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El camino que llega a Belén

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Columnista invitado EE: The Animal Guardian
27 de diciembre de 2024 - 05:05 a. m.
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Si nos situamos temporalmente en el período primigenio de la humanidad según la narrativa bíblica, después de la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén, encontramos la historia de Caín y Abel como uno de los primeros antecedentes vergonzosos de la narrativa cristiana. Abel, el primer explotador de ovejas retratado bíblicamente, condenaba a su rebaño a servir de ofrenda a un Dios embelesado con aceptar dicho ofrecimiento en oposición a la ofrenda de frutas y verduras que su hermano Caín le había otorgado. Entonces, en el relato bíblico antropocéntrico, los animales ya eran considerados recursos, marcando una temprana transición hacia una visión de la naturaleza y sus criaturas como herramientas de sustento.

En esa base creacionista judío cristiana, el escenario físico del nacimiento de Jesús es un pesebre exiguo ubicado en la ciudad de Belén, rodeado de animales cargados de un simbolismo eufemístico; gallos, vistos como heraldos del amanecer y la esperanza. Asnos, asociados simbólicamente con la paciencia, el trabajo y la mansedumbre. Toros, considerados símbolos de fuerza y las crías recién nacidas de cualquier especie del género Ovis, como emblema de sacrificio en conexión con las ofrendas del Antiguo Testamento y la idea de Jesús como el “Cordero de Dios”. En realidad, los animales en el pesebre son la corporeización de los primeros esclavos, seres destinados al trabajo forzado, a la extracción de sus pieles, lana o huevos, y a la matanza, ya sea en rituales gastronómicos o como mercancía de intercambio.

Belén, un nombre cargado de significado y contradicciones, cuya etimología remite a la “casa del pan” para el hebreo o la “casa de la carne” para el árabe, simboliza un espacio donde la narrativa solar de Jesús, como “luz del mundo”, se superpone a las tensiones culturales y políticas del mundo terrenal. Aunque Belén no tiene una relación directa con la celebración del Año Nuevo, la fecha del nacimiento de Jesús marcó el inicio del calendario cristiano que se convirtió en la base del calendario gregoriano usado actualmente.

Tanto para judíos como para cristianos, Belén representa un lugar sagrado del alimento y está vinculado con el nacimiento de David y Jesús, figuras centrales en la construcción de ideales de paz y redención. Estas promesas de paz parecen ser la luz en medio de la oscuridad reinante en épocas de guerra. El espíritu de reconciliación llega cada año para cumplir una cita con los enfrentados, quienes, al menos temporalmente, acuerdan un pacto de tregua.

Un ejemplo emblemático es la “Tregua de Navidad” de la Primera Guerra Mundial, cuando soldados alemanes y británicos cesaron espontáneamente las hostilidades, se reunieron en la “tierra de nadie”, cantaron villancicos, intercambiaron saludos, regalos y jugaron partidos de fútbol improvisados. Sin embargo, para los no humanos, nunca ha existido una tregua similar, porque no hay conflicto donde una de las partes carece de la capacidad de defenderse.

Los animales permanecen atrapados en una relación unilateral de dominio, explotación y control que perpetúa su sufrimiento de manera ininterrumpida. De la misma manera hoy en Belén, la paz se ve sofocada por el genocidio contra el pueblo palestino bajo el proyecto colonial israelí, perpetuando un ciclo de despojo y muerte de cristianos palestinos que contrasta con la imagen que evoca la natividad. Este panorama ilustra perfectamente la idea de “la casa de la carne” como un escenario de masacre, sacrificio y sufrimiento interespecífico. El genocidio en Gaza de los últimos dos años, con más de 45.000 palestinos muertos, y la violencia especista, comparten raíces profundas en sistemas de dominación.

Durante estas fechas, millones de animales son sacrificados, reflejando un paralelismo irónico con la violencia humana, con un aumento del 30 % en la matanza para Nochebuena y Año Nuevo. La violencia hacia los animales trasciende fronteras culturales, políticas y religiosas, justificándose en tradiciones culinarias que celebran la carne como símbolo de abundancia. El pesebre que alumbra nuestros hogares como un recordatorio del nacimiento de Jesús, el mesías solar que trae esperanza y renovación, refleja una elemental contradicción. Se festeja el evento con oraciones y villancicos, ignorando el hecho de que los animales, aquellos que comparten el espacio simbólico con Jesús en el establo, son las máximas víctimas de la temporada. Las palabras “Noche de paz” se pronuncian sobre mesas donde yace el fruto de la matanza y el olvido al pueblo palestino indígena.

El camino que llega a Belén está plagado de contradicciones. Quizá sea momento de replantear nuestro rumbo.

Por The Animal Guardian

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Eduardo(7668)28 de diciembre de 2024 - 12:40 a. m.
¿Y el 7 de octubre de 2023 qué fue? ¿Una carnicería vegetariana?
  • juan(9371)29 de diciembre de 2024 - 12:29 p. m.
    Y en los 70 años de invasión sionista a tierra palestina qué han sido ? Embajadores de buena voluntad ?
Mar(60274)27 de diciembre de 2024 - 10:48 p. m.
¡Excelente columna! Y es momento de replantear nuestras creencias.
Atenas(06773)27 de diciembre de 2024 - 11:36 a. m.
De la errática traducción de un animalista q’ ha perdido de vista el preponderante lugar q’ en la naturaleza le corresponde a la especie humana. Atenas.
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