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Escribo desde Quibdó, donde vivo. La ciudad se siente distinta desde el terremoto. Hay casas apuntaladas y familias que miran con desconfianza sus techos. Pero lo más difícil es entender lo que significa perder una casa en el Chocó.
Pienso en Pastora Mena. La conozco hace diez años. Vive en el barrio Samper. Su casa quedó afectada y tendrá que reconstruir buena parte. Aunque llevaba años viviendo allí, todavía seguía haciéndole trabajos. Nunca había terminado de construirla.
Eso no es extraño aquí.
En el Chocó muchas casas se construyen como se construye una vida: poco a poco. Primero una habitación; después se mejora el techo; cuando aparece algún ingreso se compra cemento, se cambia una pared o se pone el piso. No siempre hay crédito para construir todo de una vez. Hay esfuerzo, paciencia y años.
Por eso, cuando aquí se cae una casa, no se caen solamente paredes. Se pueden venir abajo décadas de trabajo familiar. Se pierde vivienda, patrimonio y ahorro. Y muchas veces no hay seguro para empezar otra vez.
Las cifras preliminares muestran la tragedia: más de 43.000 personas damnificadas, más de 10.000 familias afectadas y cientos de viviendas destruidas, además de heridos y fallecidos.
Pero desde Quibdó esas cifras tienen nombres y lugares. Son familias de nuestros barrios. Son noticias de San José del Palmar y Nóvita, cerca del epicentro; de Istmina, Medio San Juan, Condoto, Unión Panamericana y otros municipios. Son personas preguntando por dónde empezar.
También he visto una solidaridad enorme. Empresas, fundaciones, cooperación internacional, organizaciones sociales quieren ayudar. El reto es que no se disperse.
La emergencia exige atender lo urgente. Pronto tendremos que reconstruir. Pero algo debe estar claro: reconstruir el Chocó no puede significar devolverlo exactamente al lugar donde estaba antes del terremoto.
Antes del sismo ya teníamos déficits de vivienda, infraestructura, servicios públicos y capacidad institucional. Si reconstruimos las mismas vulnerabilidades, habremos perdido una oportunidad.
Necesitamos reconstruir la casa de Pastora y las de miles de familias, pero también construir mejor. Que los recursos públicos, privados y de cooperación respondan a prioridades comunes; que las autoridades definan dónde están las mayores necesidades; y que quienes podemos articular recursos lo hagamos sin sustituir al Estado.
La coordinación será tan importante como el cemento.
Y debemos mirar más lejos. La reconstrucción tiene que conectarse con una visión de largo plazo: con mejores capacidades para preparar proyectos y con instituciones capaces de convertir la solidaridad de estas semanas en inversiones que produzcan cambios duraderos.
Vivir aquí hace imposible mirar esta tragedia como una estadística. Duele ver perder en segundos lo que a alguien le tomó media vida construir. Pero también obliga a preguntarnos qué haremos con la atención que hoy tiene el Chocó.
Colombia suele mirar al Chocó desde sus carencias. Y sí, somos uno de los territorios con mayores brechas del país. Pero no somos solamente eso. Somos biodiversidad, agua, dos océanos, cultura, talento y posición estratégica.
Cerrar las brechas del Chocó no es únicamente reparar una deuda. Es también una oportunidad para Colombia de crear capacidades, nuevas economías y riqueza.
Hoy tenemos que reconstruir casas. Si hacemos bien las cosas, podemos también empezar a reconstruir la manera como Colombia mira al Chocó.
* Politólogo. MA en Estudios Latinoamericanos Interdisciplinarios. Director de Progresa Chocó.