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Estamos ante un ejercicio democrático en el que participar significa asumir una responsabilidad por lo común. En el fondo de todo proceso electoral hay una pregunta importante: ¿cómo queremos vivir juntos? La pregunta resulta exigente en el contexto de una segunda vuelta presidencial que nos presenta dos visiones de país profundamente distintas. A ello se suma un escenario marcado por desconfianzas acumuladas, una deliberación pública empobrecida, emociones exacerbadas y el miedo al otro convertido en una poderosa fuerza política.
Si bien la historia no se define únicamente en las urnas, el tipo de ciudadanía que se ejerce antes, durante y después de votar puede marcar diferencias decisivas. Por ello, este es un momento para abrazar con seriedad la responsabilidad democrática.
Las elecciones suelen concentrar la atención pública en los candidatos, las campañas, las encuestas y los programas de gobierno. Sin embargo, el ejercicio democrático ciudadano no se agota el día de la votación. Después del resultado, cualquiera que este sea, nuestro país seguirá aquí. Habrá una celebración, una derrota, tensiones emergentes y grandes expectativas. Nos levantaremos el 22 de junio en esta Colombia de desigualdades y violencias; de regiones, comunidades, jóvenes, familias y empresarios que buscan un mejor futuro; de instituciones que necesitan legitimidad y confianza; y de millones de ciudadanos trabajadores que desean un país más justo.
La vida en sociedad la construimos los ciudadanos antes, durante y después de las elecciones, desde los espacios cotidianos donde se edifica la cultura democrática. También en la manera como tratamos al que piensa distinto, como fiscalizamos a quienes gobiernan y en el tipo de liderazgo que valoramos. No todos ocupamos cargos públicos o tomamos decisiones de gobierno, pero todos participamos en la construcción cotidiana del país.
A pocos días de la segunda vuelta electoral, la pregunta no es sólo quién llegará al poder, sino cómo asumimos nuestra responsabilidad ciudadana: ¿somos consumidores acríticos de información? ¿Hemos permitido que el miedo y la indignación definan nuestras posturas? ¿Nos hemos limitado a ser espectadores de una disputa por el poder?
Un factor fundamental de la responsabilidad ciudadana es el tipo de relación que establecemos con la información. Informarse exige verificar antes de compartir; distinguir entre información, opinión y propaganda; contrastar fuentes confiables; evitar versiones únicas y reconocer los propios sesgos. Implica identificar contenidos que apelan al miedo, la rabia, el escándalo, los montajes o los llamados urgentes a difundir, y entender que la mentira puede circular con apariencia de verdad. Ser ciudadanos responsables supone comprender que las plataformas digitales y sus algoritmos pueden amplificar ciertos mensajes y ocultar otros.
Vienen meses difíciles, en los que nuestra responsabilidad ciudadana deberá asumir los desafíos ineludibles de dar cauce al desacuerdo, tramitar las diferencias, tender puentes y crear las condiciones necesarias para reconstruir la confianza y para respondernos cómo queremos vivir juntos.
Nuestra tarea como ciudadanos responsables será un trabajo cotidiano y paciente para contribuir a que las diferencias no destruyan la convivencia pacífica, no conviertan al que piensa diferente en enemigo, al lenguaje en arma de destrucción y a la política en un enfrentamiento violento.
De quien resulte electo esperamos que sea capaz de crear los vínculos que necesita la democracia y ejerza el poder como una responsabilidad pública y una oportunidad para cuidar lo común.
* SJ, rector de la Pontificia Universidad Javeriana.