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Convertir el conocimiento en valor público

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Columnista invitado EE: José Ismael Peña Reyes*
24 de agosto de 2026 - 09:56 p. m.
Estudiantes aprovechan el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá para tomar clase al aire libre.
Estudiantes aprovechan el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá para tomar clase al aire libre.
Foto: Cortesía Archivo Unimedios
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La Universidad Nacional de Colombia atraviesa uno de esos momentos que obligan a mirar más allá de la coyuntura. Mientras nos preparamos para la elección de nuevas decanas y decanos, vale la pena recordar que estos cargos representan mucho más que una responsabilidad administrativa o académica. Son espacios de liderazgo desde los cuales se define, en buena medida, la universidad que acompañará a Colombia durante las próximas décadas.

Quienes asuman estas funciones encontrarán una realidad profundamente distinta a la que enfrentaron generaciones anteriores. La educación superior vive una transformación histórica impulsada por cambios demográficos, revoluciones tecnológicas, exigencias crecientes de sostenibilidad, nuevas expectativas de los jóvenes y demandas sociales cada vez más complejas. A ello se suman los efectos del cambio climático, las crisis humanitarias locales y globales, la acelerada transformación del mundo del trabajo y la necesidad de fortalecer las capacidades institucionales para responder a emergencias y desastres. La experiencia reciente del terremoto ocurrido en el occidente del país demostró tanto el enorme compromiso de nuestra comunidad universitaria como las limitaciones que aún debemos superar: más de 400 estudiantes, docentes y egresados participan en las labores de apoyo, acompañados de una movilización humanitaria sin precedentes en la historia de la Universidad.

Formación integral, sostenibilidad y gestión del conocimiento en el territorio

Una institución de carácter nacional como la nuestra debe avanzar hacia capacidades más permanentes de preparación y respuesta, que le permitan actuar de manera coordinada con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, las gobernaciones y las alcaldías, garantizando una presencia más eficaz, oportuna y articulada en los territorios que enfrentan situaciones de crisis.

Para una institución como la Universidad Nacional de Colombia, estos desafíos tienen una dimensión especial. Nuestra misión no se limita a la formación de profesionales. El marco normativo que nos rige y nuestra propia tradición institucional nos convoca a contribuir al desarrollo del país, fortalecer la democracia, aportar a la construcción de paz, cerrar brechas territoriales y producir conocimiento útil para la transformación social. Ello exige una universidad en la que las funciones misionales de docencia, investigación y extensión se articulen de manera mucho más coherente, pertinente y efectiva, de modo que el conocimiento generado en sus aulas y laboratorios se traduzca en soluciones concretas para los problemas nacionales y regionales. En esa tarea, el Plan Estratégico Institucional PLEI 2034 constituye una hoja de ruta ambiciosa y necesaria: una universidad integrada con los territorios, comprometida con la formación integral, la sostenibilidad, la gestión del conocimiento, el liderazgo colectivo y la construcción de nación.

El cambio demográfico que vive Colombia y la disminución de la natalidad están modificando la estructura de nuestra población y, en consecuencia, el perfil de quienes llegarán a las aulas universitarias. Habrá menos jóvenes en edad de ingresar a la educación superior, pero llegarán con expectativas más altas, trayectorias más diversas y necesidades más complejas. Por ello, el debate universitario ya no puede concentrarse exclusivamente en el crecimiento de la matrícula. Debemos garantizar acceso, permanencia, graduación oportuna y oportunidades reales de aprendizaje a lo largo de toda la vida. La pregunta central no es únicamente cómo atraer estudiantes, sino cómo acompañarlos en la construcción de un proyecto de vida con sentido individual y colectivo.

Las nuevas generaciones también nos exigen una profunda transformación académica. Reclaman programas más flexibles, interdisciplinarios e internacionales; una formación conectada con las tecnologías emergentes y comprometida con la solución de problemas sociales concretos. Aspiran a desarrollar competencias científicas y profesionales, pero también capacidades humanas, éticas, ciudadanas, de liderazgo y de adaptación personal y profesional a un mundo cambiante.

En consecuencia, las facultades no pueden limitarse a introducir ajustes marginales en los currículos. Necesitan liderar procesos de renovación académica que hagan posible una formación verdaderamente integral y coherente con los desafíos del siglo XXI.

Interactuar con sistemas inteligentes de manera responsable

En este contexto, la inteligencia artificial ocupa un lugar central. Ya está transformando la enseñanza, la investigación, la innovación y el ejercicio profesional en prácticamente todos los campos del conocimiento. Ninguna disciplina permanecerá ajena a esta revolución. Sin embargo, el desafío no consiste simplemente en incorporar nuevas herramientas tecnológicas. La verdadera tarea es formar ciudadanos capaces de interactuar con sistemas inteligentes de manera ética, crítica y responsable. Debemos fortalecer aquellas capacidades que continúan siendo esencialmente humanas: el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación, la empatía y el juicio ético. La transformación digital no es solo tecnológica; es también cultural, organizacional y pedagógica.

