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Camilo Torres: homenaje en los 60 años de su muerte

Columnista invitado EE y Ricardo Mosquera Mesa*

16 de febrero de 2026 - 12:38 p. m.

Un homenaje al líder que nos inspiró y una crítica a quienes utilizan su memoria.

El cura Camilo Torres estuvo solo cuatro meses en armas con el ELN, pues murió en su primer combate.
Foto: ARCHIVO EL ESPECTADOR
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Conocí a Camilo Torres en 1965, cuando todavía creíamos que el mundo podía cambiarse con la fuerza de las ideas y la voluntad de los pueblos. Yo era un joven bachiller libraduno, militante del Frente Unido (FU) en Neiva, ese movimiento que Camilo había encendido como una mecha en todo el país y que nos empujaba a divulgar su pensamiento como si cada conversación fuera ya un acto de transformación.

Ese año, Camilo visitó la ciudad y organizamos una movilización desde el aeropuerto La Manguita hasta el centro, donde sostuvo un debate público con el senador conservador Felio Andrade Manrique, que lo acusaba de comunista. Con la contundencia que lo caracterizaba, respondió una frase que aún retumba en mis oídos: el problema no era discutir sobre el alma, si era mortal o inmortal, sino reconocer que el hambre, la miseria y la desigualdad sí eran mortales. Esa frase selló mi adhesión al Frente Unido y definió el tono de una época.

Poco después, en una reunión clandestina en la sede del sindicato de Oficios Varios, se constituyó el Comando del FU y fui nombrado jefe de agitación y propaganda. Como tantos jóvenes de mi generación, tenía la certeza de estar participando en algo irreversible. Camilo convocaba con una inteligencia política poco común, capaz de hablarles a sectores distintos sin diluir el mensaje, y a los estudiantes les dejaba una consigna que aún recuerdo por su imperativo moral: no ser un estudiante revolucionario, sino un revolucionario estudiante.

Es desde esa memoria, y desde la autoridad que me da haber dedicado mi vida a la universidad que Camilo ayudó a construir, que me siento obligado a pronunciarme sobre lo que está ocurriendo hoy con los presuntos restos de Camilo Torres y la decisión de la Vicerrectoría de Sede de intervenir la capilla Cristo Maestro para albergarlos. La Universidad Nacional no puede tratar este asunto como si se tratara de un gesto simbólico más, sin consecuencias.

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Nadie discute la figura de Camilo Torres. Fue cofundador del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional, docente, editor, gestor de publicaciones universitarias y capellán de la capilla Cristo Maestro. En América Latina, su nombre quedó ligado a la Teología de la Liberación y a una contribución intelectual decisiva para consolidar perspectivas críticas en las ciencias sociales colombianas. Ese legado, académico e intelectual, merece el más alto reconocimiento.

Pero Camilo no se quedó en la academia. Rompió con la curia, creo el Frente Unido y buscó agrupar a quienes el Frente Nacional había excluido. Y el 18 de octubre de 1965 tomó la decisión que dividiría su vida en dos: incorporarse al ELN, una determinación que muchos militantes del FU no conocíamos. Cuatro meses después, el 15 de febrero de 1966, cayó en Patio Cemento en su primer combate, sin ningún entrenamiento, intentando desarmar a un soldado caído. Tenía 36 años. Situar a Camilo en su complejidad no lo disminuye; al contrario, evita convertirlo en icono inofensivo y honrarlo con honestidad: su legado intelectual está vigente; su apuesta por la lucha armada, no.

Esa honestidad, sin embargo, es la que hoy parece faltar en la decisión tomada por la Vicerrectoría de Sede. En un comunicado firmado por la vicerrectora Carolina Jiménez Martín, se informa que la universidad ha iniciado una intervención física en la capilla Cristo Maestro para “acoger dignamente sus restos mortales” si se confirman los estudios de identificación, y se enmarca el gesto como reconocimiento histórico y medida de gran valor simbólico, bajo la idea de una Ciudad Universitaria como “territorio de paz”.

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Hasta ahí, el lenguaje suena conciliador. El problema es que, al examinar los hechos, lo simbólico se convierte en atajo, y el atajo puede convertirse en error.

En primer lugar, al momento de escribirse este texto, la identificación no está confirmada y se avanza como si lo estuviera. La UBPD (Unidad de Búsqueda) está a la espera de análisis genéticos, con muestras enviadas a un laboratorio en Estados Unidos en diciembre de 2025, y Medicina Legal precisaba que realizaba análisis forenses, pero que no tenía bajo custodia el cuerpo.

