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El legado de la dialéctica y la autonomía universitaria

Columnista invitado EE y José Ismael Peña Reyes*

24 de marzo de 2026 - 09:13 a. m.

Con ocasión de su primer encuentro con el Consejo Superior Universitario como rector de la Universidad Nacional de Colombia, publicamos las palabras de José Ismael Peña Reyes en dicho encuentro. 24 de marzo de 2025.

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El pasado 18 de enero se cumplieron 905 años del fallecimiento de Guillermo de Champeaux, profesor de dialéctica en la Universidad de París. La enseñanza de Champeaux se cimentaba en los textos canónicos, específicamente en las obras patrísticas y escolásticas. Su pedagogía se caracterizaba por dos pilares: la articulación de tesis claras —especialmente sobre los universales, una discusión medieval que no agotaremos hoy— y una defensa férrea de la doctrina. Champeaux instruía a sus estudiantes para sostener afirmaciones frente a las objeciones, pero siempre priorizando la autoridad del maestro y la coherencia dogmática por encima de la técnica dialéctica pura.

El quiebre de este modelo llegó con uno de sus alumnos más brillantes y rebeldes: Pedro Abelardo. Insatisfecho con el método de su maestro, Abelardo transformó el aprendizaje de dogmas en el método de la disputa académica, una práctica que revolucionó la enseñanza. A diferencia de Champeaux, Abelardo sostenía que el argumento prima sobre el dogma: las contradicciones debían resolverse mediante la razón y el debate, no apelando simplemente a la tradición.

Para Abelardo, el entorno universitario exigía libertad de cuestionamiento; cualquier afirmación podía lanzarse, siempre que fuera defendida con argumentos sólidos. Esto permitió poner en duda incluso las obras de los Padres de la Iglesia —estamos hablando del año 1120—. Bajo su visión, el aula era un santuario: afirmaciones que fuera de la universidad podrían considerarse herejías, dentro de sus muros eran objeto legítimo de discusión intelectual.

Este choque no fue una simple riña entre maestro y alumno; fue el nacimiento de un concepto fundamental. Gracias a su insistencia en que la razón debe guiar la búsqueda de la verdad, Abelardo es considerado hoy el padre de la Autonomía Universitaria Académica, transformando la universidad en un espacio donde el argumento tiene más peso que la jerarquía.

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Con esto quiero recordar que la autonomía académica tiene un origen paralelo, pero distinto, al de la autonomía administrativa y al de la autonomía financiera. Esta evolución —que en el siglo XII se gestó como una reivindicación del logos argumentativo frente al dogma— encuentra hoy su correlato necesario en la seguridad jurídica y la estabilidad institucional.

La transición desde la libertad dialéctica de Abelardo hacia el marco normativo que rige a la Universidad Nacional no representa una subordinación, sino la consolidación de una autonomía que se ejerce en el marco de la corresponsabilidad estatal. La autonomía académica solo alcanza su plenitud operativa cuando se inscribe en la praxis del Estado de Derecho.

La relación entre la justicia administrativa y la academia es un pilar fundamental. Por ello, la importancia de los fallos del Consejo de Estado trasciende lo jurídico; se convierte en la garantía necesaria para proteger nuestra autonomía y asegurar que los procesos misionales se desarrollen con éxito.

Para que una universidad eduque e investigue, requiere certeza. El respeto por el Estado de Derecho no es opcional: es la condición mínima para que la gestión sea transparente, predecible y blindada contra la arbitrariedad.

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La Universidad Nacional ocupa un lugar único: es la Universidad de la Nación y del Estado colombiano. Si bien la autonomía es su rasgo distintivo, esta no existe en el vacío. El acatamiento de los fallos judiciales no nos debilita; al contrario, legitima nuestra autonomía ante la sociedad y demuestra que la institución posee la madurez necesaria para liderar al país.

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Finalmente, hay una dimensión educativa ineludible. En nuestro carácter de entidad pedagógica, nos corresponde difundir que el Estado de Derecho constituye el marco deontológico fundamental para la coexistencia pacífica. La erosión de la legalidad desarticula el tejido social y precipita el retorno a formas de resolución de conflictos ajenas a la civilidad. El cumplimiento del ordenamiento jurídico no supone una rigidez estática; por el contrario, exige reconocer que la optimización normativa debe canalizarse mediante procedimientos institucionales preestablecidos, rechazando cualquier vía de hecho que subvierta la seguridad jurídica.

Bajo esta premisa, la legalidad no es una restricción al espíritu crítico, sino el escenario que posibilita la confrontación de ideas sin derivar en la anomia. Es en esta intersección donde se sitúa la coyuntura actual de la Universidad Nacional. Atravesamos un momento definitorio de crítica y disenso, un ejercicio que es connatural a nuestra historicidad.

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Comprendemos que las movilizaciones y asambleas son expresiones de pensamiento crítico. Hay que advertir que estos discursos a veces adolecen del dogmatismo que Abelardo combatió, sino que, a menudo, carecen de sustento fáctico. Ceden ante la posverdad o la “neolengua” —capaz de inventar realidades inverosímiles—, encontrando en sujetos con escaso juicio crítico una caja de resonancia que marca nuestra era. Hegel advertía que “ningún ser humano puede superar su propio tiempo”. Hoy, ese espíritu de la época parece manifestarse en el fenómeno de las fake news que envuelve a muchos de nuestros jóvenes.

Nuestra responsabilidad es absorber estas críticas e institucionalizarlas. No buscamos evadir la tensión, sino procesarla bajo las reglas de la argumentación y el respeto por el espacio formativo de quienes desean continuar sus labores académicas.

Resulta paradójico que, en una institución de vanguardia, corramos el riesgo de retroceder 905 años. No podemos permitir que la universidad se convierta en un espacio donde solo se admitan discursos alineados a un sector específico, emulando el dogmatismo de Champeaux.

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Pero lo que sí es absolutamente inaceptable para la UNAL es que algunas personas pretendan que reemplacemos el debate por machetes y amenazas de muerte. O por tácticas de terror y exclusión, dirigidas principalmente contra mujeres que no se alinean con el dogma que se quiere imponer. O con la expulsión del “otro” de la discusión. Como lo hemos visto en varios escenarios. O como lo está denunciando en esta sesión nuestra representante estudiantil o un funcionario de la sede Manizales.

Honrando el legado de Pedro Abelardo, la verdadera madurez radica en invitar al oponente a la discusión para refinar los argumentos propios. La Universidad Nacional, en sus nueve sedes, es lo suficientemente madura para transformar sus tensiones en propuestas deliberativas, analíticas y críticas, reafirmándose como el faro intelectual del Estado colombiano. Como institución, hemos definido el 2026 como el año de la Paz. En cumplimiento de este acuerdo y de la Constitución Política colombiana propendamos por construir y mantener la paz. Hagamos que esto sea posible para nosotros mismos y para que estemos a la altura de la máxima institución académica que soñamos sea el faro y no el reflejo de este país.

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* Rector Universidad Nacional de Colombia

Por José Ismael Peña Reyes*

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