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Muchos siguen asombrados por los resultados del referendo en el Reino Unido, según los cuales casi 17,5 millones escogieron salirse de la Unión Europea (UE) y un poco más de 16 millones votaron por permanecer. Ante los porcentajes y los números se declaró que el país había decidido, el público había opinado y el pueblo del Reino Unido había hablado.
Ante estos resultados y este resumen parece que lo básico está dicho y no hay vuelta atrás.
Sin embargo, es probable que el Brexit no vaya a suceder. Los mismos líderes de la campaña por el Leave (dejar la UE), al enterarse de los resultados, casi no podían contener su sorpresa y su desilusión. Y su pánico. “¿Ahora qué?”, decían sus caras e incluso fue el subtexto de sus palabras. Insistían en que nada tenía que hacerse de manera apresurada, que se tenía que negociar todo. Por un lado proclamaban la independencia, por otro pedían tiempo, y bastante. ¿Cuál independista de verdad pide —exige— independencia, pero todavía no? Y si ni siquiera los llamados partidarios del Leave quieren irse, ¿entonces quién va a asumir el dolor de cabeza sin precedentes que es la separación de la UE? Nadie.
Sin embargo, el pueblo ha hablado y, como dice el refrán, la voz del pueblo es la voz de Dios. Es por eso que tenemos que hablar en voz alta y pública (y no simplemente en voz académica—es decir, casi privada—, como hemos venido hablandovarios durante años y años) del fin del pueblo.
El pueblo político nunca ha existido sino como figura retórica. Lo que existen son poblaciones (siempre divididas y conflictivas), no pueblos y mucho menos pueblos homogéneos, unitarios, univocales.
En otras palabras, el pueblo británico no ha dicho nada. Ni siquiera el 75% del electorado votó. Y del 72% que sí votó, solo el 51.9% votó Leave (el 38% del electorado). El porcentaje de victoria era menos del 4%, o sea, se podría considerar dentro de un margen de error. De hecho, muchos de los que votaron Leave admiten que no entendieron bien las consecuencias de ganar y quieren cambiar su voto. Es decir, votaron en error.
Lo que tiene que pasar es lo siguiente. En el Reino Unido, van a tener que abandonar y repudiar la idea y el discurso de la voluntad del pueblo. Dado que nadie está dispuesto a ejecutar la voluntad del pueblo en este caso, la única salida es admitir que ni el pueblo ni su voz existen. Lo que sí existen son votantes, opiniones, opiniones sujetas a cambiar, resentimientos mal traducidos en votos, conflictos. Hay que cambiar el discurso, rearticularlo para que esté más conforme con la realidad compleja de hoy.
Resulta que la única manera de abolir el Brexit es abolir, a su vez, el pueblo. Va a ser difícil, porque el discurso y la tradición del sujeto popular están tan arraigadas como la misma democracia y la noción del gobierno popular. Y claro, la idea del pueblo es encantadora. Pero el Brexit es la hora del desencanto. Pues, aunque es verdad que la votación del viernes pasado ha cambiado la historia, no es de la manera pensada hasta hoy.