A esa incertidumbre institucional se suma hoy una advertencia técnica que no puede ignorarse: el médico genetista Juan José Yunis señala que nadie puede asegurar con certeza que el cuerpo en poder del Estado sea el de Camilo Torres mientras no exista un informe de ADN contundente y verificable; sin ese soporte pericial, lo que se hace no es memoria sino fe. Yunis explicó además que si los restos fueron tratados con formol, como se ha sugerido en algunas versiones, la obtención de ADN de calidad puede complicarse severamente, y que la certeza depende tanto de la calidad de los huesos como de la calidad de las muestras familiares disponibles para el cotejo.

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Su llamado central es simple y, por eso mismo, devastador: doble verificación para no repetir el drama del Palacio de Justicia, cuando familias enterraron y visitaron durante años tumbas equivocadas porque el Estado entregó cuerpos mal identificados. En otras palabras, se ordenó construir un osario antes de tener certeza científica, en un caso donde el margen de error no es administrativo sino histórico y moral: ¿desde cuándo una universidad, que debería ser garante de evidencia, toma decisiones anticipando conclusiones que la ciencia todavía no ha emitido?

En segundo lugar, el destino de los restos de una persona desaparecida no es un asunto administrativo que se resuelve por la vía de un comunicado. Según los protocolos mencionados, corresponde al buscador reconocido por la UBPD decidir dónde reposan los restos, y en este caso se señala al sacerdote jesuita Javier Giraldo Moreno. Hay cadena de custodia, protocolos humanitarios y normas; una vicerrectoría no puede pasar por encima de ello, incluso si la intención se presenta como loable.

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A esto se añade otro punto decisivo subrayado por Yunis, que conviene repetir con todas sus letras: aun cuando se confirme la identidad, los restos pertenecen a la familia, y serán sus allegados quienes definan su destino final; no el Estado ni la universidad.

En tercer lugar, está el carácter laico de la Universidad Nacional. La capilla Cristo Maestro es un espacio histórico del campus, sí, pero convertirla en recinto funerario implica un acto de naturaleza religiosa que una universidad laica no debería promover institucionalmente. La neutralidad religiosa no es un detalle menor: es un principio que protege a la Institución de apropiaciones confesionales y, en un país como Colombia, también de disputas simbólicas que desbordan lo académico.

En cuarto lugar, existe un precedente incómodo. Recordemos qu cuando la esposa de Orlando Fals Borda solicitó que los restos del maestro reposaran en la Universidad Nacional, la respuesta fue negativa. Si eso fue así, ¿con qué criterio se abre ahora una excepción y cómo se evita que la institución termine convertida, por acumulación de gestos “excepcionales”, en un camposanto? Pero incluso si se ignoraran los procedimientos, queda algo más delicado: el mensaje político. Aquí tenemos una secuencia de hechos que no parecen casuales: el hallazgo anunciado inicialmente por el ELN, la propuesta de traslado a la Universidad Nacional, las obras en la capilla, la aparición de grafitis alusivos al ELN dentro del campus y una eucaristía programada para el 15 de febrero, aniversario 60 de la muerte de Camilo. En un contexto de diálogos de paz inciertos y violencia persistente, depositar los restos de Camilo en la Universidad Nacional no es un acto neutro de memoria académica; es un gesto cargado de simbolismo, susceptible de instrumentalización por quienes aún sostienen la utopía de la vía armada. ¡La universidad no puede enviar ese mensaje!

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Honrar la memoria de Camilo exige reconocerlo como lo que fue: un intelectual brillante, un hombre de convicciones profundas, un fundador de instituciones académicas que transformaron el pensamiento colombiano. Y por eso mismo, el homenaje más alto no es convertir una capilla en mausoleo, ni apresurar una obra mientras la ciencia no termina su trabajo. Si algo advierte Yunis es que, en materia de restos humanos, la prisa no es eficacia sino riesgo: sin informe pericial claro y sin verificación independiente, la solemnidad puede terminar sosteniendo un error irreversible. La universidad puede enaltecerlo desde lo académico, incentivar el debate sobre su legado intelectual y su época histórica, sin abrir un espacio que será disputado por actores del conflicto armado. Hemos sostenido: la universidad es foro de debate no campo de combate.

La Universidad Nacional es la institución de educación superior más importante del país y su misión no es ser santuario ni instrumento político de ninguna orilla. Sus directivos tienen el deber de protegerla de las presiones políticas y de urgencias que no le corresponden. Camilo Torres merece más que un osario construido a las carreras, detrás de un plástico negro, para unos restos que quizá no sean los suyos. Merece ser recordado con seriedad, profundidad y honestidad. ¡Insistamos en lo que nos une y prescindamos de lo que nos separa!

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* Representante de los exrectores al Consejo Superior de la Unal de Colombia. Autor de “Utopías de los años 60’s: ¡Queríamos cambiar el mundo”!

Por Ricardo Mosquera Mesa*

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