El segundo día del llamado Paro Armado utilicé el transporte corriente de colectivos para recorrer los escasos 34 Km que separan a Ciénaga (donde tengo una cabañita playera que a veces visito) de Santa Marta. El trayecto discurrió normalmente, como en cualquier otro día del año. Debía cumplir una cita con un amigo que venía de Taganga a Santa Marta, en el sentido inverso. Llegado a Santa Marta, al estacionamiento del transporte colectivo, hallé una ciudad “muerta”, sin taxis. casi sin transeúntes y casi sin vehículos particulares.
Una intuición afortunada nos hizo a mi amigo y a mi acordar vernos en la plaza de Bolívar de Santa Marta frente a la Alcaldía. Allí había una cafetería de las tiendas de cadena, que quizá era el único negocio abierto en la ciudad. No era un azar: la alcaldía estaba rodeada de guardias del orden y esta circunstancia ofrecía a la cafetería la seguridad de la que el resto de la ciudad difícilmente gozaba. Y que, con todo cerrado, yacía en un sopor inerte, menos por el clima que por el miedo.
Por primera vez, hasta donde podemos ver, una ciudad principal de Colombia, el segundo puerto sobre el Caribe y una meca turística del país, había caído presa de esa modalidad subversiva que los agentes organizados de la violencia endémica idearon en los últimos decenios para hacer manifiesto su supuesto poder siniestro montado sobre el miedo colectivo y la amenaza a la supervivencia.
Para los urbanitas que habitamos las metrópolis de nuestro país esta catástrofe de la supervivencia es una novedad, un acontecimiento sobrecogedor que nos participa súbitamente la situación de un número de áreas del país en los márgenes que son víctimas frecuentes de esta práctica política de la tal delincuencia organizada.
La ironía del hecho es que esta actuación criminal se da justamente en el mandato de un presidente que ha jurado “arrasar”, desaparecer, a los actores armados que imponen su ley siniestra mediante el asesinato selectivo, la extorsión, el secuestro de menores para sus ejércitos de m… y, bueno, para lo que pomposamente ellos designan como “Paro Armado”. Qué horror, qué vergüenza.
Los samarios, los habitantes de la zona bananera, los nativos de la Sierra Nevada y, en buena parte, la zona de la Guajira, toda una enorme parcela oriental de nuestra Costa Caribe se resguardó en sus casas o sus habitáculos (pues me pregunto a dónde irían los “sin-casa”: los homeless, ya que las calles de Santa Marta por primera vez no los alojaban). Y en el letargo de esta inercia universal la delincuencia común, los crímenes de intolerancia, los robos de menor (y aún de mayor) cuantía, milagrosamente cesaron. Por una vez, el área del “Paro Armado” fue un remanso de “paz” solo habitado por el miedo y la precaución ciudadana. La otra ironía.
Fui al aeropuerto ya entrada la tarde. Estaba atestado. Muchos turistas escapando de la situación inesperada estaban tirados en el piso con la cabeza apoyada sobre sus bártulos y adelantados a su vuelo. Con una amiga habíamos buscado inútilmente un lugar en el centro de Santa Marta para almorzar. Pudimos hallarlo finalmente en el aeropuerto, ese inesperado refugio de vida y momentáneo oasis de “normalidad”. La última ironía de las malditas “48 horas del Paro Armado”.
* PsyA D. , M.Phil (Economía), Profesor Titular (r) Univ. Nacional de Colombia.