Lo que el escándalo de Thélyson Orélien esconde sobre el arte literario.

El reciente escándalo que ha sacudido el ambiente literario en Francia, a raíz de la novela C’étaient ça ou mourir (Era eso o morir), del escritor canadiense de origen haitiano Thélyson Orélien, deja ver la profunda resistencia atávica ante lo desconocido. Acusado de haber recurrido a la inteligencia artificial para redactar su obra —un veredicto emitido de forma sumaria por programas detectores tan probabilistas como el propio contenido que pretenden juzgar—, el autor ha sido sometido a un tribunal de inquisición mediática que ve en la tecnología una afrenta directa a la "sagrada" pureza del genio creador. Este linchamiento digital no solo revela una peligrosa fetichización del autor solitario, sino una incomprensión palmaria de lo que significa escribir.
Pretender que la lengua o los archivos de la cultura pertenecen de manera exclusiva a quien los plasma en un papel es ignorar la naturaleza misma del hecho literario. El conocimiento universal, el idioma y las estructuras narrativas no son propiedad privada. Son un bien común, un repertorio heredado que nos precede y nos excede. Las palabras son de todos y de nadie. Pretender blindar la creación contra las herramientas de nuestra época equivale a negar la genealogía misma de la literatura experimental.
Desde la perspectiva jurídica y ética, la cruzada contra la IA en nombre de los derechos de autor incurre en un anacronismo conceptual. El derecho de autor jamás protegió las ideas, los datos ni el acervo cultural acumulado, sino la forma tangible en que una voz particular los organiza. La IA no es un plagiario que roba propiedad ajena, sino un catalizador que procesa el patrimonio intelectual colectivo —aquel que por derecho nos pertenece a todos— para devolverlo como materia prima. Exigir que la tecnología no abreve de la cultura humana equivale a prohibirle a un escritor leer la biblioteca universal antes de sentarse a redactar. La IA no vulnera la autoría. La descentraliza y la amplifica, transformando la tradición en un laboratorio dinámico de acceso abierto.
A lo largo del siglo XX, los grandes creadores demostraron que el artificio, la norma y el azar mecánico no restan autenticidad, sino que potencian la libertad expresiva. Bastaría recordar al Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle), el célebre taller de literatura potencial fundado en 1960, biuscando la belleza a través de restricciones matemáticas y algoritmos lingüísticos artesanales.
¿Acaso carecía de alma Raymond Queneau cuando publicó Cien mil millones de poemas (Cent mille milliards de poèmes), un artefacto impreso en tiras móviles donde la combinatoria matemática genera más sonetos de los que un ser humano podría leer en miles de años? ¿O Georges Perec, quien escribió la monumental La desaparición (La Disparition) bajo el severo lipograma de omitir por completo la vocal "e", o concibió la arquitectura de La vida instrucciones de uso mediante ecuaciones de cuadrados latinos y el recorrido del caballo en ajedrez?
A este movimiento perteneció también Italo Calvino, quien exploró las capacidades de la generación de textos y la estructura formal guiada por patrones mecánicos en obras como Si una noche de invierno un viajero. Calvino entendía perfectamente que la literatura es un juego combinatorio, donde el autor no es un dios ex nihilo, sino un operador consciente que organiza las piezas de un inmenso archivo universal.
La inteligencia artificial no escribe novelas por sí sola. Procesa las infinitas derivaciones de ese archivo. Lo verdaderamente crucial, aquello que una máquina jamás podrá suplantar, es la forma. Y la forma no es un mero vocabulario ni una suma de estadísticas de palabras: la forma es una decisión ética y estética, es el pulso del autor, la arquitectura íntima que edifica de acuerdo con lo que genuinamente quiere expresar con su novela o su poema.
Atacar una obra por el uso de un recurso tecnológico —mientras se instrumentalizan herramientas automatizadas para cazar brujas en redes sociales— es confundir el andamio con el edificio. La literatura no teme al futuro ni a las prótesis de la inteligencia. Le teme, más bien, a la miopía de una crítica incapaz de juzgar el texto por su fuerza poética, prefiriendo la comodidad del escándalo a la complejidad del arte.
* Escritor y psicoanalista colombo-mexicano, autor de las novelas "Reina de picas", "Corte final" y "Prohíbo decir mi nombre", asi como de los libros de cuento "Historias reales de la vida falsa", "Las vueltas del baile", "Versiones & perversiones" y "El mar llega a todas las playas". Es profesor de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia.