Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
—¡Ya nos pasamos! —gritó levantándose de la silla y corrió a tocar el timbre.
—¿Qué? —respondí tratando de frenarla—. ¡No! ¡Nos faltan varias cuadras!
Sin embargo, mi prima no quiso escuchar y decidió bajarse del bus. Era medianoche. Yo estaba seguro de que no era el lugar de nuestra parada, pero como no podía dejarla sola a esas horas en la calle, decidí bajarme con ella mientras en mi mente la insultaba con rabia.
Resultamos en la avenida 9ª con calle 143. No había un alma en las calles, no pasaban carros ni había tiendas cercanas y, para rematar, el alumbrado de la calle estaba fallando. Mi ira aumentaba al pensar en que a esa hora ya no iba a pasar ningún bus y que, por culpa de mi prima, nos tocaría esperar quién sabe cuánto tiempo para conseguir transporte.
Comenzamos a caminar hacia un paradero que había una cuadra más adelante. Mi rabia desapareció cuando miré hacia atrás para ver si venía algún taxi y noté una camioneta negra que se acercaba lentamente.
—Prima, nos está persiguiendo una camioneta...
—Ay, usted siempre tratando de asustarme, no moleste —me respondió sin mirar atrás.
La camioneta avanzaba a nuestro ritmo. Traté de ignorarla hasta que llegamos al paradero. Fue ahí cuando se nos parqueó enfrente.
Mi prima me apretó la mano con fuerza. El conductor bajó la ventana polarizada. Era un señor de unos 55 o 60 años, vestido con traje y corbata.
—Ciento sesenta —fue lo único que dijo. Con mi prima nos miramos fijamente y nos quedamos pensando.
—Sí, señor, usted sigue por esta derecho, derecho, por ahí otras 15 o 20 cuadras, y llega. ¿Cuál es la dirección exacta que busca? —le respondí tranquilamente y muy confiado en mi sentido de orientación.
—No —respondió en seco—. Ciento sesenta, efectivo, los dos.
Quedé estático y con la boca abierta, sin saber cómo responder. Cuando volteé a ver a mi prima noté que ya iba una cuadra más adelante corriendo y atacada llorando. Yo seguía mudo, boquiabierto y mirando al tipo, que ahora parecía más calvo y arrugado que antes. Tras varios segundos de silencio salieron de mi boca las únicas palabras que pude articular en mi estado:
—No... gracias —y salí corriendo detrás de mi prima.
Sólo a la mitad del camino caí en cuenta de mi lamentable reacción y me pregunté por qué carajos dije “gracias”, mientras a lo lejos veía la camioneta negra que aceleraba.
*Matheo Gelves
Las crónicas en este espacio han sido escritas para El Espectador por reporteros de Directo Bogotá, revista de periodismo de la Pontificia Universidad Javeriana. /
