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En aquel entonces, y en medio de la confusión, muchos acusaron a los judíos de haber envenenado el agua de los pozos de toda la Cristiandad, miles fueron quemados y apedreados, no sin antes ser torturados para que confesaran la conspiración del pueblo hebreo.
Siglo y medio se tardaría Europa en recuperar la población perdida en 1347 y otros tantos el mundo en descubrir que los culpables de la mayor pandemia que haya sufrido la humanidad, que cobró la vida de una quinta parte de la población mundial y de dos terceras de la población europea, no había sido la comunidad judía, sino la peste negra causada por el virus Yersinia pestis, el cual se transmitía por la picadura de las pulgas de las ratas negras, las cuales proliferaban en Europa, ya que la iglesia consideraba a su depredador, los gatos, cosa demoníaca y los había llevado casi a la extinción.
Con el ébola el mundo se ve nuevamente enfrentado a una pandemia y con ella a las teorías de la conspiración que aseguran que el ébola no es un fenómeno natural sino un arma biológica desarrollada por el hombre en laboratorios. Lo increíble es que en este caso los conspiracionistas podrían no estar tan lejos de la realidad como sí lo estuvieron con los judíos en el siglo XIV. El ébola, el sida y muchas otras epidemias han sido creados por el hombre en el laboratorio más grande, sofisticado y eficiente: la desigualdad y la indiferencia.
Joseph Stiglitz afirma que cuando se permite que sea el mercado el que nos gobierne en lugar de nosotros gobernar al mercado, este tiende a acumular la riqueza en las manos de unos pocos, quienes, con el gobierno a su favor, dejan a millones sin educación, justicia y medicina. El resultado: desigualdad extrema y pobreza. Lamentablemente, concluye, para pesar de todos, incluso de ese 1% que tiene todo lo que el 99% necesita, dicho modelo es insostenible: incrementa los índices de criminalidad, reduce el crecimiento económico, genera inestabilidad política y es caldo de cultivo de crisis sanitarias.
El ébola es una de esas crisis sanitarias de las que habla Stiglitz. Descubierta en 1976 en una pequeña aldea africana donde faltó todo: educación, medicina, oportunidades. Se propagó en brotes esporádicos que pese a su virulencia y letalidad no llamaron la atención ni de gobiernos ni de las potencias farmacéuticas que no hicieron nada para detenerlo. El mercado, en uno de sus acostumbrados actos de crueldad, decidió que salvar la vida de unos cuantos africanos no era ni cool ni rentable. Nuevamente, en marzo de este año, cuando la epidemia ya tomaba visos de catástrofe, no sólo no atendieron los llamados de los países africanos y especialistas que clamaban por ayuda, sino que a la crueldad de los poderosos se sumaron la apatía y el racismo de la sociedad en general, que a pesar de estar informada, se mantuvo impávida ante la muerte de miles de africanos. La ecuación cambió sin embargo cuando el virus tocó Europa y los Estados Unidos. La muerte de uno de sus ciudadanos acaparó los titulares de todos los medios. Ahora sí era importante hacer donaciones a los países africanos, desplazar equipos para cerrarle el paso a la enfermedad, las farmacéuticas entonces sí encontraron conveniente o rentable darle prisa a la tarea de encontrar una vacuna que salvara millones de seres humanos. Claro, humanos que tienen recursos con qué pagar la vacuna.
La pandemia del ébola y su diseminación por el mundo están ya anunciados. Ojalá cuando llegue a Colombia y encuentre nuestro precario sistema de salud, cuando quede en evidencia el precio de la desigualdad de nuestro país que nos ubica entre los peores del mundo, no encontremos entonces la misma respuesta cruel de la comunidad internacional que prefirió protestar por cientos de miles ante la ejecución de Excalibur, un perro español que potencialmente había entrado en contacto con el virus, y no por los miles de africanos que ya han muerto. Pero claro, es más cool y hasta rentable en términos mediáticos salvar a un perro español que a miles de hombres de africanos.
*Daniel Quintero