Otro desafío fundamental es la sostenibilidad. La educación superior pública enfrenta restricciones estructurales que obligan a fortalecer la investigación, la innovación, la educación continua y las alianzas estratégicas como mecanismos para ampliar sus capacidades. Pero la sostenibilidad no puede entenderse únicamente en términos financieros. También exige construir formas de gobierno más transparentes, participativas y legítimas. La gobernanza universitaria del futuro requerirá fortalecer la autonomía institucional, la confianza entre los actores universitarios, la deliberación informada, la rendición de cuentas y la toma de decisiones basada en evidencia.

En paralelo, debemos reconocer algo que hoy resulta incuestionable: el éxito académico depende profundamente de las condiciones de bienestar de las personas. La salud física y mental, el acompañamiento académico, la inclusión, la equidad, la accesibilidad, la cultura, el deporte y la convivencia no son asuntos complementarios; son componentes esenciales de cualquier proyecto educativo exitoso.

Transformar realidades y generar conocimiento para las regiones

La Universidad debe consolidarse como una comunidad de aprendizaje, cuidado y corresponsabilidad. Formar profesionales excelentes exige, al mismo tiempo, formar ciudadanos autónomos, críticos, solidarios y comprometidos con el bien común. Nuestra responsabilidad, además, trasciende ampliamente los campus universitarios. La Universidad Nacional está llamada a estudiar los problemas nacionales, apoyar técnicamente al Estado, generar conocimiento para las regiones y contribuir a la construcción de una sociedad más democrática, pluralista, incluyente y sostenible. La pertinencia de nuestro trabajo se mide cada vez más por su capacidad de transformar realidades.

Por lo anterior, resulta indispensable profundizar la relación de las facultades con los territorios y las comunidades. No únicamente mediante proyectos de investigación, sino también a través de programas de formación flexibles, educación continua, propuestas académicas, en alianzas con otras instituciones, con enfoque territorial y capaces de responder a necesidades concretas de las regiones.

En esa misma dirección, la Universidad debe seguir siendo un espacio privilegiado para el diálogo democrático y la construcción de ciudadanía. La paz no puede entenderse únicamente como ausencia de conflicto. También significa desarrollar capacidades para tramitar las diferencias mediante mecanismos democráticos, incluyentes y respetuosos. Cada facultad tiene una responsabilidad directa en la construcción de esa cultura cívica que tanto necesita el país. Las responsabilidades universitarias también están cambiando debido al avance del cambio climático, las emergencias sanitarias y los desastres naturales. Los recientes acontecimientos que han afectado distintas regiones del país recuerdan que las instituciones de educación superior deben fortalecer su capacidad de respuesta frente a las crisis.

La Universidad Nacional de Colombia debe avanzar hacia la construcción de capacidades permanentes para la gestión del riesgo, la resiliencia territorial y la atención de emergencias. Esto implica formar profesionales especializados, rescatistas, brigadistas y líderes comunitarios desde todas las áreas del conocimiento. Las ciencias, las artes, las ingenierías y las ciencias de la salud y de la vida, tanto humana como animal y vegetal, tienen un papel decisivo en la protección de la vida y en la recuperación de los territorios afectados.

La reconstrucción nacional como una misión universitaria

Las emergencias de gran escala también nos recuerdan que la reconstrucción nacional debe asumirse como una misión universitaria. La investigación aplicada, la innovación tecnológica, la salud pública, la planeación territorial, la recuperación económica y la reconstrucción comunitaria deben articularse dentro de una visión moderna de responsabilidad social universitaria. Programas como Gestión Territorial y Oceanología representan oportunidades para fortalecer una presencia verdaderamente nacional y transformadora de nuestra institución.

A la vez, las facultades están llamadas a liderar la construcción de campus cada vez más sustentables y resilientes. Debemos avanzar en eficiencia energética, gestión ambiental, infraestructura adaptada a los riesgos climáticos y cumplimiento efectivo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La Universidad Nacional puede y debe convertirse en un referente nacional e internacional en adaptación climática y sostenibilidad.

Finalmente, las futuras decanaturas serán evaluadas no por la administración de la rutina, sino por su capacidad para convertir el conocimiento en valor público. Su liderazgo deberá traducirse en transformaciones verificables para la comunidad universitaria y en una mayor contribución a la solución de los problemas de los territorios y de la nación.Necesitamos construir, con nuestras comunidades académicas, rutas de trabajo que superen las urgencias del corto plazo y se articulen con la visión estratégica del PLEI 2034. Pero también debemos pensar en algo más amplio: un verdadero sistema de educación superior articulado, capaz de trabajar conjuntamente con el Sistema Universitario Estatal, ASCUN, ACIET, el SENA y los demás actores educativos del país, que acompañen a las personas desde la primera infancia hasta la formación a lo largo de toda la vida, contribuyendo así efectivamente a la transformación de Colombia. Las futuras decanaturas deben liderar colectivamente la transformación de la Universidad Nacional de Colombia, renovar disciplinas, construir nuevas rutas de formación para las generaciones venideras y convertir la excelencia académica en una fuerza efectiva para la construcción de nación. El futuro de la Universidad y el futuro del país siguen estando profundamente ligados y debemos entender y asumir el momento que vivimos ahora mismo, para actuar en consecuencia.

* Rector de la Universidad Nacional de Colombia

Por José Ismael Peña Reyes*

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