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¿De La Espriella fascista?

Columnista invitado EE y Santiago Vélez Posada

19 de junio de 2026 - 12:00 a. m.
“Abelardo de la Espriella puede ser exagerado, incómodo, estridente, teatral y discutible, pero fascista no es”: Santiago Vélez Posada.
Foto: Óscar Pérez
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En Colombia se volvió costumbre llamar fascista a todo lo que le incomoda a cierto sector de la izquierda. Abelardo de la Espriella es fascista. La seguridad es fascismo. La patria es fascismo. La familia es fascismo. La misa es fascismo. El orden es fascismo. Y si alguien niega ser fascista, entonces esa es la prueba de que es fascista.

La palabra dejó de funcionar como una categoría histórica y se convirtió en un arma política. Ya no sirve para describir un fenómeno concreto, sino para hundir al adversario, fabricar un enemigo y, de paso, darse importancia frente a él. Si el otro es fascista, quien lo denuncia ya no es un opinador más. Es un héroe de la resistencia que ya no discute con un candidato de derecha, sino que lucha contra el nuevo Mussolini.

Por eso, conviene tomarse la palabra en serio. Fascismo no significa “derecha que me cae mal”. Tampoco equivale a una estética patriótica, una agenda conservadora, un discurso religioso o una política dura de seguridad. Todo eso puede ser criticable, pero fascismo es otra cosa.

El fascismo supone partido único, culto total al Estado, anulación del pluralismo, destrucción de contrapesos, movilización política violenta y desprecio por la democracia liberal. Mussolini lo resumió con una claridad brutal: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. No hablaba de estilo, sino de ambición totalitaria.

Por eso la acusación contra de la Espriella es tan floja. Se le puede criticar mucho, pues su estilo es duro, teatral y provocador. Sus frases irritan y sus promesas deben examinarse con lupa. Pero no propone abolir las elecciones, cerrar el Congreso, prohibir partidos, instaurar un partido único ni convertir al Estado en dueño absoluto de la sociedad.

De hecho, buena parte de su discurso va en dirección contraria: propiedad privada, libre empresa, reducción del Estado y rechazo a una Constituyente. Se puede estar en desacuerdo con todo eso. Lo que no se puede es llamar totalitario a quien, al menos en esos puntos, propone limitar al Estado y preservar el marco constitucional.

Lo que ha construido cierta izquierda es un fascismo por collage. Ponen a Mussolini al lado de Abelardo, citan a Umberto Eco, mencionan a Dios, patria y familia, agregan a Bukele, Milei y Trump, y esperan que el lector confunda asociación con demostración. También armaron un escándalo con la frase “por la razón o por la fuerza”, como si fuera una clave secreta del Duce, cuando es literalmente el lema del escudo de Chile. “Por la razón o por la fuerza” es la descripción de cualquier Estado funcional. Primero viene la razón: la ley, el procedimiento, la orden judicial, la sentencia. Pero si alguien se niega a cumplir, aparece la fuerza legítima del Estado. De lo contrario, no hay autoridad, sino anarquía. La palabra fascismo se volvió cómoda porque evita pensar. Evita preguntarse por qué tanta gente quiere seguridad, por qué tienen miedo, por qué se cansaron del crimen, del desgobierno y de la superioridad moral de quienes los tratan como bárbaros por pensar distinto. Es más fácil decir “fachos” que escuchar al país real. El abuso de esa palabra no protege la democracia, sino que la empobrece. Cuando todo es fascismo, nada es fascismo. Pero lo más grave de esta moda no es llamar fascista a un candidato sin pruebas, sino invitar a romper amistades y lazos familiares con quienes piensan votar por él. Primero se convierte al adversario en monstruo y luego a sus votantes en parias morales con los que hay que cortar. Eso no es antifascismo sino sectarismo, y de la peor especie, porque se disfraza de virtud y pide, en nombre de la democracia, exactamente lo que el fascismo siempre quiso: que la política invada la casa, la mesa y la amistad, y que nadie quede a salvo de la sospecha. Abelardo de la Espriella puede ser exagerado, incómodo, estridente, teatral y discutible, pero fascista no es.

Por Santiago Vélez Posada

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