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15 Oct 2021 - 5:30 a. m.

“El cobarde no hace historia”

Myriam Jimeno*

Juana Julia Guzmán cuenta que en los años 20 los campesinos de Córdoba se rebelaron contra los hacendados por la “matrícula” (en otras regiones se le llamó terraje o aparcería), es decir, el pago para acceder a la tierra, y la protesta colectiva logró derrotarla. Ella, ya mayor, en los años 70, animó los reclamos por la tierra, según lo grafica en forma de historieta Ulianov Chalarca (artista radicado en Córdoba), y es uno de los ricos frutos que estudia con ojo de etnógrafa avezada la antropóloga Joanne Rappaport**.

Joanne halló cuatro historietas creadas por la articulación entre un grupo de académicos, liderados por Orlando Fals Borda entre 1972 y 1974 en Córdoba, con campesinos pobres y activistas políticos. Su tema es el malestar por la carencia de tierra, las condiciones serviles de trabajo y la lucha por la reforma agraria, e ilustraron la respuesta agresiva de hacendados y policías que pretendían detener la lucha. Fueron creadas al calor y al servicio del movimiento campesino que sacudió al país entre 1965 y 1975, orientado por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC). El libro de Rappaport pormenoriza el proceso creativo, desarrollo e impacto de las historietas entre los campesinos, eje del trabajo político de Fals Borda (1925-2008).

Rappaport documenta la novedad de esta modalidad de trabajo, que logró una alianza entre investigadores y movimientos sociales “porque los investigadores se acoplan a las expectativas de la organización con la que cooperan”, y el conocimiento académico trabaja en pie de igualdad con el conocimiento popular (p. xxiii). Esta metodología se llamó investigación-acción participativa y se proyectó en América Latina, en diálogo con la pedagogía del brasileño Paulo Freire y con intelectuales de Estados Unidos, donde Fals Borda se formó como sociólogo.

Rappaport desempolvó archivos de Montería y Bogotá con primoroso cuidado para documentar los encuentros que dieron lugar a las historietas (asambleas, talleres y conversaciones), en los que la investigación social, sin perder su rigor y veracidad, rescató su rostro, forma de hablar, entorno vital e historia local. Las historietas circularon entre personas con escasa educación, miembros de la ANUC, comités, encuentros y asambleas, mostrando que era posible luchar por la tierra, que existían precursores que servían de inspiración y que era importante hacer oír su voz.

Las historietas fueron una de las formas en que Fals Borda empujó la investigación sobre la historia agraria en el Caribe colombiano, las condiciones miserables de vida, los esquemas campesinos de pensamiento y acción, y los movimientos sociales de reivindicación. Su aproximación participativa fructificó en muchos otros lugares como el Cauca.

El libro de Rappaport suscita reflexiones no solo sobre la productiva alianza entre académicos y rasos, también sobre el desencanto de una época en la que un sector del establecimiento le apostó a reformar la estructura agraria como condición del desarrollo, mientras otro lo obstaculizó fieramente, en tanto el movimiento social no pudo resistir la embestida, el doble peso, la persecución y su propia fragmentación dogmática. El libro nos recuerda que una mejor distribución de la tierra y condiciones para la prosperidad de la vida rural son necesidades presentes. Como no fue posible una reforma agraria en los años 70, que este sea el momento en que se realicen los sueños de Juana Julia y tantos como ella.

* Profesora emérita de la Universidad Nacional de Colombia.

** “El cobarde no hace historia. Orlando Fals Borda y los inicios de la investigación-acción participativa”. Joanne Rappaport. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2021.

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