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Hace unos meses usé el sarcasmo en el Congreso, algo que al parecer el “Centro Democrático” no entiende o que finge no entender para poder conseguir likes y mantener el debate en una profunda superficialidad. Lo usé para referirme a la dificultad de tener certezas a la hora de determinar el resultado de una u otra estrategia para el manejo macroeconómico. Al final, aunque el timón del Ministerio de Hacienda y el Banco de la República viren hacia un lado en algunos temas (en otro momento habrá que ahondar en lo que pasa si viran hacia distintos lados), las variables externas y locales que afectan nuestra economía son tantas y tan diversas que solo podemos sentarnos a rezar para que todo suceda como esperamos.
Y es que mucho se dice sobre las razones o culpas de la situación actual de nuestra economía: los precios de los combustibles, la Reserva Federal de Estados Unidos, la guerra en Ucrania, el “petrismo”, la democracia, los tenis, etc. Sin embargo, la mayor preocupación para la billetera de los ciudadanos es la inflación y por lo tanto también debe serlo para sus gobernantes. La situación se agrava en esta época pues se estaba negociando el salario mínimo para el próximo año, llegamos a la cifra de inflación más alta de esta década. Los trabajadores y los sindicatos esperan un alza importante del salario mínimo lo cual podría aumentar la inflación y disminuir el poder adquisitivo, generando una contradicción entre objetivos y fines.
Queremos que a la gente no le cueste tanto la canasta familiar, para lo que se necesita mayor poder adquisitivo. Sin embargo, si subimos los salarios, suben los precios, lo cual ha llevado al ministro Ocampo a plantear una solución alternativa: la desindexación del salario mínimo de algunos productos, es decir, algunos precios no subirán con el salario mínimo y se controla en alguna medida la inflación.
Una de las principales tareas de los bancos centrales, en este caso del Banco de la República, es el control de la inflación, para lo cual modifican las tasas de interés. La teoría económica nos dice que si aumentamos las tasas de interés incrementa el ahorro y por lo tanto se reduce la cantidad de dinero circulando en la economía. Esta teoría se basa en la providencia divina de la economía: la oferta y la demanda.
Sin embargo, al parecer los astros no se alinearon esta vez, o por lo menos no lo han hecho tan rápido como se desearía. A pesar de tener una tasa de intervención histórica del 11 %, tenemos una inflación aún más histórica del 12,53 %. En agosto de este año, John Cochrane escribía en el Wall Street Journal titulares como: “Nadie sabe cómo las tasas de interés afectan la inflación”. En este mismo diario, Tom Fairless nos decía también que el resultado del control inflacionario por la subida de las tasas de interés puede tener un rezago prolongado. En general, muchos economistas han llamado la atención acerca de cómo los mercados no aguantan una subida tan rápida de las tasas de interés y, por ejemplo, que para que esto tenga efecto es necesario pasar por una recesión primero.
Lo que sí sabemos es que la subida de las tasas de interés no ha disminuido el consumo de los colombianos: en noviembre vimos cómo el gasto de consumo final creció un 6,7 % frente al mismo periodo del año pasado. Al final, el que sí se ve beneficiado por esta teoría económica es el sistema financiero mundial y especialmente el sistema financiero colombiano. La tasa de usura en Colombia ha pasado de ser 25,98 % en enero de 2021 a 41,46 % en diciembre de 2022. Esto es un aumento del 60 %, cuando en otros países la tasa de interés en consumo no puede superar el 18 %. La deuda crece, la inflación crece y los colombianos siguen endeudándose. En últimas, al parecer a los ciudadanos nos ha tocado mercurio retrógrado, pero a los bancos un buen augurio.
P. D. El nombramiento de Luis Alberto Moreno en la junta de Nubank le añade sin duda experiencia al unicornio colombiano, ojalá esta experiencia no convierta en un banco tradicional a la tan esperada disrupción.
* Representante a la Cámara por el Pacto Histórico.