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Hace poco, en el Foro de Educación 2025 de la Fundación Barco, me senté frente a tres estudiantes de La Guajira, Sucre y Cesar. Escucharlas fue vivir de cerca el sentimiento de un país que, a pesar de las dificultades, aún cree firmemente que una vida mejor nace con el permanecer en la escuela. Una de ellas, con la mirada firme dijo: “a todos los chicos que piensan en abandonar sus estudios me gustaría decirles que no lo hagan porque es el camino que nos llevará a un mejor futuro”.
A pesar del optimismo y la esperanza de un mejor futuro gracias a la educación, el permanecer en la escuela sigue siendo un inmenso reto para nuestros jóvenes. El 91 % de los 2.180 estudiantes consultados en nuestro programa ESCALA en 17 departamentos del país cree que la educación puede darle un futuro mejor y el 80 % quiere seguir estudiando después del bachillerato. Sin embargo, el 13 % de los estudiantes ha pensado en dejar el colegio. No son simples números, son jóvenes con nombres, con historias, con razones reales para pensar en el abandono.
Detrás de cada estudiante que se va hay una red de factores que se combinan: dificultades económicas, largas distancias hasta escuelas con poca infraestructura o docentes, necesidad de trabajar, embarazo adolescente, desmotivación, violencia, discriminación, o la sensación de no pertenecer, entre muchos otros. En Colombia, 335.000 estudiantes abandonaron el sistema en 2023. Esto es como si toda la población de Popayán dejara los estudios. Más de la mitad de los jóvenes entre 15 y 17 años no están en la escuela. Este es un problema grave y creciente, pero es un tema huérfano que no ocupa el lugar que debería tener en la agenda pública.
Frente a este preocupante panorama no hay mucho tiempo para actuar, pero hay caminos para transformar. Para identificar las alternativas es fundamental escuchar más a los estudiantes y el porqué de su intención de abandono, ajustar los currículos a sus contextos y abrirles caminos hacia la educación técnica y superior.
Justamente, distintos expertos que han dedicado su vida a entender por qué los jóvenes permanecen o se van del sistema educativo coinciden en que la clave está en el acompañamiento y el sentido de pertenencia. Robert Balfanz, de la Universidad Johns Hopkins, asegura que el aula debe convertirse en un espacio seguro, un lugar de confianza y de vínculo. Elaine Allensworth, de la Universidad de Chicago, insiste en la importancia de identificar a tiempo a los estudiantes en riesgo de desertar y apoyarlos antes de que sea tarde. Y Joaquín Walker, del Ministerio de Educación de Chile, invita a pensar en trayectorias más flexibles, que reconozcan que la vida de muchos jóvenes no encaja en los moldes rígidos del sistema tradicional.
Si logramos avanzar en esta dirección, como lo plantearon los expertos durante el Foro de Educación de la Fundación Barco, muchas de las causas por las cuales los jóvenes abandonan ya no existirían. La permanencia no es responsabilidad exclusiva de los colegios: es una tarea colectiva.
Cuando un niño o una niña se va de la escuela, todos perdemos. Perdemos talento, sueños, posibilidades de transformación y progreso. Perdemos futuro. Por eso, desde la Fundación Barco seguiremos trabajando con convicción en territorios rurales para construir soluciones que integren escuela, familia y comunidad. Sabemos que los problemas son grandes. Pero también sabemos que, con decisión, compromiso, soluciones innovadoras y escuchando a la comunidad, es posible transformar vidas.
*Alfonso Otoya es director de la Fundación Barco.