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Colombia tiene tareas pendientes en innovación

Columnista invitado EE y Juan Felipe Acosta S.*

15 de enero de 2026 - 03:24 p. m.

En los cursos que he dictado sobre Derecho e Innovación siempre comienzo por lo segundo. Algunos alumnos esperan con ansias que empiece a explicar las figuras de la propiedad intelectual y cómo pueden utilizarse para capturar el valor generado por la innovación. Se sorprenden cuando inicio la clase armonizando primero la idea que tenemos sobre qué significa innovar.

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Innovar es una expresión manida. Se utiliza para múltiples propósitos y, en muchos casos, como simple sinónimo de hacer algo diferente o de generar valor mediante reorientaciones o reinvenciones. Uno de los autores que más la emplean en un sentido amplio —y, a mi juicio, impreciso— es Peter Drucker. Aunque le otorga una enorme relevancia, al asumirla en un sentido tan lato termina por desdibujarla. Drucker sostiene que innovar puede consistir en nuevas combinaciones de lo preexistente, nuevas aplicaciones o nuevos modelos de negocio, y que hay innovación siempre que algo sea nuevo para la empresa, para el mercado o para el cliente.

Sin embargo, la evidencia muestra que la verdadera innovación surge del entendimiento profundo del estado del arte, no de un brainstorming bien dirigido. Las metodologías ágiles pueden conducir a buenas soluciones comerciales, pero no necesariamente a soluciones genuinamente innovadoras. Para hablar de innovación deben articularse varios elementos.

En primer lugar, y de manera fundamental, están los procesos de la organización de que se trate. No puede hablarse de novedad universal cuando ni siquiera existe una adecuada gestión del conocimiento interno, cuando no se sabe con claridad qué se hace o cómo se hace. En segundo lugar, aparece el sistema de calidad, que armoniza los procesos y sigue la premisa básica de escribir lo que se hace y hacer lo que se escribe. A partir de esa base, puede incorporarse una capa de inteligencia de negocio y de inteligencia tecnológica, con todas sus herramientas: vigilancia tecnológica, reportes de inteligencia tecnológica y competitiva, análisis generales del estado del arte, landscapes, mapeos tecnológicos y niveles de madurez tecnológica (TRLs).

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A medida que se construyen las soluciones, surgen herramientas aún más analíticas, como los estudios de libertad de operación, clearance, assessment, revisión de familias de patentes, claim charting, definición de patentes esenciales para estándares (SEPs), tech scouting, benchmarking, análisis de brechas, entre otras. Solo cuando existe un proceso organizado puede hablarse propiamente de innovación, y es allí donde las herramientas de propiedad intelectual juegan un papel central.

El principal auditor de ese proceso innovador es el sistema de patentes, en sistemas más o menos sofisticados. El análisis que realiza un examinador de patentes replica el de un auditor: una revisión profunda del estado del arte y la verificación, mediante documentos identificados en su búsqueda, de que dicho estado fue efectivamente considerado. La concesión de una patente es, por tanto, también un sello de que el sistema de innovación está orientado en la dirección correcta. Cuando una patente es negada, ver el vaso medio vacío implica concluir que el proceso fracasó; ver el vaso medio lleno supone entender que el sistema funcionó como un auditor del proceso. Los auditores pueden equivocarse, desde luego, pero cualquier retroalimentación bien recibida fortalece y nutre el proceso de innovación empresarial.

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Cuando una patente es el resultado de un buen sistema de innovación, casi siempre tendrá impactos comerciales. Las patentes funcionan como indicadores de valor empresarial, permiten una plusvalía en el precio derivada no solo de la solidez de la protección jurídica, sino del éxito comercial del producto y de la ausencia de sustitutos. Además, la publicación de información en el sistema de patentes genera una ganancia colectiva para la humanidad: una suerte de Biblioteca de Alejandría moderna, universalmente consultable, que puede ser utilizada precisamente por quienes comprenden la innovación de manera adecuada.

En Colombia se ha venido construyendo un ecosistema de innovación desde hace años, pero aún adolece de falta de inversión y, en muchos casos, de un entendimiento real de estos conceptos. La agenda política del próximo presidente, quienquiera que sea, debería contemplar la construcción de una política de incentivos más profunda a la inversión en innovación (ya existe, pero es tímida comparada con otras en el mundo), así como el fortalecimiento de capacidades calificadas para diseñar procesos que respalden la innovación desde sus bases y ejercicios de cooperación internacional que permitan verdaderos saltos industriales. Aunque el desarrollo de la economía digital es el “mango bajito”, no resulta suficiente si se aspira a un país con horas de trabajo más productivas, capaz de generar riqueza colectiva y mejorar la calidad de vida de su población. Al final, no se trata de innovar por innovar, sino de innovar porque es un buen negocio para todos.

* Regional manager de ClarkeModet Colombia

jacosta@clarkemodet.com

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Por Juan Felipe Acosta S.*

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