismos son páginas que guiarán tu resiliencia. Y en Manizales, las gulupas y las uchuvas te conquistarán en jugo o postre. Tus cachetes quedarán embadurnados con el dulce sabor de la naturaleza. Déjate maravillar allí por las obras y formas de Maripaz Jaramillo. La vida, Cartagenita, no para aún en los tiempos más tristes.
La patria milagro
Los milagros se hicieron realidad. Para darte contexto, debo señalarte que, en cuestiones políticas, nos llevábamos tan bien como el diablo y el agua bendita. Pero desde ese lunes, el radical de derecha le brindó sus dos manos al radical de izquierda. Y el zurdo hizo lo propio. Yo vi a muchos hinchas de Petro ayudar sin pensar para quién estaban dando. Lo mismo vi en la hinchada de Abelardo. Es más, el presidente electo no habló de destripar a nadie. El terremoto le enseñó empatía y prudencia.
Ese regionalismo bestial y primitivo se acabó. De todas las ciudades llegaron ayudas sin reparar en el bando político de los damnificados. Claro, no te voy a negar que incluso para esto las redes sociales manejaron su dinámica. Hubo influenciadores, tiktokers y otras huestes, que protagonizaron videos mientras donaban. Sí, seguro querían mantener su fama, subir seguidores, alimentar su narcisismo y demás, pero lo importante es que la ayuda llegó. Igualmente, en silencio mucha gente donó y la ayuda igual llegó. Ya habrá chance para contarte sobre cómo las redes remasterizaron la parábola de la viuda que en silencio dona muy poco, siendo mucho, y los ricos ruidosos que donan para los reflectores. Recuérdame hablarte de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, ese vago sí que es importante para la humanidad.
Los milagros siguieron, nadie convirtió el agua en vino, pero el amo de la guerra en el planeta, Donald Trump, no mandó drones con bombas, ni sus Avengers paramilitares, ni sus misiles. Y, contra toda su tradición imperial, no secuestró a ningún presidente. Todo lo contrario, anunció millones de dólares en ayuda. Ojalá lleguen sin aranceles de corrupción nacional e internacional.
También, el milagro de la vida, en plena catástrofe, se vio en una mamá que en medio de los escombros amamantaba a su bebé rescatado por vecinos. El sismo los graduó de héroes. Esa escena se vivió en cada ciudad derrumbada. El lenguaje más disciplinar habla de lactancia, pero es mucho más que eso. Es la forma en la que la vida, en el peor de los escenarios posibles, nos apapacha para que batallemos juntos y volvamos a florecer como nación. Así sucedió. En la historia de tu país, bautizado, gústenos o no, gracias al pésimo marinero que fue Colón, agosto es un mes fundamental. El sábado 7 de agosto de 1819, las guerrillas unieron fuerzas para decirles a los españoles que su rey ya no era soberano. Nos dieron la libertad. Nuestros ancestros, los patiamarillos descalzos santandereanos, tuvieron mucho que ver, pero eso te lo cuento luego en Bucaramanga. Entonces, agosto es fundamental para la bravura colombiana. Por eso, por hábito independentista, el heroísmo del pueblo volvió. Volvió en cada vecino que ayudó, bien con un vaso de agua o bien removiendo escombros para llevarles esperanza a los sobrevivientes y sus familiares. Los centros de acopio de todas las ciudades respondieron de inmediato. Muchos dieron su propia comida para que otros pudieran alimentarse. Cadenas humanas se improvisaron y con guantes de aseo o manos peladas le contestaron al desastre.
La energía liberada el pasado 10 de agosto marcó 7.4, en la escala de Richter. De acuerdo con esa medida académica para los terremotos, sufrimos un movimiento telúrico “Mayor”, que es el tercero, de abajo hacia arriba, más devastador. Por delante se ubican las categorías de “Grande” ––8 a 9,9 puntos–– y “Apocalíptico o Legendario” ––10 puntos en adelante––. Y aquí quiero que prestes atención, porque por tus venas corre sangre de leyendas. Pues si se midiera la energía liberada por los colombianos, para replicarle al sismo su devastación y ayudarnos entre sí, la magnitud de tus compatriotas estaría mucho más allá de la categoría de “Legendario”.
Fueron legendarios los padres, madres y hermanos que se llenaron de valor y se sacrificaron como escudos humanos para salvar a los más pequeños, bebés o mascotas. Fueron legendarios los médicos y enfermeras que no abandonaron a sus pacientes cuando los hospitales colapsaron. Los mismos que hicieron las veces de mamás canguros para que los bebés tuviesen incubadoras humanas y sobrevivieran a los traslados. Fueron legendarios los veterinarios que salvaron los animalitos antes de salvaguardarse a sí mismos. Fueron legendarios los perros que lideraron los rescates con su olfato y físico extraordinarios. La sensibilidad se hizo presente en cada lugar arrasado y tuvo dos y cuatro patas.
A este suelo vivo, llamado Colombia, llegaste. No será fácil, pero siempre mi abrazo de pura cepa, ese que honra a los héroes de agosto de 2026, te escudará.