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Tuve que escuchar esta frase en diferentes ocasiones --un sinnúmero de veces--. Esta vez fue el 10 de octubre de 2016, en un salón donde se hablaba sobre los derechos de las prostitutas por determinación. Me tomé dos semanas para meditar lo que pasó y escribir sobre este tema.
Por Mar Candela
Hace un par de semanas, la secretaria de la Mujer de Bogotá trajo unas ponentes increíbles a hablar sobre los derechos humanos integrales de las prostitutas y prostitutos a un evento que se denominó “Trabajo sexual y derecho de las mujeres”. Fue el espacio más extraordinario al que yo haya asistido sobre este tema.
Todas las ponentes hablaron con propiedad y fueron claras. Casi todo lo que explicaron coincidió con las cosas que he venido diciendo, desde hace algunos años, como “una voz en el desierto”.
“No queremos que todas las mujeres trabajen de prostitutas”, “No apoyamos el tráfico sexual y explotación en ninguna de sus maneras” y “Dejemos la doble moral: la sexualidad es lo único que realmente nos pertenece y decidir sobre ella no es solamente decidir tener relaciones sexuales sin ánimo de lucro”, comentaron. Una de las ponentes incluso dijo algo que yo estaba pensando mientras la escuchaba: “Tengo un orgasmo intelectual”.
Yo estaba fascinada. Por primera vez se habló desde la institucionalidad sobre la prostitución con una mirada humana: Sin moralina y con claridad. Lo que más me agradó de esta experiencia fue cuando una de las ponentes dijo: “No solo hablamos de los derechos laborales, sino de los derechos humanos integrales. Es decir, de todos los derechos. La vida de una prostituta no vale menos que la de otra mujer”.
Entré en éxtasis con cada cosa que decían esas personas de diferentes países, hablando claro sobre la prostitución sin doble moral, sin prejuicios y, sobre todo, con honestidad. Separaban las cosas como debe ser, explicando la importancia de no pobretear a las mujeres que deciden vender atención sexual. Feminismo Artesanal busca lograr una sociedad donde todas las mujeres, sin importar quienes seamos, gocemos de todos nuestros derechos. Y en años, es la primera vez que asisto a un evento donde se habla de prostitución como una lección de vida por las razones que sea sin revictimización ni juicios de valor.
Pero las cosas tomaron un rumbo distinto al éxtasis y a la satisfacción de escuchar, al fin, ideas de vanguardia. En este evento estaban presentes, como siempre, las mujeres que son abolicionistas. No escucharon absolutamente nada. No pudieron o no quisieron oír. Llevaron unos carteles odiosos en los cuales daban a entender que las ponentes promovían la prostitución en todas las maneras y que eran proxenetas.
Yo quería hablar. Quería decir muchas cosas. Pero los protocolos del evento no lo permitían. De repente, de un momento a otro, esas mujeres empezaron a decir que no había diálogos y a acusar a la secretaria de hacer un evento excluyente. Entonces, ya no pude evitar levantar mi voz y decir: “Sí hay diálogo, lo que no hay es entendimiento. Ustedes no quieren dialogar, solo quieren imponer su criterio”.
Insistí en felicitar a la secretaria de la Mujer por haber abierto ese espacio, en el cual, por primera vez, se hablaba de la prostitución con todas las miradas críticas y con explicaciones sensatas. Y lo mejor: hablaron mujeres que ejercieron la prostitución en algún momento de su vida. Infortunadamente, esas mujeres de los carteles no dejaban de repetir que era un evento sin diálogo y excluyente.
Entonces yo levanté mi voz y dije que era la primera vez en años que se le daba voz a quienes no somos abolicionistas. “Ustedes llevan años hablando entre ustedes”, expresé. Eso despertó el acaloramiento de una de ellas, quien no dudo en gritar, a voz en cuello y sin anestesia, “cállese, que usted nunca ha estado en condición de prostitución”.
No pude evitar temblar de la ira y responder por milésima vez: “Cállese usted. Usted no sabe si yo soy puta”.
¿Condición de prostitución? Esa es la manera en que frecuentemente algunas personas ven a las prostitutas: en una condición de disparidad mental para decidir y asumir sus decisiones. Por eso las persiguen y las quieren obligar a “rehabilitarse” como si se tratara de algún tipo de anomalía. Yo, por mi parte, veo a mujeres libres y, eso sí, quisiera que se consideraran “sujetos de especial protección” para garantizar todos sus derechos.
En todo caso, estoy muy feliz de que, al fin, desde la institucionalidad, se hable claro sobre prostitución. Esto me genera muchas esperanzas y me hace preguntarme: ¿Será que algún día mi “cuca", o la de cualquier mujer libre, dejará de ser la discusión? ¿Algún día la gente comprenderá que la “prostitución ajena” y cualquier otro tipo de prostitución que no sea voluntaria sí es delito y que de ninguna manera se pretende avalar eso?
Por último: ¿Entenderán que las mujeres decidimos sobre nuestro cuerpo y todos los aspectos de su vida sin importar si se trata de sexo con ánimo de lucro, lúdico o emocional?
Colofón:
Mientras existan mujeres mesiánicas y paternalistas imponiendo su verdad, jamás lograremos derrocar la opresión patriarcal.
* Ideóloga, Feminismo Artesanal
