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La última vez que tuve la oportunidad de hablar sobre Roland Jeangros fue en Cartagena el pasado 26 de Septiembre en el evento de la firma del acuerdo de paz entre Santos y Timochenko. A mi lado estaba Ricardo Corredor, director de la Fundación García Márquez de Periodismo, un aliado de mil batallas por la libertad de prensa y, como yo, exalumno del Colegio Refous.
Por: Pedro Vaca Villarreal
Mientras esperábamos el inicio de la ceremonia conversamos sobre nuestra experiencia en el colegio. Un momento cargado de tanta sensibilidad como la esquiva paz de Colombia tuvo para nosotros como antesala compartir anécdotas sobre estilo y legado de Roland Jeangros.
Colombia es un país donde buena parte de las probabilidades de bienestar dependen de la raza, siendo más difícil para negros e indígenas; el género, afectando especialmente a mujeres; y la educación, que termina siendo el ingrediente de estrato social en el que la calidad suele ser directamente proporcional a la capacidad de pago.
Mucho antes de que se publicaran tesis de grado que corroboraran éste diagnóstico, Jeangros, en un acto que sólo puede considerarse como de rebeldía, fundó el Colegio Refous: una alternativa que desde entonces y hasta hoy ha roto a plena consciencia con el paradigma de que hay que ser millonario para acceder a una buena educación. Jeangros fue así, un visionario que no se quedó en la queja sino que tomó en sus manos el impopular, duro y oxidado timón del cambio.
Estricto y serio, con asomos tímidos de ternura. Fue un tipo culto, fanático de las matemáticas y a la vez con una aguda sensibilidad por las artes, el deporte y la salud. Jamás olvidaré que me sugirió tomar en préstamo de la biblioteca un libro titulado: “Gödel, Escher y Bach”, una obra llena de tantas paradojas como la vida misma y que teje vínculos impensables entre la música, las artes visuales y las matemáticas. Jeangros fue así, un hombre integral y controversial, un retador de arquetipos sociales que asumió con entereza los costos de crítica que trae la irreverencia en una sociedad histérica y cómoda.
A la vanidad le imponía sencillez con disciplina y ejemplo. En el auge de la vida citadina incentivó el uso de las manos, no para sacar billetes y comprar, sino para arar la tierra, moldear arcilla, sembrar y crear. Le dio valor propio, digno y equitativo a todos los oficios. Una semilla que sembró para combatir la discriminación y la estratificación social en un país feudal en sus formas. Jeangros fue así un luchador por las libertades y la igualdad. Sin duda su dimensión más política y la que más agradecemos aquellos que traicionamos la promesa de aportar a las ciencias exactas y nos metimos en los líos sociales de éste país.
Por encima de todo Jeangros es un líder anónimo pero importante en la vida de muchas personas, familias, círculos científicos y pedagógicos en Colombia. Un hombre que fue capaz de convertir su refugio más íntimo en un faro que cuestiona, activa, estimula y sacude miles de mentes brillantes. En un mundo de tortugas fue el Aquiles que dio ventaja para estar siempre detrás y provocar una reflexión propia sobre lo que nos rodea. Sin conocerlos a todos ni saber en qué andan estoy seguro que buena parte de la materia prima y el capital humano que seguirá aportando a éste país, pasó por sus aulas.
Hay una diferencia enorme entre morir y trascender. El legado más importante de Roland Jeangros, ylo que lo hace un hombre trascendente, fue su generosidad. Compartir con humildad el ser excepcional que era y todo lo que sabía con otros, con nosotros.
¡Vaya si a este país le hace falta generosidad!, yo empezaría por ahí para construir la paz.
*Director Ejecutivo de la Fundación para la Libertad de Prensa en Colombia.
